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Ayuda para entender la Biblia
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LECTURA

Desde tiempos antiguos los hombres han mostrado interés en la lectura. Siervos fieles de Dios—como Abrahán, Isaac, Jacob, José, Moisés y otros—estaban interesados en las promesas y los tratos de Dios, y se familiarizaron bien con ellos por medio de leer y escuchar estas cosas de sus antepasados. A la nación de Israel se le enfatizó la importancia de leer y escribir. (Deu. 6:6-9.)

Como caudillo de Israel, Josué, el sucesor de Moisés, tenía que leer las Escrituras “día y noche”, regularmente, si quería tener éxito en la asignación que Dios le había dado. Para grabar en él la importancia de la Palabra de Dios, y probablemente como una ayuda para la memoria, Josué tenía que leer “en voz baja”. (Jos. 1:8.)

Los reyes de Israel estaban bajo el mandato divino de escribir para ellos mismos una copia de la ley de Dios y leerla diariamente. (Deu. 17:18, 19.) El que no prestasen atención a este mandato contribuyó a que se descuidara la adoración verdadera en el país, con la consecuente desmoralización del pueblo, la cual condujo a la destrucción de Jerusalén en 607 a. E.C.

Jesús podía leer los rollos inspirados de las Escrituras Hebreas que había en las sinagogas, y se registra que en una ocasión leyó públicamente en una sinagoga y se aplicó el texto a él mismo. (Luc. 4:16-21.) También, cuando fue tentado tres veces por Satanás, la respuesta de Jesús en cada ocasión fue: “Está escrito”. (Mat. 4:4, 7, 10.) Es obvio, pues, que él estaba bien familiarizado con las Escrituras.

Los apóstoles, los cuales eran piedras de fundamento secundarias de un templo santo, la congregación cristiana, consideraron la lectura de las Escrituras como algo esencial para su ministerio. En sus escritos citaron y se refirieron cientos de veces a las Escrituras Hebreas, y recomendaron su lectura. (Hech. 17:11.) Los gobernantes judíos percibieron que Pedro y Juan eran iletrados y del vulgo (Hech. 4:13), pero esto no significaba que ellos no supieran leer ni escribir, como muy bien testifican las cartas escritas por estos apóstoles. Lo que querían decir es que ellos no fueron educados según la elevada erudición de las escuelas hebreas, a los pies de los escribas. Por razones similares, los judíos se admiraban del conocimiento Jesús, “cuando no ha estudiado en las escuelas”, como ellos decían. (Juan 7:15.) El hecho de que la lectura era algo muy común en aquel tiempo se indica por el relato concerniente al eunuco etíope, un prosélito, que estaba leyendo al profeta Isaías, y que precisamente por eso fue abordado por Felipe. El eunuco vio recompensado su interés en la Palabra de Dios y llegó a ser un seguidor de Cristo. (Hech. 8:27-38.)

La Biblia enumera muchos beneficios que se derivan de leer las Escrituras, por ejemplo: la humildad (Deu. 17:19, 20), la felicidad (Rev. 1:3) y un discernimiento del cumplimiento de las profecías bíblicas. (Hab. 2:2, 3.) La Biblia también advierte a sus lectores que sean selectivos en cuanto a lo que leen: no todos los libros edifican y refrescan la mente. (Ecl. 12:12.)

La ayuda del espíritu de Dios es necesaria para tener verdadero discernimiento y entendimiento de la Palabra de Dios. (1 Cor. 2:9-16.) A fin de conseguir entendimiento y otros beneficios, ha de leerse la Palabra de Dios con una mentalidad abierta, dejando a un lado todo prejuicio u opinión preconcebida; de otra manera el entendimiento estará velado, como fue el caso de los judíos que rechazaron las buenas nuevas que Jesús predicó. (2 Cor. 3:14-16.) La lectura superficial de la Biblia no es suficiente. Hay que hacerla con el corazón, absorberse en su estudio y meditar profundamente en lo que se ha leído. (Pro. 15:28; 1 Tim. 4:13-16; Mat. 24:15.)

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