Nuestra era de desesperación
“ME ENCANTARÍA ver restablecida en mis días la paz mundial —dijo el joven estudiante universitario—, pero sé que esto es tan solo una fantasía, debido a todo el odio que hay en el mundo.” ¿Se siente así usted también? ¿Le parece que la situación mundial no tiene remedio?
Tal perspectiva poco prometedora no carece de fundamento. Desde muchos puntos de vista, las condiciones en el mundo son críticas. La mismísima existencia de la humanidad está en peligro. El aire, el alimento y el agua de la Tierra están siendo contaminados a un ritmo alarmante. La situación económica empeora y el delito aumenta rápidamente, lo cual hace que muchas personas teman constantemente por su vida y sus posesiones. La agitación y la tensión mundial no tienen precedente.
Más inquietante aún es la amenaza de aniquilación nuclear que se cierne como un velo sobre la Tierra a medida que las guerras y las insurrecciones continúan sin señal de tregua. Al expresar la desesperación de muchas personas, otro estudiante dijo: “Parece que el individuo como tal no puede hacer casi nada respecto a la cuestión relacionada con la guerra nuclear”.
Aunque se pudiera evitar la aniquilación nuclear, el mismo monto total de la humanidad pone en peligro la existencia humana. “La población mundial crece inexorablemente y a un ritmo tan prodigioso que para el año 2000 —solo dentro de 16 años— el mundo, cuya población habrá aumentado en miles de millones de personas, no podrá suministrar suficiente alimento ni energía, por no mencionar los empleos, la vivienda, la educación ni la atención médica”, informa la revista Parade. “Y es imposible imaginar lo que podría ocurrir para mediados del siglo veintiuno (cuando los bebés que nazcan en esta época lleguen a la vejez).”
Cada año, millones de personas mueren a causa de la espantosa situación alimentaria que existe en muchos países del Tercer Mundo. Un experto del Centro de Investigación Internacional del Negociado de Censos de los Estados Unidos dice: “Si no se toma acción rápida para controlar la población a nivel internacional, veremos la desintegración de sistemas de gobiernos”. Junto con el agotamiento de los recursos básicos, se espera que se esparcirán la desnutrición y las enfermedades, y habrá enormes migraciones, mayor escasez de alimento, más conflictos civiles, y hasta guerras.
Sin embargo, el creciente resentimiento y egoísmo humanos ahogan toda esperanza de que los hombres resuelvan de manera sensata y amigable los problemas y diferencias que existen entre ellos. La ley de la fuerza impera, mientras la violencia se convierte en el modo usual de expresar los agravios sentidos, sean reales o imaginarios. En nuestro mundo moderno, los “anticuados” valores de la hermandad —el interesarse en otras personas y respetarlas— parecen haber desaparecido casi por completo. Verdaderamente, como predijo la Biblia, hay “angustia de naciones, no conociendo la salida [...], mientras que los hombres desmayan por el temor y la expectativa de las cosas que vienen sobre la tierra habitada”. (Lucas 21:25, 26.)
‘Pero, seguramente, cuando se den cuenta de la inminente destrucción a que se encaran en nuestros tiempos críticos, los hombres maduros llegarán a acuerdos mutuos que aseguren la paz y la prosperidad mundial’, tal vez diga usted. Por deseable que parezca esto, ¿es una esperanza apegada a la realidad? ¿Qué muestra el registro histórico?