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La humanidad... por qué hace las cosas como las hace

¿Está en sus genes? ¿En su ambiente? ¿Su libre albedrío? ¿Lo sabemos acaso de veras?

“¡ES CULPA de mis genes!” dice alguien en defensa de su mala acción. Es cierto que la herencia, o los genes, influyen en la conducta de la gente. La Biblia concuerda con eso: “Por medio de un solo hombre el pecado entró en el mundo y la muerte por medio del pecado, y así la muerte se extendió a todos los hombres porque todos habían pecado.”—Rom. 5:12.

“¡Se debe al ambiente en que vivo!” dice en tono suplicante otro que ha cometido un mal. El ambiente también es un factor. “El que está andando con personas sabias,” dice la Biblia, “se hará sabio, pero al que está teniendo tratos con los estúpidos le irá mal.” También: “No se extravíen. Las malas asociaciones echan a perder los hábitos útiles.”—Pro. 13:20; 1 Cor. 15:33.

Tanto las características heredadas como las influencias ambientales son factores poderosos en la formación de la persona. No obstante, no se puede pasar la responsabilidad de los actos de la persona a los genes ni al ambiente. ¿Por qué no? Porque la gente tiene libre albedrío. Por eso, “cada uno de nosotros rendirá cuenta de sí mismo a Dios.” El hombre no fue hecho para funcionar como un autómata o robot; él tiene su propia voluntad y lleva responsabilidad por el modo en que la emplea.—Rom. 14:12.

El hombre está facultado para conseguir conocimiento y sabiduría, para amar, y tiene un sentido de justicia. Puede hacer trabajo significativo; dar a su vida propósito. Pero en el hombre caído estas potencialidades no alcanzan su desarrollo cabal, ni están debidamente equilibradas entre sí. Por consiguiente, no se satisfacen las necesidades del hombre y éste actúa imperfectamente... como el automóvil cuando no se da atención debida a las necesidades con que fue diseñado.

Tal como una piedrecita en el zapato o una partícula de polvo en el ojo recibe nuestra atención, así lo malo que la gente hace es lo que sale en primera plana. El resto del cuerpo puede estar en excelentes condiciones, y la gente puede estar haciendo mucho bien, pero la alteración o disturbio es lo que recibe la atención. Es en vista de los fracasos, entonces, que se hace la pregunta: ¿Por qué hace la humanidad las cosas como las hace? ¿Por qué es como es?

Los fracasos pueden ser pequeños. Puede que cierta necesidad no se satisfaga, se niegue cierto deseo, quede frustrado algún propósito, y, estando de mal humor, la persona conteste bruscamente a otros. Muchas veces la situación es más grave. Puede que debido a discriminación se niegue a la persona aceptación o reconocimiento o empleo; la frustración empieza a arraigar, entonces la hostilidad se intensifica hasta convertirse en cólera, y estalla en violencia. Muchas personas, impelidas por la avaricia de dinero o posesiones, pisotean a otras. Los que siempre quieren todo antes de los demás, obsesionados por sus propios deseos, roban o violan o matan para satisfacer su lujuria. Hombres, organizaciones y naciones ambiciosas emprenden inquisiciones y guerras, cometen horrendas atrocidades, arruinan la tierra con sustancias químicas venenosas y extienden hambre, peste y muerte a millones de personas.

¿Por qué? Ya no están a la semejanza de Dios, ya no son guiados por los atributos de Dios. El abismo que separa a los hombres de los animales se hace más angosto y, en casos extremos, hace que los hombres sean como “bestias irracionales, nacidas de propósito para ser cogidas y destruidas.” (2 Ped. 2:12, Versión Moderna) Esos hombres pervierten los atributos divinos. El conocimiento se usa maliciosamente para aumentar la clase de poder que corrompe y destruye. La sabiduría se deteriora y se convierte en locura mundana. La justicia se hace severa, cruel. El amor se vuelve hacia dentro, al yo. Cualidades que pudieran conducir a que se hiciera mucho bien se tuercen de modo que los hombres quedan dotados de poder para cometer males que son mucho peores que los que pudieran cometer las “bestias irracionales.”

La violencia rodea a la humanidad... en las ciudades, en los libros, dramas y películas, en sus calles, en sus salas. La televisión inunda la mente de violencia y asesinato desde la infancia. Según cierto estudio, para cuando el niño estadounidense de término medio cumple 14 años de edad ha estado expuesto a 11.000 asesinatos televisados. Un subcomité del congreso estadounidense investigó la violencia escolar e hizo la siguiente declaración de importancia histórica: “Entre 1970 y 1973 murieron más niños en las escuelas, a menudo como resultado de peleas con pistolas entre alumnos, que la cantidad de soldados que murió en combate en Vietnam.”

Los científicos evolucionistas nos aseguran que todo esto es natural. La agresión es innata, dicen, pues nos la transmitieron antepasados animales. No es cierto, sostienen otros científicos. El antropólogo Ashley Montagu escribe lo siguiente:

“Hay muchas sociedades que, lejos de participar en comportamiento agresivo, son notablemente no violentas y cooperativas. Ejemplos de éstas son los tasaday de Mindanao, los toda del sur de India, los tahitianos, los hadza de Tanzania, los ifaluk del Pacífico, los yamis del Pacífico occidental, los lapones, los arapesh y los fore de Nueva Guinea. . . .

“Cuando los antropólogos estudiamos sociedades no agresivas como éstas, observamos que es principalmente por medio de las prácticas de éstas que tienen que ver con la crianza de los hijos que ellas producen personalidades cooperativas, no violentas. Son profusas en sus expresiones de cariño para con los niños. Desde su infancia en adelante, los pequeñuelos rara vez están fuera de contacto corporal con alguien que los esté abrazando o cargando. . . .

“Tanto la agresión como la no agresión son modos de comportamiento que se aprenden. Cada sociedad suministra modelos para las formas de comportamiento que prefiere... modelos que fortalecen de continuo el comportamiento del individuo. Los Estados Unidos ponen ante el niño modelos de las clases más agresivas, y entonces nos preguntamos por qué tenemos una proporción tan elevada de crímenes violentos.”

El Dr. John Lind insta a que se vuelva a la práctica de mecer a los bebés y cantarles canciones de cuna, porque esto “apresura el desarrollo del cerebro.” En la revista Psychology Today de diciembre de 1979 se dijo que “durante los períodos de formación del desarrollo cerebral, el que se prive al niño de ciertas clases de impresiones sensoriales —como porque la madre no toque ni meza al niño con suficiente frecuencia— da por resultado un desarrollo incompleto o perjudicado de los sistemas neuronales que controlan el afecto.” “Puesto que los mismos sistemas ejercen influencia en los centros cerebrales que tienen que ver con la violencia,” sigue diciendo el artículo, “puede que al infante que sufra dicha privación se le haga difícil controlar los impulsos violentos cuando llegue a ser adulto.”

En su libro The Brain: the Last Frontier (El cerebro: última zona por explorar [1979]) el Dr. Richard Restak repara en los siguientes puntos: Los experimentos han “suministrado prueba definitiva de que el sistema límbico [periférico] es la zona del cerebro que más tiene que ver con la emoción,” y que la destrucción o estímulo de esta zona produce cambios en la conducta. El estímulo eléctrico puede causar gozo o furia. “Para su desarrollo normal, el cerebro inmaturo depende del estímulo sensorial,” y “cuando a un infante se le mece o abraza, eso dirige al cerebelo impulsos que estimulan su desarrollo.” Esto es importante, porque el cerebelo controla los movimientos, y si se le priva de estos impulsos agradables, no se forman suficientes sinapsis de los nervios, y el desarrollo es anormal. El resultado puede ser una personalidad no controlada, impulsiva y violenta.

Los dos párrafos anteriores muestran que no solo los genes, ambientes y patrones de conducta que la sociedad pone ante nosotros afectan la manera en que nos portamos, en que hacemos las cosas, sino que además el tratamiento que recibimos como bebés indefensos afecta nuestro desarrollo cerebral, nuestros estados emocionales y las acciones resultantes.

Pero hay todavía otro factor que figura en esto... uno cuya existencia muchas personas no quieren admitir. Sin embargo, la publicación The Wall Street Journal sí lo admite. En un editorial del 28 de octubre de 1977 sobre “El impulso terrorista,” se pregunta acerca de la expresión despreocupada e insensata de furia y violencia. Generalmente se tiende a culpar a la sociedad, pero el editorial se pregunta acerca de “impulsos profundos e irracionales” en el hombre para el cual “el mal tiene su propia atracción.” En su oración concluyente dice: “Usted está más alejado de la verdad si culpa a la sociedad que si culpa a Satanás.”

La Biblia llama a Satanás “el dios de este sistema de cosas,” identifica a las “fuerzas espirituales inicuas en los lugares celestiales” como los verdaderos enemigos, y declara ay para la Tierra “porque el Diablo ha descendido a ustedes, teniendo gran cólera, sabiendo que tiene un corto período de tiempo.” (2 Cor. 4:4; Efe. 6:12; Rev. 12:12) Satanás dio origen a la dificultad en Edén cuando tentó a Eva hacia abandonar la ‘imagen y semejanza’ de Dios. Hoy Satanás todavía es una tremenda fuerza que influye en la gente y la lleva a obrar con violencia insensata y furiosa.

Muchos factores conocidos explican por qué la humanidad hace las cosas como las hace. La genética, el ambiente, el libre albedrío, las necesidades insatisfechas... todo esto influye en la conducta. El desarrollo cerebral durante la infancia desempeña un papel importante. No obstante, el entendimiento que el hombre tiene del cerebro esta en etapa inicial. A menudo se llama al cerebro la cosa más misteriosa de nuestro misterioso universo. Además, hay la influencia satánica.

Por lo tanto, ¿sabemos de veras por qué la humanidad hace las cosas como las hace? Conocemos algunos detalles; muchos otros no los conocemos. Pero si conocemos la razón fundamental: Ninguno de nosotros refleja perfectamente ‘la imagen y semejanza de Dios.’

[Comentario en la página 9]

Entre 1970 y 1973 murieron más niños en violencia escolar que la cantidad de soldados que murió en combate en Vietnam

[Ilustración en la página 10]

Los abrazos y las canciones de cuna contribuyen al desarrollo cerebral

[Ilustración en la página 10]

La televisión inunda la mente de violencia y asesinato desde la infancia

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