Pierde partida de ajedrez
En 1981 se efectuaron en Merano, Italia, las partidas del campeonato mundial de ajedrez. Korchnoi, descrito como “hombre meditabundo y de constitución corpulenta, que siempre parecía estar a punto de lanzar un gruñido”, retó al campeón, Karpov, y perdió. ¿Por qué? Según la opinión de algunas personas que vieron la partida, no se debió completamente a su falta de habilidad como jugador de ajedrez. Su mal genio y la falta de gobierno de sí mismo fueron los factores principales. De acuerdo con Robert Byrne, corresponsal especial del Times de Nueva York, Korchnoi trató de vencer a su adversario “mediante accesos de cólera con mucha agitación de los brazos, miradas fijas y siniestras, tensiones creadas para doblegar el ego, y un torrente de insultos poco caballerosos”. Por otro lado, el informe dice que Karpov “no recurrió a payasadas grotescas, jugó con tranquila resolución y [...] se apegó estrictamente a jugar ajedrez en esta partida”. Korchnoi pudo haber aprendido unas cuantas cosas del antiguo rey Salomón, quien en cierta ocasión escribió: “El que es tardo para la cólera abunda en discernimiento”. “El que es tardo para la cólera es mejor que un hombre poderoso, y el que domina su espíritu que el que toma una ciudad.” “Como una ciudad en que se ha hecho irrupción, que no tiene muro, es el hombre que no tiene freno para su espíritu” (Proverbios 14:29; 16:32; 25:28). Uno se pregunta si acaso no contribuyó también a la derrota de Korchnoi el hecho de que “colocó en la primera fila del auditorio a un maestro de yoga, que llevaba puesta una túnica anaranjada, evidentemente para embrujar al campeón”. El recurrir a esa clase de apoyo religioso seguramente no sería una ayuda genuina a la causa de Korchnoi.
Es interesante notar que el propio punto de vista de Dios sobre religiosos del estilo de los practicantes de yoga se refleja en el siguiente mandamiento que dio a su pueblo Israel: “No debería hallarse en ti nadie que [...] emplee adivinación, practicante de magia ni nadie que busque agüeros ni hechicero, ni uno que ate a otros con maleficio ni nadie que consulte a un médium espiritista o a un pronosticador profesional de sucesos”. (Deuteronomio 18:10, 11.)