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  • ¿Es rechazar la vida el rechazar tratamiento médico?

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  • ¿Es rechazar la vida el rechazar tratamiento médico?
  • ¡Despertad! 1984
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¡Despertad! 1984
g84 8/7 págs. 12-14

¿Es rechazar la vida el rechazar tratamiento médico?

PREGÚNTESE: “¿Tengo yo el derecho de decidir cuál tratamiento médico, si alguno, aceptaré?”. Ésta es una pregunta importante que usted debe considerar, ya que hay quienes afirman que una persona muestra falta de aprecio por su vida si rechaza una terapia que recomiendan los médicos que la atienden. Además, cabe preguntarse si no es muestra de desamor el que padres que hayan pesado los riesgos envueltos en la situación rehúsen cierto tratamiento que se haya aconsejado para un hijo suyo que esté enfermo.

Algunas personas que hablan dogmáticamente sobre este asunto lo reducen a menudo a esta afirmación: “El decir no a la terapia es decir no a la vida del niño”. Pero usted puede ver fácilmente que ése es un punto de vista superficial o una simplificación excesiva. Explota las emociones, mientras pasa por alto 1) la conciencia y la ética fundamental, 2) sus derechos personales y los de su familia, y 3) los aspectos médicos y legales de una cuestión que actualmente ha captado la atención mundial.

La conciencia es una parte íntima e inviolable de usted y de todo ser humano moral y en su sano juicio. John Henry Newman, cardenal católico muy conocido, sostuvo ‘que el camino a la luz ha de hallarse mediante la obediencia a la conciencia’. Por eso cuando los criminales de guerra que promovieron el nazismo dijeron que solo habían obedecido órdenes, por toda la Tierra hubo personas morales que respondieron que, a pesar de las órdenes, ellos debieron haber seguido los dictados de su conciencia. De igual modo, en enero de 1982, el papa Juan Pablo II ‘levantó la voz y pidió a Dios que la conciencia de la gente no sea ahogada’. Dijo que el obligar a alguien a violar su conciencia “es el golpe más doloroso que se pueda asestar a la dignidad humana. En cierto sentido, es peor que causar la muerte física, peor que matar”.

Puede que los comentarios de él armonicen con el parecer de usted respecto a que la conciencia debe desempeñar un papel vital en las decisiones médicas.

La conciencia y las cuestiones médicas

He aquí un ejemplo: Prescindiendo de la fe que usted profese, probablemente sepa que la doctrina católica condena el que una mujer se someta a un aborto, aunque el embarazo presente peligros para la madre o la criatura. Imagínese el problema que tal situación plantearía a un médico católico romano en un país donde el aborto sea legal, como en el caso de Italia desde que se promulgó la Ley número 194 del 22 de mayo de 1978. Esta ley deja margen para la objeción de conciencia al aborto por parte del personal médico. Sin embargo, el artículo 9 especifica que un médico “no puede acogerse a la objeción de conciencia” cuando tal vez esté en peligro la vida de una madre. ¿Qué ha de hacer, pues, un médico sincero que sea católico practicante?

Si no hubiera ningún otro médico allí y él hiciera cuanto estuviera a su alcance, menos violar su conciencia, ¿lo acusaríamos de ser asesino? Al contrario, ‘sería peor que matar’ el obligar al médico a violar su conciencia aun cuando una madre o las autoridades insistieran en ello. Esto ilustra la manera como los dictados de la conciencia pueden afectar las decisiones médicas con relación a la salud y la vida.

Padres, hijos y la vida

Podemos ver esto claramente, también, por lo que hicieron los cristianos primitivos. Es probable que usted sepa que ellos rehusaban quemar incienso ante la estatua del emperador, pues consideraban que tal acción equivalía a idolatría. Pero el punto de vista religioso y de conciencia de ellos tenía que ver directamente con la salud y la vida de ellos, y con la de sus hijos también. ¿Por qué? Cuando se les obligaba a escoger —‘¡ofrezca incienso, o su familia morirá en una arena romana!’—, los cristianos no repudiaban sus convicciones. Eran leales a su fe aun cuando aquel proceder era peligroso o mortal para ellos y sus hijos.

A los cristianos también se les ponía a prueba en cuanto a la sangre, puesto que la Biblia les mandaba que se ‘abstuvieran de la sangre’ (Hechos 15:20). Tertuliano, teólogo latino del siglo III, informa que los epilépticos bebían, como supuesta cura, la sangre fresca de los gladiadores muertos. ¿Consumirían sangre los cristianos por tales razones “médicas”? Jamás. Tertuliano añade que ‘los cristianos ni siquiera comían la sangre de animales’. De hecho, cuando los funcionarios romanos querían poner a prueba si alguien realmente era cristiano, ejercían presión sobre él para que comiera morcilla, pues sabían que un cristiano genuino no la comería, ni siquiera so pena de muerte. Vale la pena tomar nota de esto, ya que los testigos cristianos de Jehová hoy día también rehúsan aceptar sangre.

Ahora pudiéramos preguntar: ¿Tenían aquellos cristianos primitivos en poca estima la vida, o querían ser mártires? No, las autoridades romanas los obligaban a escoger la muerte para sí mismos y sus hijos. Y ¿no respetamos el recuerdo de aquellos cristianos devotos que sabían, como dijo recientemente el papa, que el violar su conciencia hubiera sido peor que la muerte?

Si alguien opina que eso aplica a un campo diferente del de las decisiones médicas, note lo que escribió el Dr. D. N. Goldstein:

“Los doctores que han adoptado esta posición [imponer por la fuerza cierto tratamiento a personas que lo han rechazado] han negado los sacrificios de todos los mártires que han glorificado la historia con su devoción suprema a los principios hasta a costa de su propia vida. Porque los pacientes que optan por muerte segura más bien que violar una creencia religiosa son de la misma índole que los que pagaron con su vida [...] antes que aceptar el bautismo [obligado]. [...] Ningún médico debería procurar asistencia legal para salvar un cuerpo por medio de destruir un alma. El paciente es dueño de su propia vida”.—The Wisconsin Medical Journal.

Escoja la vida que lo es realmente

La mayoría de nosotros concordaría en que la “vida” significa más que la mera existencia biológica. La vida es una existencia que gira en torno a ideales o valores (políticos, religiosos, científicos, artísticos, etc.); sin los mismos, la existencia quizás sería inútil. Por eso, durante la II Guerra Mundial, hombres y mujeres patrióticos arriesgaron su vida para defender ideales políticos, valores como la democracia y la libertad de palabra, adoración y conciencia. Como resultado de aquella defensa de ideales, muchos niños murieron. Un sinnúmero de otros niños quedaron huérfanos.

Eso lo muestra el caso dramático del estadista italiano Aldo Moro. Éste fue asesinado despiadadamente en 1978 cuando las autoridades rehusaron cumplir con las exigencias de los terroristas. Está claro que a veces se sacrifican vidas en nombre de intereses superiores.

Usted puede comprender, pues, que una persona moral pudiera decidir arriesgar su existencia biológica más bien que transigir en cuanto a sus ideales. Al hacer eso, la persona escoge la vida que lo es realmente, vida en todo el sentido de la palabra. Esto ciertamente aplica a los ideales cristianos.

Los cristianos consideran la vida humana como algo sagrado, un don precioso procedente de Dios. Considere el caso del apóstol Pablo, una persona inteligente y educada. Él recibió palizas y estuvo en situaciones en que por poco pierde la vida, pero dijo: “He sufrido la pérdida de todas las cosas y las considero como un montón de basura, a fin de ganar a Cristo [...] para ver si de algún modo puedo lograr alcanzar la resurrección más temprana de entre los muertos”. (Filipenses 3:8-11.)

Podemos estar seguros de que Pablo nunca hubiera participado en algo que sabía que Dios condenaba. Sin duda alguna, Pablo no se hubiera arriesgado a perder “la vida que lo es realmente”, que en su caso sería vida en el cielo, solo para alargar por unos cuantos años su vida humana o salud (1 Timoteo 6:19). Pero considere:

Hay millones de personas religiosas hoy día que esperan ir a vivir en el cielo; tal vez usted sea una de ellas. De modo que si una persona gravemente enferma tuviera la esperanza de vida eterna en el futuro y rechazara cierta terapia que le pareciera que Dios prohibía, ciertamente sería injusto acusarla de rechazar la vida. Más bien, después de haber vivido en la Tierra por años, pudiera recobrar la salud para seguir viviendo aquí más tiempo. Pero, de todas formas, y aunque los médicos que la atendieran fueran incrédulos, sería razonable que ella considerara su perdurable vida futura y tomara decisiones médicas de acuerdo con ello.

Los médicos rara vez consideran ese aspecto de los asuntos cuando recomiendan alguna terapia para usted o sus amados. Pero hay un aspecto vital sobre el cual ellos deben informarle. Pudiera llamarse riesgo/beneficio. A usted y su familia les conviene considerar este rasgo, pues éste puede ayudarlos a tomar una decisión sabia y a entender la sabiduría tras lo que otros han hecho.

[Recuadro en la página 13]

Cuidado de la salud infantil... punto de vista de un jesuita

John J. Paris, S.J., profesor adjunto de la Universidad de la Santa Cruz (E.U.A.), pronunció un discurso en una conferencia que se celebró sobre Aspectos Legales y Éticos del Cuidado de la Salud Infantil (1 de abril de 1982). Habló de un juez judío que había ordenado que se administrara una transfusión de sangre a un testigo de Jehová. El profesor Paris dijo: “El juez obedeció su religión e hizo lo que creyó que era correcto, pero, al hacerlo, violó la religión del paciente”.

Él añadió: “La teología cristiana no está de acuerdo con que la simple respiración sea vida. En el hospital, nadie muere; experimentan cesación. [...] [En el hospital] la vida no es sagrada, es algo esencial, y la muerte es un fracaso. Pero en la tradición judeocristiana, la muerte es parte de la condición humana, parte del viaje de la vida. No se puede evitar el hecho de que estas decisiones estén relacionadas con la calidad de la vida. A veces el mejor tratamiento es no recibir ningún tratamiento”.

[Recuadro en la página 14]

La eternidad cambia el análisis

La Dra. Ruth Macklin es filósofa del Colegio de Medicina Albert Einstein (Nueva York). En una consideración sobre la ética, en la sala de clases, cierto estudiante de medicina habló sobre un paciente Testigo que era “víctima de anemia drepanocítica y que se tomó el riesgo de morir desangrado al no aceptar una transfusión”. El estudiante dijo: “Él podía razonar. Su facultad de pensar estaba intacta. ¿Qué se hace cuando las creencias religiosas están en conflicto con la única fuente de tratamiento?”.

En respuesta, la Dra. Macklin dijo: “Tal vez creamos firmemente que tal persona esté cometiendo un error. Pero los testigos de Jehová creen que el recibir una transfusión es ‘comer sangre’ y que el comer sangre [podría] resultar en condenación eterna. En la ciencia médica se nos enseña a analizar la relación entre los riesgos y los beneficios, pero si se pesa la condenación eterna contra el permanecer vivo en la Tierra, el análisis cambia de perspectiva”.—The New York Times, 23 de enero de 1984.

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