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  • La humildad... una cualidad sumamente deseable

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  • La humildad... una cualidad sumamente deseable
  • La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1977
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La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1977
w77 1/12 págs. 732-734

La humildad... una cualidad sumamente deseable

EL ORGULLO —más bien que humildad, mansedumbre o sumisión— es con demasiada frecuencia el rasgo dominante que reflejan los seres humanos imperfectos. Sin embargo, el Soberano Supremo del universo es humilde. Esto se hace patente por el hecho de que Jehová Dios está dispuesto a tratar compasivamente con los pecadores humildes que buscan solícitamente su aprobación y bendición.

En el Lam. capítulo tres del libro de Lamentaciones se pinta bellamente la humildad de Jehová. Allí el profeta Jeremías expresa sus intensos sentimientos acerca de las terribles aflicciones que les sobrevinieron a los israelitas a manos de los babilonios. Como nación, los israelitas fueron abatidos en completa derrota. Sin embargo, con el tiempo Jehová Dios recordaría a los arrepentidos de la nación. La confianza en eso se expresa en las palabras que en oración Jeremías expresa en Lamentaciones 3:19, 20: “Acuérdate de mi aflicción y de mi estado sin hogar, del ajenjo y de la planta venenosa. Sin falta se acordará tu alma y se inclinará sobre mí.” Sí, en expresión de su humildad superlativa, el Dios Todopoderoso se ‘inclinaría’ o se agacharía para dar a los arrepentidos atención favorable y levantarlos de su condición degradada.

Así, Jehová Dios, aunque supremo y no responsable a nadie, condesciende a considerar favorablemente aun a los que han sido puestos en la condición más baja. Correctamente, pues, él requiere que sus siervos sean humildes. Solo a los humildes les da atención favorable, haciéndolos objeto de su consideración especial. Su Palabra nos dice: “Jehová es alto, y no obstante al humilde lo ve; pero al altanero lo conoce solo de distancia.” (Sal. 138:6; Sant. 4:6) Gran distancia separa a los orgullosos de Jehová Dios, quien mora en los más altos cielos. No obstante, él discierne sus motivaciones y, por consiguiente, rehúsa reconocerlos como siervos suyos. De hecho, ni siquiera se les tiene por conocidos en alguna ocasión pasajera.

CULTIVANDO LA HUMILDAD

Sin embargo, si deseamos el reconocimiento de Jehová, hacemos bien en considerar el ejemplo de sus siervos humildes de tiempos antiguos. Uno de éstos fue David. Aunque fue ungido como rey, no trató de conseguir el puesto por la fuerza, sino que voluntariamente aguantó humillaciones y persecuciones a manos del rey Saúl. En el corazón David no tenía una opinión engreída de sí mismo. No consideraba con envidia a los que estaban en puestos superiores ni consideraba con desdén a los humildes y afligidos. Reconocía sus limitaciones y no se esforzaba por cosas que estuvieran más allá de sus capacidades. Por eso pudo decir: “Oh Jehová, mi corazón no ha sido altivo, ni mis ojos han sido altaneros; ni he andado en cosas demasiado grandes, ni en cosas demasiado maravillosas para mí.”—Sal. 131:1.

El cultivar esta humildad exigió esfuerzo por parte de David, pues él reconoció bajo inspiración: “Seguramente he sosegado y aquietado mi alma como un niño destetado sobre su madre. Mi alma está como un niño destetado sobre mí.” (Sal. 131:2) Evidentemente, por lo tanto, en un tiempo hubo que imponer calma al alma de David, es decir, al deseo del alma que lo llenaba, para que él pudiera reflejar humildad verdadera. Sus deseos y anhelos lo ponían en una agitación semejante a la de un infante que anhela el pecho de su madre. Sin embargo, una vez que ha sido destetado al niño no le toma mucho tiempo acostumbrarse a un nuevo modo de alimentación y encuentra contentamiento en los brazos de su madre. De modo similar, David logró calmar sus deseos. Comprendiendo que el ensalzamiento proviene de Jehová, pacientemente esperó en él y por lo tanto pudo animar a compañeros israelitas a hacer lo mismo: “Espere Israel a Jehová desde ahora y hasta tiempo indefinido.”—Sal. 131:3.

Hoy una humildad similar hace paciente a un hombre en cuanto a ser utilizado como siervo ministerial o como anciano en una congregación del pueblo de Dios. Él no trata de empujarse hacia adelante con la mira de obtener prominencia, sino que gozosamente se esfuerza por hacer ‘lo que es bueno para con todos, especialmente para con los que están relacionados con él en la fe.’ (Gál. 6:10) Aunque por un tiempo se pasen por alto sus buenas cualidades y obras, puede estar seguro de que no permanecerán ocultas. Como declara 1 Timoteo 5:25: “Las buenas obras son obvias, o aunque no lo sean, no pueden estar ocultas eternamente.”—New English Bible.

LA HUMILDAD LLEVA A LA PAZ

Al mantenerse en humildad y no hacer una cuestión grande de que no se le use en cierta capacidad, el hombre contribuye a conservar la paz entre sus hermanos cristianos. Aunque se cometiera un error en el juicio con relación a uno, no siempre es prudente ponerlo de manifiesto y tratar de vindicarse uno mismo. Aunque uno pudiera demostrar que tiene razón, mientras estuviera haciendo eso podría lastimar a otros. De hecho, uno podría socavar el respeto de una congregación a sus ancianos nombrados. Esto sin duda le haría muy difícil a uno el trabajar con los ancianos a quienes hubiera humillado a los ojos de otros.

Por eso, si un hermano cree que se ha cometido un error de juicio, podría preguntarse: ¿Ha sido el error lo suficientemente serio como para ser puesto de manifiesto a pesar de los posibles efectos adversos, o no podría, más bien, esperar corrección posterior? ¿Pudiera producir innecesariamente una dificultad que perturbara la paz de la congregación el hacer un punto de controversia de ello?

La persona humilde comprende que ella, también, comete errores y por lo tanto está dispuesta a aceptar y aplicar el consejo bíblico. Si se le ha juzgado mal, puede esforzarse por aprovechar la experiencia, trabajando duro para no cometer errores similares al tratar con otros.

SIRVIENDO CON HUMILDAD

En cuanto a los ancianos y siervos ministeriales nombrados, ellos hacen bien en imitar el ejemplo del apóstol Pablo al servir humildemente a otros. De él mismo y de sus colaboradores, Pablo escribió: “Tampoco hemos estado buscando la gloria de los hombres, no, ni de ustedes ni de otros, aunque pudiéramos ser una carga costosa como apóstoles de Cristo. Al contrario, nos hicimos amables en medio de ustedes, como cuando una madre que cría acaricia a sus propios hijos. Así, teniéndoles tierno cariño, tuvimos mucho gusto en impartirles, no solo las buenas nuevas de Dios, sino también nuestras propias almas, porque ustedes llegaron a sernos amados.” (1 Tes. 2:6-8) Tal humildad al estar uno anuente a servir sin ningún deseo de “gloria” y ese dar del tiempo y las energías de uno, en expresión de amor abnegado, llegan al corazón de otros y hacen que uno sea un excelente instrumento en las manos de Jehová, para la bendición de sus congéneres.

Además de ayudarnos a reflejar el espíritu del que sirve a otros, la humildad también acrecienta el aprecio a los compañeros de creencia. El apóstol Pablo aconsejó a los filipenses que ‘no hicieran nada movidos por espíritu de contradicción ni por egotismo, sino considerando con humildad de mente que los demás son superiores a usted.’ (Fili. 2:3) La persona que sigue este consejo puede ver en otros cualidades excelentes, cualidades que en ciertos respectos pueden ser superiores a las suyas. Su evaluación modesta de sí le impide apresurarse a insistir en su modo de ver las cosas o tratar de pasar por encima de las recomendaciones de otros. Comprende que puede haber varias maneras de manejar un asunto y que su juicio no necesariamente tiene que ser el mejor. Por lo tanto, está dispuesto a considerar los sentimientos y el punto de vista de otros. Ejerce cuidado para no aceptar toda la honra por haber hecho algo en lo cual otros han participado. Su humildad hace que sea un asociado deseable.

La humildad ciertamente es vital para conservar una buena relación con Dios y con nuestros congéneres. Por lo tanto es una cualidad que todos nosotros como siervos dedicados de Jehová querremos cultivar a mayor grado.

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