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    Perspicacia para comprender las Escrituras, volumen 1
    • FIESTA

      Los períodos festivos constituyeron una parte integral del verdadero culto a Dios, quien los prescribió mediante Moisés para la observancia de su pueblo Israel. La palabra hebrea jagh, que se traduce “fiesta”, tal vez se derive de un verbo cuyo significado denota forma o movimiento circular, bailar en círculos y, de ahí, celebrar una fiesta o festividad periódica. La palabra moh·ʽédh, que también se traduce “fiesta”, tiene el sentido primario de tiempo o lugar determinado de asamblea. (1Sa 20:35; 2Sa 20:5.)

      Véase el recuadro al pie de la página, donde se mencionan las fiestas y otros días especiales.

      FIESTAS DE ISRAEL

      ANTES DEL EXILIO

      FIESTAS ANUALES

      1. Pascua, 14 de Abib (Nisán)

      2. Tortas no fermentadas, 15-21 de Abib (Nisán)

      3. Fiesta de las semanas, o Pentecostés, 6 de Siván

      4. Toque de trompeta, 1 de Etanim (Tisri)

      5. Día de Expiación, 10 de Etanim (Tisri)

      6. Fiesta de las cabañas, 15-21 de Etanim (Tisri), seguida de una asamblea solemne el día 22

      FIESTAS PERIÓDICAS

      1. Sábado semanal

      2. Luna nueva

      3. Año sabático (cada siete años)

      4. Año de jubileo (cada cincuenta años)

      DESPUÉS DEL EXILIO

      1. Fiesta de la dedicación, 25 de Kislev

      2. Fiesta de Purim, 14, 15 de Adar

      Las tres grandes fiestas. Las tres “fiestas periódicas” principales, llamadas a veces “fiestas de peregrinación” debido a que para ese tiempo todos los varones se congregaban en Jerusalén, se celebraban en fechas fijas y se designaban con la palabra hebrea moh·ʽédh. (Le 23:2, 4.) No obstante, la palabra que suele emplearse al referirse exclusivamente a las tres grandes fiestas es jagh, que da a entender no solo que el acontecimiento tiene carácter periódico, sino también que es una ocasión de gran regocijo. Estas tres grandes fiestas son:

      1) La fiesta de las tortas no fermentadas. (Éx 23:15.) Comenzaba el día después de la Pascua y se extendía del 15 al 21 de Abib (o Nisán). La Pascua se celebraba el 14 de Nisán, y en realidad era una fiesta aparte; sin embargo, como estaba tan próxima a la fiesta de las tortas no fermentadas, se solía llamar a ambas la Pascua. (Mt 26:17; Mr 14:12; Lu 22:7.)

      2) La fiesta de las semanas o, como se la llamó más tarde, Pentecostés; se celebraba en el quincuagésimo día después del 16 de Nisán, es decir, el 6 de Siván. (Éx 23:16a; 34:22a.)

      3) La fiesta de las cabañas (los tabernáculos) o de la recolección. Transcurría del 15 al 21 del séptimo mes, Etanim (o Tisri), y el día 22 se celebraba una asamblea solemne. (Le 23:34-36.)

      Jehová había determinado la fecha, el lugar y cómo habrían de celebrarse estas fiestas. La expresión “fiestas periódicas de Jehová” indica que estas observancias estaban relacionadas con diversos períodos del calendario del año sagrado: el comienzo de la primavera, el fin de la primavera y el otoño. Todo esto tuvo un gran significado, pues en aquel tiempo las primicias del campo y de las viñas traían gran gozo y felicidad a los habitantes de la Tierra Prometida, los que daban el reconocimiento por todo ello a Jehová, el Proveedor generoso de todas las cosas buenas.

      Observancias comunes a las tres fiestas. El pacto de la Ley exigía que con motivo de las tres grandes fiestas anuales, todos los hombres se presentasen cada año ‘delante de Jehová su Dios en el lugar que él escogiera’. (Dt 16:16.) El lugar que finalmente se escogió como sede de las fiestas fue Jerusalén. No se enunciaba ninguna pena específica para la persona que no asistiera, salvo en el caso de la Pascua, pues no asistir a esta fiesta se castigaba con la pena de muerte. (Nú 9:9-13.) No obstante, el desatender cualquiera de las leyes de Dios, entre las que estaban las fiestas y los sábados, traería juicio adverso y aflicción a la nación. (Dt 28:58-62.) La Pascua habría de celebrarse el 14 de Nisán o, en ciertas circunstancias, un mes más tarde.

      A pesar de que las mujeres —a diferencia de los hombres— no estaban bajo la obligación de asistir a las fiestas anuales, hay ejemplos de algunas que acudieron, como Ana, la madre de Samuel (1Sa 1:7), y María, la madre de Jesús. (Lu 2:41.) Las israelitas que amaban a Jehová asistían a tales fiestas siempre que les era posible. De hecho, no solo los padres de Jesús acudieron regularmente, también se indica que sus parientes y conocidos fueron con ellos. (Lu 2:44.)

      Jehová prometió: “Nadie deseará tu tierra mientras estés subiendo para ver el rostro de Jehová tu Dios tres veces al año”. (Éx 34:24.) A pesar de que no quedaba ningún hombre para proteger las ciudades y la tierra, lo cierto es que antes de la destrucción de Jerusalén en 70 E.C. ninguna nación extranjera invadió jamás la tierra de los judíos durante sus fiestas. No obstante, en el año 66 E.C., es decir, después de que la nación judía rechazó a Cristo, Cestio Galo mató a cincuenta personas en Lida durante la fiesta de los tabernáculos.

      Ningún varón que asistiese a las fiestas habría de presentarse con las manos vacías, sino más bien con un don ‘en proporción con la bendición que Jehová le hubiese dado’. (Dt 16:16, 17.) Asimismo, habrían de comer y compartir con los levitas en Jerusalén la ‘segunda’ décima parte —a diferencia de la que se daba para mantener a los levitas (Nú 18:26, 27)— del grano, el vino y el aceite del año en curso, así como de los primogénitos del rebaño y de la vacada. No obstante, en caso de que el viaje hasta el lugar de la fiesta fuese demasiado largo, la Ley estipulaba que tales bienes podían cambiarse por dinero para costear los gastos. (Dt 14:22-27.) Estas ocasiones eran oportunidades para demostrar la lealtad a Jehová y tenían que celebrarse con alegría, una alegría de la que también habrían de participar el residente forastero, el huérfano de padre y la viuda. (Dt 16:11, 14.) Se entiende que los residentes forasteros varones tenían que ser adoradores circuncisos de Jehová. (Éx 12:48, 49.) Además de las ofrendas diarias, siempre se ofrecían sacrificios especiales, y se tocaban las trompetas mientras se hacían las ofrendas quemadas y los sacrificios de comunión. (Nú 10:10.)

      Poco antes de la edificación del templo, el rey David reorganizó el sacerdocio, ordenando a los centenares de sacerdotes aarónicos en veinticuatro divisiones, junto con sus ayudantes levitas. (1Cr 24.) Después, cada una de las divisiones sirvió dos veces al año en el templo en turnos de una semana, según las instrucciones que daba el cabeza de la casa paterna. En 2 Crónicas 5:11 se da a entender que las veinticuatro divisiones sacerdotales oficiaron juntas en el día de la dedicación del templo, que tuvo lugar durante la fiesta de las cabañas o de los tabernáculos. (1Re 8:2; Le 23:34.) En la obra El templo: Su ministerio y servicios en tiempo de Cristo (1990, pág. 102), Alfred Edersheim dice que en los días festivos cualquier sacerdote, no importa a qué división perteneciera, podía ayudar en los servicios del templo, pero en la fiesta de los tabernáculos (cabañas) se requería la presencia de las veinticuatro divisiones.

      Durante los períodos festivos tanto los sacerdotes como los levitas y los netineos tenían muchísimo trabajo. La descripción de la fiesta de las tortas no fermentadas que celebró el rey Ezequías después de ordenar la limpieza del templo, da una idea del trabajo que exigía una celebración festiva, pues el registro dice que para aquella fiesta, que se prolongó por otros siete días, el rey Ezequías contribuyó para el sacrificio mil toros y siete mil ovejas, y los príncipes, mil toros y diez mil ovejas. (2Cr 30:21-24.)

      En el transcurso de estas fiestas, algunos días eran asambleas solemnes o convocaciones santas, es decir, sábados, y como sucedía en el caso de los sábados semanales, había que dejar completamente el trabajo y las tareas cotidianas. No obstante, a diferencia del sábado semanal, se podía trabajar en los preparativos para la observancia de la fiesta, como, por ejemplo, la preparación del alimento, algo que no estaba permitido en los días sabáticos normales. (Éx 12:16.) En este aspecto hay una distinción entre las “convocaciones santas” de las fiestas y los sábados semanales (y el sábado del día décimo del séptimo mes, el Día de Expiación, que era día de ayuno). En estos días no se permitía hacer ningún trabajo, ni siquiera encender un fuego “en ninguna de sus moradas”. (Compárese Le 23:3, 6-32 con los vss. 7, 8, 21, 24, 25, 35, 36 y con Éx 35:2, 3.)

      La importancia de las fiestas en la vida de Israel. Las fiestas desempeñaban un papel muy importante en la vida de la nación israelita. Cuando aún estaban cautivos en Egipto, Moisés le dijo a Faraón la razón por la que exigía que se dejara a los israelitas y a su ganado salir de Egipto: “Tenemos una fiesta para Jehová”. (Éx 10:9.) Posteriormente, el pacto de la Ley incorporó muchas instrucciones detalladas concernientes a la observancia de las fiestas. (Éx 34:18-24; Le 23:1-44; Dt 16:1-17.) En conformidad con los mandamientos de Dios, los sábados de las fiestas ayudaban a todos los asistentes a concentrar su atención en la palabra de Dios y a no estar tan absortos en sus asuntos personales, que se olvidaran del aspecto espiritual —el más importante— de su vida diaria. Estas ocasiones festivas también servían para recordarles que eran un pueblo para el nombre de Jehová. Al viajar a los lugares de reunión para las fiestas y al regresar, tendrían muchas oportunidades de hablar sobre la bondad de su Dios y las bendiciones de que estaban disfrutando tanto diariamente como en temporadas específicas. Las fiestas les brindaban el tiempo y la oportunidad de meditar, asociarse y estudiar la ley de Jehová. Estas fiestas ampliaban su conocimiento de la tierra que Dios les había dado, aumentaban el entendimiento y el amor entre ellos y promovían la unidad y la adoración limpia. Se convertían en acontecimientos felices. Los asistentes se embebían de los pensamientos y los caminos de Dios, y todos los que participaban con sinceridad recibían una rica bendición espiritual. Puede servir de ejemplo la bendición que recibieron los miles de asistentes que estuvieron presentes en la fiesta del Pentecostés en Jerusalén en el año 33 E.C. (Hch 2:1-47.)

      Las fiestas habían sido para el pueblo judío sinónimo de felicidad. Antes del exilio babilonio, cuando la nación ya había perdido de vista el verdadero contenido espiritual de las fiestas, los profetas Oseas y Amós relacionaron la inminente desolación que, según se había predicho, vendría sobre Jerusalén, con el fin de aquellas celebraciones gozosas y felices y su transformación en períodos de duelo. (Os 2:11; Am 8:10.) Después de la caída de Jerusalén, Jeremías expresó este lamento: “Los caminos de Sión están de duelo, porque no hay quienes vengan a la fiesta”, ‘se ha olvidado en Sión fiesta y sábado’. (Lam 1:4; 2:6.) Isaías, en cambio, augura la feliz condición en la que se hallarían los repatriados de Babilonia en 537 a. E.C., al decir: “Ustedes llegarán a tener una canción como la de la noche en que uno se santifica para una fiesta”. (Isa 30:29.) Sin embargo, tiempo después de haber sido restaurados a la tierra que Dios les había dado, nuevamente corrompieron las fiestas de Jehová, de tal modo que Dios advirtió a los sacerdotes por medio de su profeta Malaquías que esparciría sobre sus rostros el estiércol de sus fiestas. (Mal 2:1-3.)

      En las Escrituras Griegas Cristianas se hicieron varias referencias y alusiones a las fiestas, y algunas de esas referencias dieron a las fiestas un significado simbólico de carácter profético alusivo a la felicidad que prevalecería entre los cristianos. Sin embargo, los cristianos no estaban obligados a observar aquellas fiestas. (Col 2:16, 17; véanse las fiestas por sus nombres correspondientes.)

  • Fiesta de las cabañas
    Perspicacia para comprender las Escrituras, volumen 1
    • FIESTA DE LAS CABAÑAS

      Conocida también como la fiesta de la recolección o de los tabernáculos; en Levítico 23:39 se la denomina “fiesta de Jehová”. Las instrucciones para su observancia se encuentran en Levítico 23:34-43, Números 29:12-38 y Deuteronomio 16:13-15. La fiesta transcurría entre los días 15 y 21 de Etanim, con una asamblea solemne en el día 22. Etanim (Tisri: septiembre-octubre) era originalmente el primer mes del calendario judío, pero después del éxodo de Egipto llegó a ser el séptimo mes del año sagrado, puesto que Abib (Nisán: marzo-abril), que anteriormente había sido el séptimo mes, pasó a ser el primero. (Éx 12:2.) La fiesta de las cabañas celebraba la recolección de los frutos del suelo, el grano, el aceite y el vino: “el producto de la tierra”. (Le 23:39.) Se hace referencia a ella como “la fiesta de la recolección al término del año”. La convocación santa, en el octavo día, clausuraba solemnemente el ciclo anual de fiestas. (Éx 34:22; Le 23:34-38.)

      La fiesta de las cabañas señalaba para los israelitas el fin de la parte principal del año agrícola. Por lo tanto, era un tiempo de alegría y agradecimiento debido a la bendición de Jehová sobre el fruto de todas las cosechas. Asimismo, puesto que el Día de Expiación se habría observado tan solo cinco días antes, el pueblo tendría un sentimiento de estar en paz con Jehová. Aunque solo los varones estaban obligados a asistir a esta fiesta, había familias enteras que lo hacían. Durante los siete días de la fiesta, todos los asistentes tenían que morar en cabañas (heb. suk·kóhth). Por lo general, había una cabaña para cada familia. (Éx 34:23; Le 23:42.) Estas cabañas se levantaban en los patios de las casas, en los techos de las moradas, en los atrios del templo, en las plazas públicas y en los caminos, a una distancia de la ciudad que no excediera el camino de un sábado. Tenían que hacerlas del “fruto de árboles espléndidos”, frondas de palmeras, ramas mayores de árboles frondosos y álamos. (Le 23:40.) En los días de Esdras las cabañas se hicieron con hojas de olivo y de árboles oleíferos, hojas de mirto (muy aromáticas), hojas de palma y de árboles ramosos. El hecho de que todo el pueblo, ricos y pobres por igual, morasen en cabañas y hasta comiesen durante siete días en ellas, y el que todas estuviesen hechas de los mismos materiales, llevados de los valles y montañas del país, realzaba la absoluta igualdad que todos compartían en la fiesta. (Ne 8:14-16.)

      El día anterior al comienzo de la fiesta, el 14 de Etanim, ya estaba en Jerusalén la mayor parte de los observantes, si no todos. En ese día comenzaba la preparación, a menos que se tratase de un sábado semanal, en cuyo caso se podía dar comienzo a los preparativos antes de esa fecha. Todos se hallaban plenamente ocupados en la construcción de las cabañas, la purificación, las ofrendas que cada uno había llevado con motivo de la fiesta y en disfrutar alegremente del compañerismo que la ocasión propiciaba. La ciudad de Jerusalén y sus aledaños ofrecían una singular y pintoresca apariencia, llena de cabañas por todos los rincones, así como en los caminos de acceso y hasta en los huertos de la periferia. El ambiente festivo se enriquecía con el bello colorido de los frutos, el frescor de los ramajes y la agradable fragancia del mirto. Todos estaban a la expectativa en aquella tarde del incipiente otoño, aguardando el toque de trompeta que desde un lugar elevado del templo anunciaría el advenimiento de la fiesta.

      La cantidad de sacrificios que se ofrecía en esta ocasión era mayor que en cualquier otra fiesta. El sacrificio que hacía la nación —que comenzaba con trece toros en el primer día y disminuía uno cada día— ascendía a setenta toros, y ciento diecinueve corderos, carneros y machos cabríos, además de las ofrendas de grano y vino. Los asistentes también hacían miles de ofrendas individuales durante la semana. (Nú 29:12-34, 39.) En el octavo día, en el transcurso del cual no podía realizarse ningún trabajo laborioso, se presentaban como ofrenda quemada un toro, un carnero y siete corderos machos de un año, junto con ofrendas de grano, libaciones y un macho cabrío como ofrenda por el pecado. (Nú 29:35-38.)

      En los años sabáticos se leía la Ley a todo el pueblo durante la fiesta. (Dt 31:10-13.) La primera de las veinticuatro divisiones sacerdotales establecidas por David debió comenzar a servir en el templo después de la fiesta de las cabañas, puesto que el templo de Salomón se inauguró para el tiempo de esta fiesta en 1026 a. E.C. (1Re 6:37, 38; 1Cr 24:1-18; 2Cr 5:3; 7:7-10.)

      La característica más notable y singular de la fiesta de las cabañas era la acción de gracias jubilosa. Jehová deseaba que el pueblo se regocijara en Él: “Tienen que regocijarse delante de Jehová su Dios”. (Le 23:40.) Esta fiesta era de acción de gracias por la recolección, en especial en vista de que para ese tiempo no solo se había recogido el grano, sino también el aceite y el vino, lo que contribuía en gran manera al disfrute de la vida. Durante el transcurso de esta fiesta, los israelitas podían reflexionar en que su prosperidad y la abundancia de que disfrutaban no era gracias a su propio esfuerzo, sino al cuidado de Jehová su Dios. Por lo tanto, tenían que meditar profundamente en estas cosas por temor a que, como había dicho Moisés, ‘su corazón realmente se elevara y realmente olvidaran a Jehová su Dios, que los había sacado de la tierra de Egipto, de la casa de esclavos’. Moisés también había dicho: “Y tienes que acordarte de Jehová tu Dios, porque él es para ti el dador de poder para hacer riqueza; a fin de realizar su pacto que él juró a tus antepasados, como sucede el día de hoy”. (Dt 8:14, 18.)

      A Israel se le mandó morar durante toda una semana en cabañas por la siguiente razón: “A fin de que sepan las generaciones de ustedes que fue en las cabañas donde hice yo morar a los hijos de Israel cuando estaba sacándolos de la tierra de Egipto. Yo soy Jehová el Dios de ustedes”. (Le 23:42, 43.) Ellos podían rememorar con gozo y agradecimiento el cuidado que Dios les había prodigado, proveyéndoles cobijo a través de un ‘desierto grande e inspirador de temor, con serpientes venenosas y escorpiones y con suelo sediento que no tenía agua, haciendo salir para ellos agua de la roca pedernalina, y alimentándolos con maná en el desierto, el cual sus padres no habían conocido’. (Dt 8:15, 16.) Todas estas disposiciones les darían sobrados motivos para regocijarse por el cuidado constante de Jehová y por su generosidad.

      Rasgos añadidos posteriormente. Una costumbre que se arraigó más tarde, y a la que posiblemente se hace alusión en las Escrituras Griegas Cristianas (Jn 7:37, 38), aunque no en las Escrituras Hebreas, era la de extraer agua del estanque de Siloam y derramarla, junto con vino, sobre el altar al tiempo del sacrificio matinal. Según la mayoría de las autoridades, esto se hacía los siete días de la fiesta, pero no el octavo. El sacerdote tenía que ir al estanque de Siloam con un cántaro de oro puro (excepto el primer día de la fiesta, que era un sábado y el agua se tomaba de un vaso de oro que había en el templo, adonde se había llevado el día anterior desde Siloam). El sacerdote calculaba el tiempo de manera que pudiera regresar desde Siloam con el agua justo para cuando los sacerdotes del templo estuviesen listos para colocar las piezas del sacrificio sobre el altar. Cuando entraba al atrio de los sacerdotes por la Puerta del Agua del templo, se anunciaba su entrada con tres toques de trompeta que daban los sacerdotes. Luego se echaba el agua en una vasija y se derramaba sobre la base del altar, al mismo tiempo que se echaba vino en otra vasija. En ese momento la música del templo acompañaba el canto del Hallel (Salmos 113–118), mientras los adoradores ondeaban ramas de palmeras hacia el altar. Esta ceremonia posiblemente hacía recordar a los participantes gozosos las palabras proféticas de Isaías: “Con alborozo ustedes de seguro sacarán agua de los manantiales de la salvación”. (Isa 12:3.)

      Otra ceremonia algo similar consistía en que cada día de los siete de que constaba la fiesta, los sacerdotes caminaban en procesión alrededor del altar cantando: “¡Ay, pues, Jehová, salva, sí, por favor! ¡Ay, pues, Jehová, otorga éxito, sí, por favor!”. (Sl 118:25.) Sin embargo, el séptimo día daban siete vueltas al altar.

      Según fuentes rabínicas, había otra característica sobresaliente de esta fiesta que, como la costumbre de llevar agua de Siloam, ya existía en el tiempo de Jesús. Esta ceremonia empezaba después de concluir el día 15 de Tisri, es decir, en la noche del día 16 (el segundo día de la fiesta), y continuaba durante las cinco noches siguientes. Los preparativos se hacían en el atrio de las mujeres, donde había cuatro enormes candelabros de oro, cada uno de ellos con cuatro tazones de oro. Cuatro jóvenes de ascendencia sacerdotal subían por escaleras con grandes cántaros de aceite para llenar los dieciséis tazones. Las vestiduras viejas de los sacerdotes se usaban de mechas para las lámparas. Ciertos escritores judíos dicen que estas lámparas emitían una luz brillante que podía verse desde una distancia considerable y que iluminaba los patios de las casas de Jerusalén. Algunos hombres, entre ellos algunos ancianos, danzaban con antorchas llameantes en sus manos y cantaban alabanzas, acompañados de instrumentos musicales.

      Un dato interesante en relación con la fiesta de las cabañas es que cuando Jeroboam se separó de Rehoboam, el hijo de Salomón, y se hizo rey de las diez tribus norteñas, instituyó una festividad (en el octavo mes, no en el séptimo) en imitación de la fiesta de las cabañas con el fin, al parecer, de alejar de Jerusalén a las diez tribus. Pero, como era de esperar, los sacrificios se ofrecían a los becerros de oro que, en contra del mandamiento de Jehová, había hecho erigir. (1Re 12:31-33.)

      Probablemente Jesús haya hecho alusión al significado espiritual de la fiesta de las cabañas y quizás a la ceremonia con el agua de Siloam cuando “en el último día, el gran día de la fiesta, estando de pie, exclamó: ‘Si alguien tiene sed, venga a mí y beba. El que pone fe en mí, así como ha dicho la Escritura: “De su parte más interior fluirán corrientes de agua viva”’”. (Jn 7:37, 38.) Asimismo, es posible que poco después haya hecho referencia a la iluminación de Jerusalén con las lámparas y antorchas que había en el recinto del templo durante la fiesta, cuando dijo a los judíos: “Yo soy la luz del mundo. El que me sigue, de ninguna manera andará en oscuridad, sino que poseerá la luz de la vida”. (Jn 8:12.) Tras su conversación con los judíos, puede que Jesús relacionara Siloam con la fiesta y su iluminación cuando se encontró con un hombre que había nacido ciego. Después de declarar a sus discípulos: “Luz soy del mundo”, escupió en la tierra e hizo barro con la saliva, y puso el barro sobre los ojos del hombre y le dijo: “Ve a lavarte en el estanque de Siloam”. (Jn 9:1-7.)

      El que la gente ondeara palmas en el transcurso de esta fiesta recuerda en cierto modo a las multitudes que aclamaron a Jesús ondeando palmas al tiempo de su entrada en Jerusalén poco antes de su muerte, si bien este gesto multitudinario no coincidió con la celebración de la fiesta de las cabañas, sino poco antes de la Pascua. (Jn 12:12, 13.) Se registra una situación parecida en la visión que tuvo el apóstol Juan de los 144.000 esclavos de Dios sellados en la frente: “Después de estas cosas vi, y, ¡miren!, una gran muchedumbre, que ningún hombre podía contar, de todas las naciones y tribus y pueblos y lenguas, de pie delante del trono y delante del Cordero, vestidos de largas ropas blancas; y había ramas de palmera en sus manos. Y siguen clamando con voz fuerte, y dicen: ‘La salvación se la debemos a nuestro Dios, que está sentado en el trono, y al Cordero’”. (Rev 7:1-10.)

      Ciertamente, la fiesta de las cabañas era una conclusión muy apropiada del año agrícola y del ciclo de las fiestas anuales. Todo lo que tenía que ver con ella emanaba alegría, la copiosa bendición de Jehová, refrigerio y vida.

  • Fiesta de la dedicación
    Perspicacia para comprender las Escrituras, volumen 1
    • FIESTA DE LA DEDICACIÓN

      Con la celebración de la fiesta de la dedicación (heb. januk·káh), aún se conmemora el recobro de la independencia judía al liberarse de la dominación sirohelénica y la nueva dedicación a Jehová del templo de Jerusalén, que había sido profanado por Antíoco IV Epífanes. Este gobernante, que se llamó a sí mismo The·ós E·pi·fa·nḗs (“Dios Manifiesto”), edificó un altar encima del gran altar sobre el que con anterioridad se habían presentado las ofrendas quemadas diarias. (1 Macabeos 1:54-59, BJ.) En esta ocasión (el 25 de Kislev de 168 a. E.C.) sacrificó un cerdo sobre el altar y ordenó que con parte de la carne se hiciese un caldo, que posteriormente mandó salpicar por todo el templo a fin de mostrar su odio y desprecio por Jehová, el Dios de los judíos, y para contaminar su templo al grado máximo. Asimismo, quemó las puertas del templo, derribó las cámaras de los sacerdotes y se llevó el altar de oro, la mesa del pan de la proposición y el candelabro de oro. El templo de Zorobabel se dedicó a Zeus, dios pagano del Olimpo.

      Dos años después, Judas Macabeo volvió a tomar la ciudad y el templo. El santuario estaba desolado, y en los atrios del templo crecía la maleza. Judas derribó el viejo altar contaminado y edificó uno nuevo con piedras no labradas. Ordenó hacer vasos para el templo e introdujo en él el altar del incienso, la mesa del pan de la proposición y el candelabro. Una vez purificado el templo de su contaminación, se efectuó la dedicación el 25 de Kislev de 165 a. E.C., exactamente tres años después que Antíoco hizo su sacrificio sobre el altar en adoración al dios pagano. Se reanudaron las ofrendas quemadas diarias o continuas. (1 Macabeos 4:36-54; 2 Macabeos 10:1-9, BJ.)

      Las costumbres de la fiesta. La misma naturaleza de la fiesta hacía de ella una ocasión de gran regocijo. Por la manera como se celebraba, guardaba cierta similitud con la fiesta de las cabañas. La fiesta comenzaba el 25 de Kislev y duraba ocho días. (1 Macabeos 4:59.) Un gran resplandor de luz bañaba los atrios del templo, y todas las moradas privadas estaban iluminadas con lámparas decorativas. El Talmud la denomina la “fiesta de la iluminación”. Más tarde, algunos adoptaron la costumbre de preparar ocho lámparas para la primera noche y utilizar una menos cada noche, en tanto que otros comenzaban con una e iban aumentando hasta llegar a ocho. El objetivo no era únicamente iluminar el interior de la casa, sino hacer posible que todos los que estuvieran fuera vieran la luz, puesto que las lámparas se colocaban cerca de las puertas que daban a la calle. Además de encender las lámparas, se entonaban canciones de alabanza a Dios, el Libertador de Israel. Josefo dice concerniente a la iniciación de la fiesta: “Fue tan grande el gozo por la restauración de los ritos y por la libertad religiosa recuperada inesperadamente después de tanto tiempo, que establecieron por ley la conmemoración anual de la restauración del Templo. Desde entonces hasta la actualidad celebramos lo que se llama la fiesta de las Luminarias; creo que se le da este nombre porque en forma inesperada lució para nosotros la libertad”. (Antigüedades Judías, libro XII, cap. VII, sec. 7.) Debido a que no se consideraba que esta fiesta fuera un sábado, se podía trabajar en el transcurso de ella.

      Con anterioridad había habido otras dos dedicaciones: la del primer templo, que mandó construir Salomón, y la del templo que reedificó Zorobabel, celebradas ambas una vez terminadas las obras. No obstante, a diferencia de la dedicación con motivo de las obras de reconstrucción que realizó en el templo Judas Macabeo, en estos dos primeros casos no se instituyó una celebración anual conmemorativa. Por otro lado, mientras que las tres grandes festividades, a las que era obligatoria la comparecencia de todos los varones, se celebraban en Jerusalén, la fiesta de la dedicación podía celebrarse en las diversas ciudades de la nación, como también ocurría con la fiesta de Purim. (Éx 23:14-17; Est 9:18-32.) Los israelitas solían reunirse en las sinagogas, cantando jubilosamente y llevando palmas consigo, e iluminaban con gran profusión tanto sus casas como la sinagoga misma. Esta festividad sigue vigente hoy en las comunidades judías.

      Significado para los cristianos. Jesús visitó el templo para la fiesta de la dedicación durante el último invierno de su ministerio, en el año 32 E.C. El relato dice: “Por entonces se celebraba la fiesta de la dedicación en Jerusalén. Era invierno, y Jesús estaba andando por el templo, en la columnata de Salomón”. (Jn 10:22, 23.) El mes de Kislev, el noveno mes, corresponde a noviembre-diciembre en el calendario gregoriano. Ni que decir tiene que los judíos sabían muy bien que esta fiesta se celebraba durante el invierno. Por lo tanto, el que en esta ocasión se haga mención del invierno tal vez haya sido para significar el estado del tiempo, más bien que para hacer referencia a la estación. De esta manera se explicaría por qué escogió Jesús un lugar protegido para enseñar, la “columnata de Salomón”. Esta columnata cubierta estaba en el lado oriental del atrio exterior de los gentiles, en un lugar donde se reunía mucha gente. (Hch 3:11; 5:12.)

      No hay ninguna declaración directa en las Escrituras inspiradas que indique que Jehová haya dado a Judas la victoria, ni que haya dirigido la reparación que hizo del templo, la colocación de los muebles, la fabricación de utensilios y, finalmente, su nueva dedicación. No obstante, para que se cumplieran las profecías sobre Jesús y su ministerio, y para que los sacrificios de los levitas continuaran hasta que se efectuara el gran sacrificio del Hijo de Dios, el templo tenía que estar en pie y sus servicios funcionando para cuando apareciera el Mesías. (Jn 2:17; Da 9:27.) Jehová había usado a hombres de naciones extranjeras, como Ciro, para realizar ciertos propósitos relacionados con su adoración. (Isa 45:1.) Con mucha más razón pudo haber utilizado a un judío, un miembro de su pueblo dedicado.

      Sea como fuere, el caso es que durante el ministerio de Jesús se observaban los servicios en el templo. Herodes reedificó o reemplazó el templo de Zorobabel por otro más elaborado. Sin embargo, debido al desagrado que sentían por Herodes, los judíos por lo general solo hablaban de dos templos: el de Salomón y el de Zorobabel. Ni en las palabras de Jesús ni en ninguno de los escritos de sus discípulos hallamos que se condene de alguna manera la fiesta de la dedicación. No obstante, no se manda a los cristianos que la celebren, puesto que ellos están bajo el nuevo pacto. (Col 2:16; Gál 4:10, 11; Heb 8:6.)

  • Fiesta de la luna nueva
    Perspicacia para comprender las Escrituras, volumen 1
    • FIESTA DE LA LUNA NUEVA

      Dios mandó a Israel que cada luna nueva, es decir, aquella que marcaba el comienzo de los meses del calendario judío, hubiese toques de trompeta con motivo de las ofrendas quemadas y de los sacrificios de comunión. (Nú 10:10.) En esos días se tenían que ofrecer sacrificios especiales, además del sacrificio diario continuo. La ofrenda de la luna nueva consistía en una ofrenda quemada de dos toros, un carnero y siete corderos de un año de edad, con las correspondientes ofrendas de grano y vino, y además un cabrito como ofrenda por el pecado. (Nú 28:11-15.)

      En el Pentateuco esto era todo lo que se mandaba en cuanto a su observancia, pero con el tiempo la celebración de la luna nueva llegó a ser una fiesta nacional importante. En Isaías 1:13, 14 se coloca esta fiesta al mismo nivel que los sábados y los períodos de fiesta. Por lo menos para el tiempo de los profetas posteriores, el pueblo no se ocupaba de los asuntos comerciales en los días de luna nueva, como se indica en Amós 8:5. Con este proceder, iban más allá de lo que las Escrituras requerían para estos días. Aun así, como lo muestran los dos últimos textos citados, la observancia judía de la luna nueva se había convertido en un mero formalismo, odioso a los ojos de Jehová.

      El día de la luna nueva era especialmente propicio para reunirse y disfrutar de un ambiente festivo. Esto parece desprenderse del comentario de Saúl cuando David no se presentó a comer a su mesa en ese día señalado. Saúl dijo para sí: “Algo ha pasado de modo que no está limpio, pues no se ha limpiado”. (1Sa 20:5, 18, 24, 26.) Si bien en la celebración de la luna nueva se permitían algunos trabajos que estaban prohibidos en sábado, no obstante, ese era un día para la consideración de asuntos espirituales. El pueblo solía congregarse (Isa 1:13; 66:23; Sl 81:3; Eze 46:3) o ir a ver a los profetas u hombres de Dios. (2Re 4:23.)

      La observancia del día de la luna nueva no tenía nada que ver con el culto a la luna, práctica frecuente entre algunas naciones paganas, ni tenía relación alguna con la astrología. (Jue 8:21; 2Re 23:5; Job 31:26-28.)

      Isaías escribió acerca de un tiempo futuro en el que toda carne se congregaría para inclinarse ante Jehová en los días de luna nueva. (Isa 66:23.) Durante el exilio babilonio, Jehová le dio al profeta Ezequiel una visión de un templo y le dijo: “En lo que respecta a la puerta del patio interior que mira al este, debe continuar cerrada durante los seis días de trabajo, y en el día del sábado debe ser abierta, y en el día de la luna nueva debe ser abierta. Y la gente de la tierra tiene que inclinarse en la entrada de aquella puerta en los sábados y en las lunas nuevas, delante de Jehová”. (Eze 46:1, 3.)

      Hoy los judíos celebran la luna nueva con ceremonias muy minuciosas y conceden a esta fiesta mucha importancia. Sin embargo, a los cristianos se les dice que no están obligados a observar una luna nueva o un sábado, pues solo son parte de la “sombra de las cosas por venir”, en tanto que la realidad de estas cosas se encuentra en Cristo Jesús. Las fiestas del Israel carnal tienen un significado simbólico y encuentran su cumplimiento en muchas de las bendiciones que Dios da por medio de su Hijo. (Col 2:16, 17.)

  • Fiesta de las trompetas
    Perspicacia para comprender las Escrituras, volumen 1
    • FIESTA DE LAS TROMPETAS

      Esta fiesta se celebraba el primer día (es decir, la luna nueva) del séptimo mes, Etanim (Tisri). Con ella comenzaba el año seglar para los judíos y, por lo tanto, esta celebración era más importante que la fiesta de la luna nueva de los restantes once meses. Además, el mandato concerniente a la fiesta de las trompetas especifica que debería apartarse como un día de convocación santa, en el que no habría de hacerse ninguna clase de trabajo laborioso.

      La fiesta recibe su nombre de este mandato: “Debe ocurrir para ustedes un descanso completo, una conmemoración por el toque de trompeta”. “Debe resultar ser día del toque de trompeta para ustedes.” En este día se presentaban en sacrificio un toro joven, un carnero, siete corderos sanos de un año de edad, una ofrenda de grano de flor de harina mojada ligeramente con aceite y también un cabrito como ofrenda por el pecado. Todo esto se sumaba a las ofrendas diarias constantes, así como a los sacrificios que se hacían especialmente en los días de luna nueva. (Le 23:24; Nú 29:1-6.)

      Naturalmente, esta fiesta era importante, no solo porque daba comienzo al año agrícola y laboral, sino porque también el día 10 de ese mismo mes se celebraba el Día de Expiación y poco después, el día 15, daba comienzo la fiesta de las cabañas. Además, en el mes de Etanim (Tisri) se completaba la recogida de la mayor parte de la cosecha del año saliente: la cosecha de la uva para la preparación del vino, que regocija el corazón del hombre, y la cosecha de la aceituna, que, entre otras cosas, se usaba en la alimentación, así como su aceite en la iluminación doméstica y en relación con muchas de las ofrendas de grano. (Sl 104:15.) Sin lugar a dudas, esta fiesta marcaba el comienzo de un mes propio para expresar agradecimiento a Jehová.

  • Fiesta de las tortas no fermentadas
    Perspicacia para comprender las Escrituras, volumen 1
    • FIESTA DE LAS TORTAS NO FERMENTADAS

      Esta fiesta comenzaba el 15 de Nisán, el día después de la Pascua, y duraba siete días, hasta el 21 de Nisán. (Véase PASCUA.) Su nombre proviene de las tortas no fermentadas (heb. mats·tsóhth), el único pan que estaba permitido comer durante los siete días de la fiesta. El pan sin fermentar se amasa con agua pero sin levadura, y ha de prepararse rápidamente para evitar la fermentación.

      El primer día de la fiesta de las tortas no fermentadas era una asamblea solemne y tenía carácter sabático. En el segundo día, el 16 de Nisán, se le llevaba al sumo sacerdote una gavilla de las primicias de la cosecha de la cebada, la primera que maduraba en Palestina. Antes de esta fiesta no podía comerse grano nuevo ni pan ni grano tostado de la nueva cosecha. El sumo sacerdote presentaba simbólicamente tales primicias a Jehová meciendo una gavilla de grano, mientras se ofrecía un carnero sano en su primer año como ofrenda quemada junto con una ofrenda de grano mojado ligeramente con aceite y una libación. (Le 23:6-14.) No había ningún mandato en cuanto a quemar grano o harina sobre el altar, como más tarde hicieron los sacerdotes. No se hacía únicamente una ofrenda nacional de las primicias, sino que también se estipulaba que toda familia y toda persona que tuviera una posesión en Israel ofreciera sacrificios de acción de gracias durante esta ocasión festiva. (Éx 23:19; Dt 26:1, 2; véase PRIMICIAS.)

      Significado. El que en esta ocasión se comiesen tortas no fermentadas estaba de acuerdo con las instrucciones que Jehová le había dado a Moisés, según se registran en Éxodo 12:14-20, en las que se incluye el siguiente mandato de estricto cumplimiento (versículo 19): “Por siete días no ha de hallarse masa fermentada en sus casas”. En Deuteronomio 16:3 se llama a las tortas no fermentadas el “pan de aflicción”, y para los israelitas eran un recordatorio anual de su apresurada salida de la tierra de Egipto (cuando no tuvieron tiempo de que fermentara la masa de sus panes [Éx 12:34]). De esta forma, recordaban el estado de aflicción y esclavitud del que Israel había sido liberado, como Jehová mismo había dicho: “Para que todos los días de tu vida recuerdes el día en que saliste de la tierra de Egipto”. La conciencia de su libertad nacional y el reconocimiento de Jehová como su Libertador constituían un trasfondo adecuado para la primera de las tres grandes fiestas anuales de los israelitas. (Dt 16:16.)

      Su observancia preexílica. En el registro bíblico hay tres referencias a la celebración de la fiesta de las tortas no fermentadas poco después de la entrada en la Tierra Prometida y antes del cautiverio babilonio. Ahora bien, el hecho de que no haya ninguna otra referencia no significa que no se celebrara en otras ocasiones. En realidad, la primera de las tres referencias es un comentario general sobre todas las festividades y las disposiciones de Salomón para su celebración. (2Cr 8:12, 13.)

      En las otras dos referencias concurren circunstancias de gran singularidad. Una tiene que ver con la reanudación de la fiesta de las tortas no fermentadas después de un período de abandono. Esta recuperación de la fiesta tuvo lugar en el primer año del reinado del fiel Ezequías. Ha de decirse sobre esta celebración que debido a las obras de limpieza y reparación del templo, no tuvieron tiempo suficiente para prepararla y celebrarla el 15 de Nisán, pues las obras terminaron el día 16, por lo que, en atención al precepto legal que así lo estipulaba, la celebraron el mismo día del mes siguiente. (2Cr 29:17; 30:13, 21, 22; Nú 9:10, 11.) Fue una ocasión tan gozosa y reavivó de tal modo el espíritu religioso, que los siete días previstos para la celebración resultaron insuficientes, de modo que se prolongó por otros siete días. El rey Ezequías y sus príncipes contribuyeron generosamente 2.000 toros y 17.000 ovejas, con el fin de dar de comer a las multitudes. (2Cr 30:23, 24.)

      Esta celebración marcó el inicio de una gran campaña en contra de la adoración falsa, una campaña que en muchas ciudades se efectuó antes de que todos regresaran a sus casas. (2Cr 31:1.) La observancia de esta fiesta trajo la bendición de Jehová sobre los israelitas y los liberó del culto a los demonios. Por otra parte, es un ejemplo notable del buen efecto que tenía en ellos la celebración de las fiestas.

      La tercera y última celebración preexílica de la fiesta de las tortas no fermentadas fue la que hizo el rey Josías como parte de su valiente esfuerzo por restaurar la adoración pura de Jehová en Judá. (2Cr 35:1-19.)

      Si bien estas son las únicas celebraciones de la fiesta mencionadas específicamente, ha de decirse que con anterioridad a los reyes, los jueces leales y los sacerdotes de Israel habían estado interesados en que se observaran las fiestas. Con el tiempo, David y Salomón dictaron disposiciones pormenorizadas para mantener debidamente ocupado al sacerdocio en relación con las fiestas, y después otros reyes de Judá debieron encargarse de que se celebrasen con periodicidad. En tiempos postexílicos, la fiesta de las tortas no fermentadas se celebró con bastante regularidad.

      Su observancia postexílica. Después del regreso de los judíos del cautiverio babilonio a la Tierra Prometida, los profetas de Jehová, Ageo y Zacarías, impulsaron la reconstrucción del templo de Jerusalén hasta terminar la obra. (Esd 5:1, 2.) Finalmente, en 515 a. E.C. se procedió a la dedicación de la casa de Jehová con gran regocijo y con la presentación de los sacrificios correspondientes a la fiesta de las tortas no fermentadas. Esdras 6:22 dice: “Y pasaron a celebrar la fiesta de las tortas no fermentadas siete días con regocijo”.

      No obstante, el libro de Malaquías muestra que, a pesar del celo con el que se dio comienzo a la restauración de la adoración verdadera después del exilio babilonio, los sacerdotes se hicieron negligentes, orgullosos e hipócritas. Los oficios realizados en el templo se convirtieron en una parodia, aun cuando la observancia formal de las fiestas continuó. (Mal 1:6-8, 12-14; 2:1-3; 3:8-10.) Posteriormente, Jesús pudo comprobar que los escribas y fariseos se habían entregado a una observancia escrupulosa de los detalles de la Ley, aparte de su apego a sus propias tradiciones. Aunque observaban celosamente las fiestas, entre ellas la fiesta de las tortas no fermentadas, Jesús los condenó abiertamente porque a causa de su hipocresía habían perdido de vista el verdadero significado de aquellas disposiciones que Jehová había decretado para su bendición. (Mt 15:1-9; 23:23, 24; Lu 19:45, 46.)

      Significado profético. En Mateo 16:6, 11, 12, Jesucristo explicó el significado simbólico del fermento o la levadura, al advertir a sus discípulos: “Mantengan los ojos abiertos y guárdense de la levadura de los fariseos y saduceos”. Como los discípulos razonaban erróneamente sobre lo que había querido decir, les manifestó claramente: “‘¿Cómo no disciernen que no les hablé acerca de panes? Mas guárdense de la levadura de los fariseos y saduceos.’ Entonces comprendieron que [...] les había dicho que se guardaran [...] de la enseñanza de los fariseos y saduceos”. Lucas, por su parte, menciona otra ocasión en la que Jesús declaró específicamente: “Guárdense de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía”. (Lu 12:1.)

      El apóstol Pablo dio un significado similar a la levadura en relación con la fiesta de las tortas no fermentadas al mencionar el proceder que deberían seguir los cristianos en 1 Corintios 5:6-8: “¿No saben que un poco de levadura hace fermentar toda la masa? Quiten la levadura vieja, para que sean una masa nueva, según estén libres de fermento. Porque, en realidad, Cristo nuestra pascua ha sido sacrificado. Por consiguiente, guardemos la fiesta, no con levadura vieja, ni con levadura de maldad e iniquidad, sino con tortas no fermentadas de sinceridad y verdad”.

      El 16 de Nisán, segundo día de la fiesta de las tortas no fermentadas, el sumo sacerdote mecía las primicias de la cosecha de la cebada —la primera cosecha del año—, o lo que podría llamarse las primeras primicias de la tierra. (Le 23:10, 11.) Es significativo que Jesucristo resucitase ese mismo día: el 16 de Nisán del año 33 E.C. El apóstol Pablo compara a Cristo con otros que han de ser resucitados, y dice: “Sin embargo, ahora Cristo ha sido levantado de entre los muertos, las primicias de los que se han dormido en la muerte. [...] Pero cada uno en su propia categoría: Cristo las primicias, después los que pertenecen al Cristo durante su presencia”. Pablo también lo llama: “El primogénito entre muchos hermanos”. (1Co 15:20-23; Ro 8:29.)

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