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Limpio, limpiezaPerspicacia para comprender las Escrituras, volumen 2
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El parto también significaba un período de inmundicia para la madre. Si el recién nacido era un varón, quedaba inmunda siete días, lo mismo que durante su menstruación. Al octavo día se circuncidaba al niño, pero la madre permanecía inmunda por otros treinta y tres días en lo que respecta a tocar cualquier cosa santa o entrar en el santuario, aunque no hacía inmundo el resto de lo que tocara. Si nacía una niña, este período de cuarenta días se doblaba: catorce días más sesenta y seis días. Así que desde el nacimiento la Ley distinguía entre el varón y la hembra, asignando a esta última una posición subordinada. En ambos casos, al final del período de purificación la madre tenía que llevar un carnero de menos de un año para una ofrenda quemada, y un palomo o una tórtola para una ofrenda por el pecado. Si los padres eran demasiado pobres para dar un carnero, como era el caso de María y José, podían ofrecer dos tórtolas o dos palomos para estos sacrificios de limpieza. (Le 12:1-8; Lu 2:22-24.)
¿Por qué decía la ley mosaica que las relaciones sexuales y el parto hacían “inmunda” a la persona?
Surge la pregunta: ¿por qué consideraba la Ley que cosas tan normales y propias como la menstruación, las relaciones sexuales entre personas casadas y el dar a luz hacían “inmunda” a la persona? Por un lado, elevaba las relaciones más íntimas del matrimonio al nivel de santidad, y enseñaba a ambos cónyuges a ejercer autodominio, a tener gran consideración por los órganos reproductores y a mostrar respeto por la santidad de la vida y la sangre. También se han escrito comentarios sobre los beneficios higiénicos que se derivaban de observar escrupulosamente estas reglas. Pero todavía hay otro aspecto que analizar.
En el principio Dios creó los impulsos sexuales y la facultad de reproducción en el primer hombre y la primera mujer, y les mandó que cohabitaran y dieran a luz hijos. Por lo tanto, no era ningún pecado que la pareja perfecta tuviera relaciones sexuales. Sin embargo, cuando Adán y Eva desobedecieron a Dios al comer del fruto prohibido, no al tener relaciones sexuales, se produjeron cambios drásticos. Súbitamente sus conciencias culpables y condenadas por el pecado los hicieron conscientes de su desnudez, y cubrieron de inmediato sus órganos genitales para ocultarlos de la vista de Dios. (Gé 3:7, 10, 11.) Desde entonces en adelante, los hombres no podrían cumplir con el mandato de procrear en estado de perfección, sino que, por el contrario, los padres transmitirían a los hijos la mancha hereditaria del pecado y la pena de muerte. Hasta los padres más rectos y temerosos de Dios producen hijos contaminados por el pecado. (Sl 51:5.)
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Limpio, limpiezaPerspicacia para comprender las Escrituras, volumen 2
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Si padecían de flujos prolongados anormales debido a cierto problema físico, se requería un período de inmundicia más extenso, y a su término, igual que en el caso de una madre que daba a luz, la persona tenía que bañarse y presentar una ofrenda por el pecado, para que el sacerdote de Dios pudiera hacer expiación a su favor. María, la madre de Jesús, confesó así su pecaminosidad hereditaria y reconoció que no era inmaculada al ofrecer un sacrificio de expiación de pecados después de dar a luz a su primogénito. (Lu 2:22-24.)
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