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PecadoPerspicacia para comprender las Escrituras, volumen 2
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El pecado y la Ley. El apóstol Juan escribe que “todo el que practica pecado también está practicando desafuero, de modo que el pecado es desafuero” (1Jn 3:4); también dice que “toda injusticia es pecado”. (1Jn 5:17.) El apóstol Pablo, por otro lado, habla de “todos los que hayan pecado sin ley”. Más adelante explica que “hasta la Ley [dada por medio de Moisés] había pecado en el mundo, pero a nadie se imputa pecado cuando no hay ley. No obstante, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, aun sobre los que no habían pecado a la semejanza de la transgresión de Adán”. (Ro 2:12; 5:13, 14.) Las palabras de Pablo se deben entender según el contexto; sus primeras declaraciones en esta carta a los Romanos muestran que comparaba a los que estaban bajo el pacto de la Ley con aquellos que no lo estaban y que por tanto no estaban bajo su código de leyes, y demostraba que ambos grupos de personas eran pecadores. (Ro 3:9.)
Durante los más de dos mil quinientos años que transcurrieron entre la desviación de Adán y la inauguración del pacto de la Ley, en 1513 a. E.C., Dios no dio a la humanidad ningún código extenso de leyes ni ninguna ley sistemática que definiera específicamente el pecado en todas sus ramificaciones y formas. Es verdad que había emitido ciertos decretos, como los que le dio a Noé después del diluvio universal (Gé 9:1-7) y el pacto de la circuncisión celebrado con Abrahán y su casa, que incluía a sus esclavos extranjeros. (Gé 17:9-14.) Pero con respecto a Israel, el salmista pudo escribir que Dios “está anunciando su palabra a Jacob, sus disposiciones reglamentarias y sus decisiones judiciales a Israel. No ha hecho así a ninguna otra nación; y en cuanto a sus decisiones judiciales, no las han conocido”. (Sl 147:19, 20; compárese con Éx 19:5, 6; Dt 4:8; 7:6, 11.) En cuanto al pacto de la Ley dada a Israel se podía afirmar: “El hombre que ha cumplido la justicia de la Ley vivirá por ella”, pues la adherencia perfecta a esta Ley y la conformidad con ella solo podía lograrla un hombre sin pecado, como fue el caso de Cristo Jesús. (Ro 10:5; Mt 5:17; Jn 8:46; Heb 4:15; 7:26; 1Pe 2:22.) No sucedió así con ninguna otra ley dada entre Adán y el pacto de la Ley.
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PecadoPerspicacia para comprender las Escrituras, volumen 2
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Cómo hizo la Ley que “abundase” el pecado. Aunque la medida de conciencia que el hombre tenía le dio cierto sentido natural para distinguir lo correcto de lo incorrecto, Dios identificó específicamente el pecado en sus múltiples aspectos al hacer el pacto de la Ley con Israel. La boca de cualquier descendiente de Abrahán, Isaac y Jacob —amigos de Dios— que alegara inocencia de pecado ‘sería cerrada y todo el mundo quedaría expuesto a castigo ante Dios’. La razón era que la carne imperfecta que heredaron de Adán hacía imposible que fuesen declarados justos ante Dios por obras de ley, “porque por ley es el conocimiento exacto del pecado”. (Ro 3:19, 20; Gál 2:16.) La Ley explicó claramente cuál era el alcance del pecado, de manera que en realidad hizo que la transgresión y el pecado ‘abundaran’, en el sentido de que para entonces había muchas acciones y hasta actitudes identificadas como pecaminosas. (Ro 5:20; 7:7, 8; Gál 3:19; compárese con Sl 40:12.) Sus sacrificios sirvieron continuamente para recordar la condición pecadora de los que estaban bajo la Ley. (Heb 10:1-4, 11.) De esta manera, la Ley actuó como un tutor para conducirlos al Cristo, con el fin de que pudieran ser declarados “justos debido a fe”. (Gál 3:22-25.)
¿Cómo pudo el mandamiento de Dios a Israel ‘incentivar el pecado’?
Cuando Pablo explica que la ley mosaica no es el medio de alcanzar una condición justa a la vista de Dios, dice: “Cuando estábamos en conformidad con la carne, las pasiones pecaminosas que eran excitadas por la Ley obraban en nuestros miembros para que produjéramos fruto para muerte. [...] Entonces, ¿qué diremos? ¿Es pecado la Ley? ¡Jamás llegue a ser eso así! Realmente, yo no habría llegado a conocer el pecado si no hubiera sido por la Ley; y, por ejemplo, no habría conocido la codicia si la Ley no hubiera dicho: ‘No debes codiciar’. Pero el pecado, recibiendo un incentivo por medio del mandamiento, obró en mí toda clase de codicia, porque aparte de ley el pecado estaba muerto”. (Ro 7:5-8.)
De no haber existido la Ley, Pablo no hubiese conocido o discernido el amplio espectro del pecado, por ejemplo, el pecado de la codicia. Como él mismo dijo, la Ley ‘excitó’ la pasión pecaminosa, y el mandamiento que condenaba la codicia ‘incentivó’ el pecado. Estas observaciones de Pablo deben entenderse a la luz de su propio comentario: “Aparte de ley el pecado estaba muerto”. En tanto el pecado no se hubiese tipificado explícitamente, no se podía acusar a nadie de pecado si la imputación carecía de definición legal. Antes de la existencia de la Ley, tanto Pablo como otras personas de su raza vivían libres de acusación por pecados aún no tipificados. Sin embargo, con la llegada de la Ley se les constituyó en pecadores condenados a muerte. La Ley les hizo más conscientes aún de su condición pecadora, lo que no quiere decir que los indujo al pecado, sino que hizo muy manifiesto el hecho de que eran pecadores. En este sentido la Ley incentivó y produjo en Pablo y los de su raza el pecado. La Ley proporcionó la base legal para imputar pecado a un mayor número de personas y por muchas más causas.
En consecuencia, la respuesta a la pregunta “¿Es pecado la Ley?”, es un tajante ‘No’. (Ro 7:7.) La Ley cumplió con el propósito para el que Dios la originó, de modo que no ‘erró el blanco’, sino que dio justamente en la diana, y no solo por ser conveniente y provechosa como guía protectora para sus observantes, sino por haber determinado legalmente que toda persona, sin excluir a los israelitas, era pecadora y necesitaba redención divina. Además, encaminó a los israelitas hacia Cristo como su único Redentor.
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