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OfrendasPerspicacia para comprender las Escrituras, volumen 2
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1) Ofrenda por el pecado del sumo sacerdote que traía culpa sobre el pueblo. (Le 4:3.) El sumo sacerdote llevaba un toro, le ponía la mano sobre la cabeza y lo degollaba. Luego introducía su sangre en el Santo y salpicaba un poco enfrente de la cortina, ponía parte sobre los cuernos del altar de incienso y el resto la derramaba “a la base del altar de la ofrenda quemada”; la grasa (como en las ofrendas de comunión) se quemaba sobre el altar de la ofrenda quemada (Le 4:4-10), y el resto del animal (incluida la piel) se quemaba en un lugar limpio fuera de la ciudad, donde se vertían las cenizas del altar. (Le 4:11, 12.)
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OfrendasPerspicacia para comprender las Escrituras, volumen 2
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El pecado que un sumo sacerdote cometía en su puesto y en su calidad de representante de toda la nación ante Jehová traía culpabilidad sobre toda la asamblea. Este error podía ser: una equivocación en el juicio, en aplicar la Ley o al tratar una cuestión de importancia nacional. Por dicho pecado y por el pecado de toda la asamblea se exigía el más valioso de los sacrificios, a saber, un toro. (Le 4:3, 13-15.)
En el caso de las ofrendas por el pecado de las personas individuales, la sangre no se llevaba más allá del altar. Sin embargo, en los casos de pecado del sumo sacerdote y de la entera asamblea, la sangre también se llevaba al Santo, el primer compartimiento del santuario, y se salpicaba enfrente de la cortina, al otro lado de la cual, en el Santísimo, ‘residía’ Jehová, representado por una luz milagrosa situada sobre el arca del pacto. (La sangre solo se introducía en el segundo compartimiento, el Santísimo, en las ofrendas por el pecado que se hacían el Día de Expiación; Le 16.) Ningún sacerdote podía comer nada de las ofrendas cuya sangre se había introducido en el Santo. (Le 6:30.)
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