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  • El reino de Dios—la única esperanza del género humano

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  • El reino de Dios—la única esperanza del género humano
  • La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1963
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La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1963
w63 15/4 págs. 248-251

El reino de Dios—la única esperanza del género humano

UNA esperanza sólida para el futuro—eso es lo que el género humano necesita como nunca antes. ¿Puede el hombre por medio de sus conferencias de desarme, programas de defensa y esfuerzos hacia gobierno mundial proveer tal esperanza sólida para supervivencia? ¿Ofrece Dios otra esperanza alguna al género humano?

Indicando que la supervivencia ha llegado a ser una pregunta descollante, cuando miles de científicos se reunieron en Denver, Colorado, para la 128.a reunión de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia, la supervivencia del género humano en la era atómica constituyó un tema principal para consideración. Se recomendó con ahínco el establecimiento de una Ciencia de la Supervivencia Humana, para preparar al género humano para el caso de una guerra nuclear. Recientemente Bertrand Russell, el bien conocido filósofo, calculó “las probabilidades en un cuarenta por ciento a favor de la supervivencia y un sesenta por ciento en contra de ella.”

Los pasos que se han tomado hacia la aniquilación de la familia humana han causado enfermedad de mente y de corazón entre las masas de la gente. Se han ofrecido varias posibilidades para la solución de los problemas del mundo. Pero la gran incógnita es: ¿Cuál esperanza resultará ser firme?

ESPERANZAS PARA EL FUTURO

Millones han cifrado su espera para un mundo mejor en las promesas resplandecientes de abundancia, prosperidad e igualdad para todos bajo el comunismo. Se les presenta prueba tangible del poder tremendo del comunismo y por lo tanto se les induce a creer que las promesas hechas por el comunismo se cumplirán. ¿No ha lanzado hombres al espacio la Unión Soviética y hasta hecho blanco en la Luna con uno de sus cohetes? ¡Sí! no solamente eso, sino que ¡mire su arsenal que está erizado de bombas de multimegatoneladas!

Por otra parte, multitudes de personas esperan protección de parte de los gobiernos democráticos de Occidente. Sus esperanzas para supervivencia, prosperidad y bendiciones descansan en las promesas de estas potencias. De parte de éstas, millones de personas obtienen beneficios tangibles y por eso opinan que son las mejores para el género humano y que tienen que prevalecer. Optimistamente cifran su confianza en las armas de los Estados Unidos de la América del Norte, las cuales, según dijo en cierta ocasión el secretario de defensa de los EE. UU., McNamara, son “capaces de destruir el sistema de blancos soviéticos, aun después de absorber un ataque inicial.”

A pesar del hecho de que el Oriente comunista y el Occidente democrático se hallan opuestos el uno al otro, están vinculados mutuamente en una organización rotulada irónicamente las Naciones Unidas. Muchos aclaman esta organización como la mejor esperanza para la paz porque, prescindiendo de lo que en realidad acontezca, su propósito no es el de incitar a un lado en contra del otro, sino más bien unir a los dos como uno. Temprano en la historia de ellas el papa Pío XII llamó a las Naciones Unidas “la tierna y santa esperanza de todos los hombres de buena voluntad.” Recientemente un clérigo presbiteriano dijo que “las Naciones Unidas son nuestra última mejor esperanza para edificar un mundo pacífico y evitar un holocausto atómico.”

La vasta mayoría del género humano cifra sus esperanzas para el futuro en estos reinos y organizaciones mundanas. Sin embargo, no debería desestimarse la esperanza que Dios ofrece. Hace mucho tiempo él prometió establecer sobre el género humano un reino, un verdadero gobierno, el cual proveería supervivencia a través de este tiempo de angustia, y grandes bendiciones en un nuevo mundo de abundancia. Su Palabra promete que “el Dios del cielo establecerá un reino” y “aplastará y pondrá fin a todos estos reinos, y él mismo subsistirá hasta tiempos indefinidos.”—Dan. 2:44.

La pregunta vital que tiene que resolverse es: ¿Dónde ha de cifrar uno su esperanza para supervivencia? Hay una sola esperanza que prosperará; todas las demás conducirán a la desilusión y finalmente a la muerte. ¿Por qué? Porque Jehová, quien es Todopoderoso, declara que su reino aplastará de modo que no existan más tanto a los gobiernos de Oriente como a los de Occidente, incluyendo a las Naciones Unidas, y solamente él “subsistirá hasta tiempos indefinidos.” No habrá ninguna coexistencia con gobiernos humanos egoístas. Por lo tanto, ¿qué selección hará usted? ¿A quién dará usted apoyo? ¿En qué esperará usted?

EL REINO DE DIOS CONTRA GOBIERNOS MUNDANOS

¿Acudirá usted a gobiernos humanos y confiará en ellos? Muchos lo hacen. No es que hayan despedido a Dios de sus pensamientos, sino que ellos opinan que el hombre tiene que producir el reino de Dios por medio de convertir los gobiernos mundanos a caminos piadosos. Creen que éste es el medio por el cual vendrá el reino de Dios. Pero no es así. Este no es el modo de obrar de Dios. Esto se hace inequívocamente claro en el ejemplo que puso el Señor Jesús para que los cristianos lo siguieran. Durante todo el período de su ministerio terrenal él nunca participó en los movimientos políticos que lo rodeaban. No trató de reformar el gobierno romano, y hasta rechazó un reclutamiento de parte de los judíos para hacer que él fuese rey de ellos para libertarlos de Roma. Jesús dijo que su reino no era parte de este mundo, y dijo además que sus seguidores, los que siguieran su ejemplo en estos asuntos, no habían de ser parte de él. Ellos pagarían sus impuestos, obedecerían todas las leyes de los gobiernos de César que no pugnaran con la ley de Dios y serían ejemplares en su amor para con su prójimo; pero en cuanto a los movimientos políticos de las naciones, en esto ellos serían absolutamente neutrales.—Juan 6:15; 15:19; 17:16; 18:36; Mat. 22:17-21, 39.

Otros entre los hombres no tienen ninguna ilusión acerca de hacer que la justicia prevalezca por medio de sus esfuerzos, pero no están dispuestos a abandonar toda esperanza de supervivencia. Quizás hasta concuerden con la opinión expresada en el Daily Express de Londres del 27 de julio de 1961: “La Sociedad de las Naciones había de asegurar la paz y el progreso del mundo. Perduró veinte años y terminó en el desastre. Las Naciones Unidas . . . son un fracaso aun más grande que lo que fue la Sociedad.” Sin embargo, siempre que haya unas Naciones Unidas u otra agencia alguna trabajando por la paz, consideran que en el interés de la supervivencia la única cosa que hacer es apoyarla y esperar lo imposible, que se evitará el desastre. Admiten que la perspectiva no es brillante; pero la realidad es que aquello a que ellos se aferran no es realmente ninguna esperanza en absoluto. No existe ningún gobierno de hechura humana que de manera alguna pueda garantizarle al género humano la seguridad que tanto desea. ¿Por qué es así?

Porque la introducción de paz duradera implica mucho más que negociaciones entre los gobernantes de las naciones. Aun si todos los hombres llegaran a estar de acuerdo en cuanto a algún programa de paz, ellos no están en una posición de poder poner fin a las actividades atizadoras de guerra del “dios de este sistema de cosas,” Satanás el Diablo. Tampoco pueden desarraigar el pecado que impulsa a los hombres hacia caminos impíos. Para estas cosas tienen que acudir a Dios.—2 Cor. 4:4; Apo. 12:9; Heb. 2:14, 15.

Además, Dios no ha comisionado a los gobernantes políticos del género humano como los creadores de un nuevo mundo. Es a su Hijo Jesucristo a quien él ha ungido como Rey. Por eso, cuando hombres presuntuosamente se constituyen como quienes traerán paz y prosperidad a todo el género humano, no están buscando el bien de su prójimo, sino que están tratando de captar gloria personal por medio de usurpar el papel que Dios ha dado a su Hijo; y en esto jamás podrán tener éxito.—Sal. 2:6-12.

La única esperanza para el género humano yace en el reino de Dios, en que Su gobierno celestial administre los asuntos de la Tierra en justicia. Es por esta causa que Jesús nos enseñó a orar: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Efectúese tu voluntad, como en el cielo, también sobre la tierra.”—Mat. 6:9, 10.

SUPERIORIDAD DE LA ESPERANZA DEL REINO

Dios hizo provisión para ese reino inmediatamente después de rebelarse la primera pareja humana en el jardín de Edén. Él sabía que “no le pertenece al hombre que camina siquiera el dirigir su paso.” (Jer. 10:23) De modo que él prometió una Simiente que aplastaría al originador de la rebelión, Satanás el Diablo, y que llegaría a ser un gobernante justo para la bendición de todo el género humano. Esa Simiente, el Mesías que se había esperado por largo tiempo, nació como el bebé Jesús en Belén hace unos 1,900 años. Al anunciar su nacimiento venidero el ángel dijo: “El gobernará como rey... y no habrá fin de su reino.”—Luc. 1:30-33; Gén. 3:15; 22:17, 18; Gál. 3:16.

Después de su muerte y resurrección Jesús “se sentó a la diestra de Dios, desde entonces esperando hasta que sus enemigos fueran hechos un banco para sus pies.” (Heb. 10:12, 13) Esta espera había de abarcar muchos siglos. Jesús indicó esto cuando pronunció su profecía concerniente a su segunda presencia en poder de rey. Él explicó que en lo que entonces era el futuro lejano él comenzaría a reinar en medio de agitación mundial. Un examen de esta profecía registrada en el capítulo 24 de Mateo, el capítulo 13 de Marcos y el capítulo 21 de Lucas establece concluyentemente que nosotros ahora estamos viviendo en la generación de dificultades sin precedente acerca de la cual hablaba Jesús. Evidencia bíblica señala con exactitud al año 1914 como el tiempo en que fue establecido en los cielos el reino de Dios que se ha pedido por mucho tiempo en oración. Ese reino asegura la supervivencia a través de este tiempo de dificultades y la entrada en un nuevo mundo de justicia para todos cuantos se disponen a poner su esperanza y confianza en él.

Mientras que el hombre está limitado en cuanto a poder y en cuanto a habilidad para cumplir sus promesas, Jehová no lo está. Considere usted por un momento su poder ilimitado. Cuando el hombre libra la energía de solo un paquete pequeño de invisibles átomos de materia puede volar ciudades enteras. ¡Imagínese entonces el poder incomprensible de Aquel que creó todo el universo material, incluyendo los vastos sistemas de estrellas! Los científicos calcularon que tan solo uno de los huracanes del año pasado generó más energía que la que generarían cuarenta y cinco bombas de 100 megatoneladas. Jehová Dios, el que tiene el control de todas las fuerzas de la naturaleza, pronto usará tal poder para aplastar a todos los opositores de su reino.

Hay toda razón para confiar y esperar en el poder de Jehová para salvar. Recuerde a la antigua nación de Israel cuando estaba de pie en la orilla del mar Rojo con las hordas egipcias encerrándola desde la retaguardia. ¿No salvó Jehová a su pueblo por medio de partir las aguas para proveer una vía de escape, solo para cerrarlas sobre los perseguidores egipcios? ¡Sí! (Éxo., cap. 14) Jesús usó otros dos ejemplos para ilustrar el poder de Dios para proveer liberación para su pueblo y no obstante destruir a todos los que se oponen a sus propósitos. “Porque así como eran los días de Noé,” dijo Jesús, “no notaron nada hasta que vino el diluvio y los barrió a todos, así será la presencia del Hijo del hombre.” “De igual modo,” continuó Jesús, “el día que Lot salió de Sodoma llovió fuego y azufre desde el cielo y los destruyó a todos. De la misma manera será en aquel día cuando el Hijo del hombre ha de ser revelado.” Así como en el pasado Dios actuó a favor de los que esperaban en él, igualmente lo hará de nuevo para todos los que esperan en su reino.—Mat. 24:37-39; Luc. 17:28-30.

¡Qué maravillosas las grandes bendiciones del dominio del Reino que les esperan a los sobrevivientes! El hombre no ha tenido éxito en traer paz siquiera entre sí mismo y su prójimo. Pero no solo promete Dios que “está haciendo cesar las guerras hasta la extremidad de la tierra,” sino que él asegura que aun el hombre y los animales morarán juntos pacíficamente.—Sal. 46:9; Isa. 11:6, 9.

Con el reino de Dios dirigiendo todas las energías del hombre hacia propósitos pacíficos la apariencia de la Tierra será transformada en la de un paraíso semejante a un parque. “La tierra misma ciertamente dará su producto” de manera que jamás volverá a haber una escasez de alimento. Bajo la administración del Médico Divino el hombre finalmente será librado de su aflicción milenaria de dolencias y enfermedades. Aun la muerte tiene que inclinarse ante el poder irresistible del Reino, porque Dios promete que “él limpiará toda lágrima de sus ojos, y la muerte no será más, ni habrá más duelo ni lloro ni dolor. Las cosas anteriores han pasado.”—Sal. 67:6; Apo. 21:4.

Si usted desea tener seguridad de supervivencia y recibir estas grandes bendiciones de paz, prosperidad, salud y seguridad, entonces haga del Reino su esperanza, porque es la única esperanza que no conducirá a la desilusión. Estudie la Palabra de Dios, la Biblia, con regularidad y convénzase del poder de Jehová para liberar a su pueblo. No cifre su esperanza y confianza en los esfuerzos débiles del hombre por efectuar bendiciones del Reino, sino que sea su actitud la que expresó el profeta fiel: “¡Mira! Este es nuestro Dios. Hemos esperado en él, y él nos salvará. Este es Jehová. Hemos esperado en él. Estemos gozosos y regocijémonos en la salvación por él.”—Isa. 25:9.

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