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    La Atalaya 1963 | 1 de junio
    • Escatime sus palabras

      LAS palabras que se derraman de la boca de la persona que habla mucho son, para algunos, parecidas al interminable borboteo de agua de una cañería grande. No parece haber fin de ellas. Inundan a oyentes corteses y ahogan cualesquier esfuerzos por llevar a cabo una conversación refrescante. La persona locuaz no logra darse cuenta de que la conversación es un cambio de expresiones en dos direcciones en el cual el escuchar es tan importante como el hablar.

      El filósofo griego Sócrates dijo en una ocasión: “La naturaleza nos ha dado dos orejas, dos ojos, y solamente una lengua, a fin de que oyéramos y viéramos más de lo que habláramos.” Si uno inunda a sus oyentes con un chorro continuo de palabras, ¿cuánto podrá uno aprender de ellos? De hecho, ¿cuánto podrán ellos en realidad aprender de uno?

      Requiere meditación el decir algo que sea instructivo y provechoso para sus oyentes, pero si uno está siempre dejando fluir una multitud de palabras, ¿cómo podrá su habla contener cosa alguna que sea provocadora de pensamiento? Con más probabilidad será cháchara que machaque incesantemente en oídos insensibilizados. “Cuanto menos piensan los hombres, tanto más hablan,” dijo el filósofo francés Carlos de Montesquieu.

      El cotorrear incesantemente acerca de problemas, puntos de vista y experiencias personales, dando detalles innecesarios y aburridores, es una exhibición de desprecio egoísta hacia los intereses y el tiempo de otras personas. En vez de hablar extensamente acerca de sí mismo, anime a otros a hablar acerca de las cosas que les interesan. Cuando se expresen, escuche lo que digan. No muestre falta de cortesía poniéndose a soñar despierto o a leer algo. Usted no les engaña haciendo a veces una seña con la cabeza o emitiendo un gruñido. Ellos saben si usted no está escuchando. Por cortesía, preste atención a lo que dicen, y puede ser que aprenda algo.

      Constituye egocentrismo en sumo grado el derramar cotorreo aburridor en los oídos de otra persona y luego no escuchar cuando ella al fin tiene oportunidad de insertar unas pocas palabras. La persona considerada estará escuchando en vez de estar pensando en la siguiente andanada de palabras que le va a arrojar a su compañero. Uno no se debe imaginar vanidosamente que tiene las únicas cosas que valen la pena decirse. El hablar incesantemente acerca de sí mismo quizás le parezca cosa valiosa al que esté hablando, pero no lo es a otros. Por la multitud de palabras uno revela que es desatinado. “El insensato habla muchas palabras.”—Ecl. 10:14.

      Las divagaciones incoherentes de una persona gárrula no producen conversación edificante. Una conversación se hace interesante cuando los integrantes de ella se demoran un rato en un solo tema, permitiendo que cada persona formule expresiones. Si cada uno habla y escucha, la conversación puede hacerse constructiva y agradable. Una pausa en ella no debería considerarse como un vacío embarazoso que tenga que llenarse de palabras. Eso tal vez sea el punto de vista de la persona gárrula o que está acostumbrada al cotorreo inane, pero en una conversación provocadora de pensamiento una pausa es refrescante, no embarazosa. Permite que uno piense en lo que se ha dicho, y que piense en lo que va a decir. Tal meditación puede resultar en expresiones estimuladoras que hagan que una conversación valga la pena.

      Chismografía y hasta calumnia pueden escaparse fácilmente en el chorro de palabras que brota de una lengua prolífica. Semejante habla solo puede tener resultados perjudiciales que con el tiempo quizás hasta retornen sobre el hablador. Hace que él transgreda la confianza de amigos y el consejo de Dios. Se nos dice en la Biblia: “En la abundancia de palabras no deja de haber transgresión, pero el que está refrenando sus labios está obrando discretamente.” “El que esté guardando su boca y su lengua está guardando su alma de angustias.”—Pro. 10:19; 21:23.

      Aunque es sabio el que uno escatime sus palabras, evitando la locuacidad, no es sabio ser incomunicable. En vez de permanecer en silencio, dejando que solamente otros hablen, exprésese. Haga un esfuerzo por contribuir a la conversación para que otros puedan sacar provecho de sus puntos de vista y saber qué piensa usted. Cuando usted cree que la conversación es cháchara absurda, haga la prueba de hacer surgir una pregunta que tal vez la guíe con tino a temas más provechosos. Las preguntas siempre resultan muy buenas estimuladoras de conversaciones interesantes.

      Los que dicen que no tienen nada que decir deberían ser más observadores de las cosas que leen en periódicos, revistas y libros. Precisan tomar nota en particular de las cosas interesantes que pueden hallarse por medio de leer la Biblia con regularidad. Estas son fuentes de información de que pueden sustraer algo de lo cual hablar. El ser leído es muy útil para poder participar en una conversación estimuladora. Cuando la conversación por casualidad se dirige a algo en lo cual usted no se interesa, no se meta dentro de un caparazón de silencio, sino que trate de cultivar interés en el tema por medio de hacer preguntas.

      Antes de que hable, piense en lo que va a decir, para que valga la pena decirlo. Esto no significa que sus palabras tengan que ser palabras profundas de sabiduría, pero si deberían ser constructivas. Si lo que usted está a punto de decir es derogatorio más bien que constructivo, imaginario en vez de verdadero y sensual más bien que edificante, sería mejor dejarlo sin decir. La meditación y el buen sentido pueden producir habla edificante. Está escrito: “Los labios de los sabios siguen esparciendo el conocimiento.” (Pro. 15:7) Los tales no acaparan una conversación, sino que usan sus palabras con economía, dando a otros oportunidad de hablar. Pero cuando abren la boca emiten conocimiento. Dicen algo que es informativo, algo que añade valor a la conversación.

      Más bien que dejar que las palabras broten de su boca en un chorro desagradable, deje que salgan cual lluvia suave, intermitente, la cual es provechosa y bienvenida. Que sean fortalecedoras, edificantes e instructivas. En todas sus conversaciones sea usted considerado para con sus oyentes por medio de escatimar sus palabras.

  • No hay veto contra los propósitos de Dios
    La Atalaya 1963 | 1 de junio
    • No hay veto contra los propósitos de Dios

      No hay nada en la creación que pueda imponer veto a los propósitos de Jehová: “Mi palabra que sale de mi boca . . . No volverá a mí sin resultados.”—Isa. 55:11.

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