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  • Demasiados dioses, hasta que hallé al verdadero
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g97 22/5 págs. 11-13

Demasiados dioses, hasta que hallé al verdadero

NACÍ en la ciudad de Croydon (Inglaterra) en 1921, y fui la mayor de tres hermanas y dos hermanos. Cuando tenía tres años, varios de nosotros contrajimos la difteria. A mí tuvieron que hospitalizarme. Mi hermano Johnnie murió, y como no estaba bautizado, la Iglesia Anglicana no permitió que se le celebrara el funeral. Mi padre se enojó muchísimo, y pidió a uno de los sacerdotes que rezara una oración cuando bajaran el ataúd de Johnnie para enterrarlo, pero él se negó.

Mi madre decía que aquel suceso había alejado a mi padre para siempre de la religión. Temerosa de que algo malo nos ocurriera a mis hermanas y a mí, nos llevó a la iglesia y nos hizo bautizar sin que él lo supiera. Mi padre se afilió al Partido Comunista y nos animaba a leer libros sobre el materialismo dialéctico, entre ellos los escritos de Huxley, Lenin y Marx. En casa jamás se mencionaba a Dios, salvo cuando mi padre afirmaba que no existía.

En 1931, cuando yo tenía diez años, visitaba ocasionalmente a mis abuelos paternos, que vivían calle abajo. La gente criticaba mucho a mi abuelo; sin embargo tenía unos hermosos ojos azules que brillaban de forma especial, y siempre estaba alegre. Solía darme caramelos y algo para que leyera de regreso a casa; yo me comía los caramelos y tiraba lo que me daba para leer. Le tenía un poco de miedo, pues en aquel tiempo no entendía por qué hablaban mal de él.

En la adolescencia me uní a las Juventudes Comunistas, de las que llegué a ser secretaria. Pronunciaba discursos en el ayuntamiento y distribuía en las calles el periódico Challenge a cuantos escuchaban. Por aquel entonces operaba un grupo fascista denominado los Blackshirts (camisas negras), el cual combatía violentamente al comunismo. Recuerdo que mientras yo ofrecía el periódico en las aceras, los miembros de este grupo se me acercaban y me llamaban Sunshine, un apodo que ellos mismos me habían puesto. Los miembros más veteranos del partido comunista al que yo pertenecía descubrieron que los fascistas planeaban golpearme con manoplas, o puños de hierro, por lo que me proporcionaron un escolta.

En cierta ocasión nos enteramos de que los fascistas marcharían por el East End de Londres (barrio que a la sazón estaba habitado principalmente por judíos). Nos ordenaron enfrentarnos a ellos y llevar bolsas de canicas para arrojarlas bajo los cascos de los caballos de la policía cuando estos arremetieran para separar a los bandos opuestos. La policía arrestó a muchos aquel día. Afortunadamente yo no estuve entre ellos, pues había decidido no ir.

Se me activa la conciencia

En otra ocasión, me pidieron que dijera en una reunión pública algo que no era cierto. Cuando me negué, me replicaron que no importaba mentir con tal de que lográramos transmitir nuestro punto de vista. En ese momento de mi vida comenzó a molestarme la conciencia y empecé a cuestionar algunas cosas.

Una vez, cuando apenas era una adolescente, mi madre me animó a ir a la iglesia a fin de que viera cómo eran los oficios religiosos. Recuerdo que me ordenaron acercarme al altar para que confesara los pecados. Allí noté que el mantel que cubría el altar tenía bordados tres anillos entrelazados, los cuales, según me explicaron, representaban a la “Santísima Trinidad: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo”. ‘¡Qué extraño —pensé—! Creen en tres dioses, cuando mi padre dice que ni siquiera existe uno.’ Al seguir preguntando, me ilustraron el punto diciéndome que aunque un huevo tiene tres partes, en realidad es un solo huevo. Tampoco esto me satisfizo; finalmente me dijeron que era muy preguntona. Al llegar a casa le dije a mi madre que no quería volver a la iglesia, y no volví.

Para el tiempo en que estalló la II Guerra Mundial ya no militaba en las Juventudes Comunistas. Me casé con un canadiense que servía en el ejército y tuvimos un hijo. Nuestro primer hogar de Londres fue bombardeado. Un misil V-1 cayó frente a la casa, cuando mi hijo y yo estábamos adentro. Perdimos todos nuestros bienes materiales. A pesar de que quedamos sepultados bajo los escombros, tuvimos la fortuna de escapar con vida. Mi esposo se hallaba entonces en Normandía (Francia).

Para esa misma época recuerdo haber hablado con dos muchachas a las que pregunté por qué, si había un Dios, permitía tanto sufrimiento. Ellas mencionaron algo acerca de que Satanás era el dios de este mundo. “¡Vaya! —pensé—, otro dios del que no sé nada.” Luego vino un joven, a quien asedié a preguntas; este me dijo que andaba buscando ovejas, no cabras. Puesto que yo no conocía la parábola de Jesús, le pregunté si era ministro o granjero. Pasaron varios años, y la guerra tocó a su fin. Mi esposo volvió a casa tras haber visto aniquilado el 95% de la Infantería Ligera de Saskatoon. Nos establecimos en otra casa en Croydon.

Nos visitan los testigos de Jehová

Un domingo, dos testigos de Jehová tocaron el timbre de casa. Mi esposo fue a abrir, y se quedó conversando largo rato con ellos. La hipocresía que había observado en las religiones durante la guerra lo había amargado; sin embargo, le impresionó el hecho de que los Testigos hubieran adoptado una postura neutral. Me dijo que los había invitado a volver para conversar sobre la Biblia. Muy preocupada, le pregunté a mi padre qué debía hacer. Me dijo que no me envolviera en el asunto, y que si mi marido insistía en seguir con esa religión loca, lo mejor sería que me divorciara.

Decidí estar presente en una de las conversaciones para ver de qué se trataba. Estando todos sentados alrededor de la mesa, el Testigo dijo: “Un día será posible abrazar a un león tal como hoy podemos abrazar a un perro”. “Están locos”, pensé. No pude concentrarme en nada más de lo que dijeron aquella noche, y después le dije a mi esposo que no quería que volvieran. Derramamos muchas lágrimas a causa de la situación, y hablamos de divorciarnos.

Al poco tiempo nos visitó otro Testigo. Después supimos que se trataba del superintendente de circuito que estaba visitando a la congregación local y había oído de nosotros. Lo recuerdo muy bien. Tenía ojos azules y era muy paciente y bondadoso. Me recordó a mi abuelo. Saqué una lista de 32 preguntas que había escrito. “Las analizaremos una por una”, dijo, y así lo hicimos. Me hizo ver que para comprender totalmente la Biblia debía leerla y estudiarla. Sugirió que alguien nos visitara en casa regularmente para darnos lecciones de la Biblia, a lo que accedí.

A medida que iba aprendiendo acerca de nuestro Creador, Jehová Dios, derramaba lágrimas. Recuerdo que entraba en la habitación y le pedía a Jehová que, por favor, me perdonara y me ayudara a comprender la Biblia y sus propósitos. Mi esposo, mi hijo y yo nos bautizamos en 1951. Mi padre se enojó tanto que dijo que prefería verme muerta antes que testigo de Jehová.

Servimos donde hay más necesidad

Mi esposo decidió regresar a Canadá, y en 1952 nos mudamos a Vancouver (Columbia Británica). Mi padre no quiso despedirse, y nunca más volví a verlo ni a saber de él. Llevábamos varios años en Vancouver cuando se hizo un llamamiento para ir adonde hubiera mayor necesidad de predicadores, sobre todo a regiones como Quebec, donde el primer ministro Duplessis manifestaba una actitud hitleriana hacia los testigos de Jehová.

En 1958 pusimos todas nuestras pertenencias en el automóvil y partimos hacia la asamblea internacional de Nueva York. De allí nos dirigimos a Montreal (Quebec), donde fuimos asignados a una congregación francesa en Ville de Jacques-Cartier. Tuvimos muchas experiencias interesantes mientras servimos a Jehová en Quebec. En una ocasión nos volcaron el auto, nos lanzaron piedras y una mujer nos mojó con una manguera abierta a toda presión. Esto sucedió en un lugar llamado Magog.

En otra ocasión, mi compañera y yo pasamos por una iglesia justo cuando los feligreses salían en fila. Alguien que nos reconoció gritó: “Témoins de Jéhovah!” (“¡Testigos de Jehová!”). Comenzaron a perseguirnos, con el sacerdote a la cabeza, pero nosotras corrimos más deprisa y los dejamos atrás. En muchas ocasiones fuimos arrestadas. Con todo, tuve la dicha de enseñar a un buen número de personas acerca de Jehová, muchas de las cuales aún le sirven activamente.

A principios de los sesenta, mi esposo fue transferido por su patrón a la ciudad de Los Ángeles, donde servimos en una congregación por más de treinta años. Fue un placer comunicar la verdad a personas venidas de todas partes del mundo. Tuve el privilegio de enseñar a gente del Líbano, Egipto, China, Japón, Francia e Italia, entre muchos otros lugares. Recuerdo que conocí a una joven que no hablaba nada de inglés; afortunadamente, su esposo sí. Mi marido y yo les dimos estudio bíblico a los dos. Con el tiempo, ella estudió conmigo por separado utilizando el libro Sea Dios veraz, en inglés; buscaba las citas bíblicas en la Biblia en chino y respondía a las preguntas en el mismo idioma; entonces yo decía la respuesta en inglés, y ella la repetía. Con el tiempo aprendió bien el inglés, si bien con acento británico. Me alegra decir que hoy tanto ella como su esposo son siervos dedicados de Jehová.

Hace poco nos mudamos a Tucson (Arizona). Gozamos del privilegio extra de ver a todos los miembros de nuestra familia servir fielmente a Jehová, entre ellos a nuestros bisnietos, a quienes se les está enseñando acerca de nuestro Magnífico Creador, Jehová.

A propósito, me emocionó muchísimo oír de labios de los hermanos de Croydon que mi abuelo, el de los ojos azules brillantes, era testigo de Jehová.—Relatado por Cassie Bright.

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