MUERTE
Cese de todas las funciones vitales; por lo tanto, lo contrario de la vida. (Deu. 30:15, 19.) En la Biblia se aplican las mismas palabras del lenguaje original que se vierten ‘muerte’ o ‘morir’ tanto con relación al hombre como a los animales y plantas. (Ecl. 3:19; 9:5; Juan 12:24; Jud. 12; Rev. 16:3.) Sin embargo, en el caso de los humanos y los animales, la Biblia muestra la función esencial de la sangre en mantener la vida, al decir que el “alma de la carne está en la sangre”. (Lev. 17:11, 14; Gén. 4:8-11; 9:3, 4.) Tanto del hombre como de los animales se dice que ‘expiran’, esto es, ‘exhalan’ el aliento de vida (heb. nescha·máh). (Gén. 7:21, 22; compárese con Génesis 2:7.) Y las Escrituras muestran que, tanto en el hombre como en los animales, la muerte sigue a la pérdida de la “fuerza de vida” o “espíritu” (heb. rú·aj; gr. pnéu·ma). (Gén. 6:17; 7:15, 22; Ecl. 3:19; véase ESPÍRITU.)
Es de interés observar la correspondencia de estas declaraciones bíblicas con lo que científicamente se denomina el proceso de la muerte. En el hombre, por ejemplo, cuando el corazón deja de latir, la sangre cesa de transportar el nutrimento y el oxígeno (obtenido por la respiración) a los miles de millones de células del cuerpo. Sin embargo, según se señala en The World Book Encyclopedia (ed. 1966, vol. 5, pág. 53): “[…] Todas las células del cuerpo humano no mueren al mismo tiempo. Puede que el pelo continúe creciendo por varias horas después de la muerte. Las células de la corteza cerebral son muy susceptibles a la falta de oxígeno. Por lo general, son las primeras que mueren cuando cesa de circular la sangre. Si se priva totalmente de oxígeno a las células del cerebro por cinco o diez minutos, ya no pueden recuperar completamente su capacidad de funcionamiento”. Así, aunque es evidente la necesidad de la respiración y de la sangre para mantener la fuerza de vida (rú·aj; pnéu·ma) en las células del cuerpo, al mismo tiempo también se hace patente que la muerte no solo se debe a que se deja de respirar o a que el corazón deja de latir, sino a que desaparece la fuerza de vida o espíritu de las células del cuerpo. (Sal. 104:29; 146:4; Ecl. 8:8; véase PECADO.)
LA CONDICIÓN DE LOS MUERTOS
La Palabra de Dios muestra que los muertos “no tienen conciencia de nada en absoluto” y que la muerte es una condición de inactividad total. (Ecl. 9:5, 10; Sal. 146:4.) Tanto en las Escrituras Hebreas como en las Griegas la muerte se asemeja al dormir, comparación que no solo es apropiada debido a la inconsciencia de los muertos, sino también a su esperanza de despertar por medio de la resurrección. (Sal. 13:3; Juan 11:11-14.) Se habla del resucitado Jesús como “las primicias de los que se han dormido en la muerte”. (1 Cor. 15:20, 21; véase ALMA.)
REDENCIÓN DE LA CONDENACIÓN A LA MUERTE
El Salmo 68:20 dice: “A Jehová el Señor Soberano pertenecen los caminos de salir de la muerte”. Por medio del sacrificio de su vida humana, Jesucristo llegó a ser el “Agente Principal” de la vida y la salvación (Hech. 3:15; Heb. 2:10), y por medio de él se asegura la abolición de la muerte. (2 Tim. 1:10.) Al morir, Jesús ‘gustó la muerte por todo hombre’, y proveyó un “rescate correspondiente por todos”. (Heb. 2:9; 1 Tim. 2:6.) Por medio del “solo acto de justificación” de Jesús, se hizo posible cancelar la condenación a la muerte causada por el pecado, de manera que hombres de toda clase pudieran disfrutar de ser “[declarados] justos para vida”. (Rom. 5:15, 16, 18, 19; Heb. 9:27, 28; véase RESCATE.) Así, se podía decir con respecto a los seguidores ungidos de Jesús que ellos, en efecto, habían “pasado de la muerte a la vida”. (Juan 5:24.) Sin embargo, los que desobedecen al Hijo y no ejercen amor, ‘permanecen en muerte’ y bajo la condenación de Dios. (1 Juan 3:14; Juan 3:36.) Los que quieren estar libres de condenación y libres de la “ley del pecado y de la muerte” deben guiarse por el espíritu de Dios y producir sus frutos, pues el “tener la mente puesta en la carne [pecaminosa] significa muerte”. (Rom. 8:1-6; Col. 1:21-23.)
MUERTE SEGUNDA
El “lago de fuego” en el que son echados la muerte, el Hades, la simbólica “bestia salvaje” y el “falso profeta”, así como Satanás, sus demonios y los que con persistencia practican la iniquidad sobre la Tierra, significa “la muerte segunda”. (Rev. 20:10, 14, 15; 21:8; Mat. 25:41.) Originalmente la muerte resultó de la transgresión de Adán y por ella pasó a toda la humanidad; por lo tanto, la “muerte segunda” debe ser distinta de esta muerte heredada. De los textos citados se desprende que no hay liberación posible de la “muerte segunda”. La situación de los que sufren la “muerte segunda” corresponde al resultado que se advierte en textos como Hebreos 6:4-8; 10:26, 27 y Mateo 12:32. Por otro lado, aquellos de los que se dice que consiguen la “corona de la vida” y tienen parte en la “primera resurrección” están libres de los efectos de la muerte segunda. (Rev. 2:10, 11.) Estos que han de reinar con Cristo reciben inmortalidad (son imperecederos) e incorrupción y por lo tanto están más allá de la “autoridad” de la muerte segunda. (1 Cor. 15:50-54; Rev. 20:6; compárese con Juan 8:51.)
USO ILUSTRATIVO
Se personifica a la muerte como un ‘rey’ que gobierna a la humanidad desde el tiempo de Adán (Rom. 5:14), junto con el ‘rey pecado’. (Rom. 6:12.) Se dice que estos reyes ejercen su “ley” sobre aquellos que están bajo su dominio. (Rom. 8:2.) Con la venida de Cristo y la provisión del rescate, la bondad inmerecida empezó a ejercer un reino superior sobre aquellos que aceptan el don de Dios, “con vida eterna en mira”. (Rom. 5:15-17, 21.)
Aunque los hombres pueden intentar hacer su propio convenio o pacto de no agresión con el Rey Muerte, yendo en contra de los propósitos de Dios, fracasarán. (Isa. 28:15, 18.) Se representa a la muerte como un jinete que cabalga detrás de la guerra y el hambre, trayendo una gran mortandad a los habitantes de la Tierra. (Rev. 6:8; compárese con Jeremías 9:21, 22.)
A los que están espiritualmente enfermos o en angustia se les describe “llegando a las puertas de la muerte” (Sal. 107:17-20; compárese con Job 38:17 y Salmos 9:13), y los que pasan por tales “puertas” entran en la figurativa “casa de reunión para todo viviente” (Job 30:23; compárese con 2 Samuel 12:21-23), con sus “cuartos interiores” (Pro. 7:27), y una capacidad que nunca llega a satisfacerse. (Hab. 2:5.) Los que van al Seol son como ovejas pastoreadas por la muerte. (Sal. 49:14.)
Los “dolores de la muerte”
En Hechos 2:24 el apóstol Pedro dice que Jesús fue ‘desatado de los dolores de la muerte, porque no era posible que él continuara retenido por ella’. La palabra griega (o·dín) que aquí se traduce “dolores”, se usa en otras partes para referirse a dolores de parto (1 Tes. 5:3), pero también puede significar agonía, dolor, calamidad o angustia en sentido general. (Mat. 24:8.) Además, los traductores de la Versión de los Setenta griega la usaron al verter la palabra hebrea jé·vel en textos donde el significado evidente es “soga”. (2 Sam. 22:5, 6; Sal. 18:4, 5.) Una palabra hebrea relacionada significa “dolores de parto”, lo cual ha llevado a algunos comentaristas y lexicógrafos a la conclusión de que el término griego (o·dín) que Lucas usó en Hechos 2:24 también tenía este doble sentido, al menos en el griego helénico de tiempos apostólicos. Así, algunas traducciones vierten la frase de este versículo como “las ataduras de la muerte” (NC). En numerosos textos se representa el peligro de la muerte intentando coger en un lazo a la persona amenazada (Pro. 13:14; 14:27), con sogas que le rodean y le bajan a “las circunstancias angustiosas del Seol”. (Sal. 116:3.) Aunque los textos ya considerados muestran que en la muerte no hay consciencia, y es obvio que Jesús no sufrió ningún dolor literal mientras estuvo muerto, no obstante se presenta la muerte como una experiencia amarga y angustiosa (1 Sam. 15:32; Sal. 55:4; Ecl. 7:26), no solo por el dolor que normalmente le precede (Sal. 73:4, 5), sino por la pérdida de toda actividad y libertad que produce su paralizante agarro. De modo que es posible que fuera en este sentido que la resurrección de Jesús le ‘desatara’ de los “dolores de la muerte” y le liberara de su angustioso agarro.
Cambio en la condición espiritual
La muerte se usa para ilustrar la condición espiritualmente muerta del mundo en general, de manera que Jesús pudo hablar de que los ‘muertos enterraran a los muertos’, y el apóstol pudo referirse a la mujer que vivía para la satisfacción sexual diciendo que “está muerta aunque esté viviendo”. (Luc. 9:60; 1 Tim. 5:6; Efe. 2:1.) Y ya que la muerte física exime a uno de cualquier deuda u obligación en que haya incurrido hasta aquel momento, el que se desobligue o se libere a un cristiano del pecado y de la condenación de la ley mosaica también se asemeja a la muerte, habiendo ‘muerto’ tal persona en cuanto a su situación y obligaciones anteriores. (Rom. 6:2, 7, 11; 7:2-6.) El que muere así de manera figurada todavía está vivo físicamente, y queda libre para seguir a Cristo como un esclavo de la justicia. (Rom. 6:18-20; Gál. 5:1.)
El uso de la muerte para representar un cambio de condición ayuda a entender visiones proféticas como la del libro de Ezequiel, donde se asemeja al pueblo de Dios exiliado en Babilonia a huesos secos y a personas muertas y enterradas. (Eze. 37:1-12.) Estas tenían que “llegar a vivir” otra vez y establecerse de nuevo en su propio suelo. (Vss. 13, 14.) Se hallan ilustraciones comparables en Revelación 11:3, 7-12 y Lucas 16:19-31.