Caminando irreprensiblemente a través de los últimos días
¡UN MUNDO no termina todos los días! Desde el gran diluvio de los días de Noé no ha habido un “mundo” o sistema de cosas para gobernar los asuntos de toda la humanidad que haya dejado de existir. Pero ahora, por estar aconteciendo cada detalle de la gran señal que Jesús dió, sabemos que nos enfrentamos al fin inminente del presente sistema mundial. (Mateo 24; Marcos 13; Lucas 21) Sabemos también que ahora vivimos en tiempos muy privilegiados. Hay un antiguo adagio mundano algo ingenioso que dice: “Nunca saldrá usted vivo de este mundo.” Eso, sin embargo, ya no es necesariamente cierto. Los del pueblo de Dios, sus ministros, testigos de su supremacía, hoy han dirigido su mente hacia el sistema de cosas nuevo y justo que descuella precisamente más allá de este período de transición. Su mente ha sido transformada. Ellos ahora se hallan en la congregación de Jehová Dios y reaccionan dando alabanza agradecida a su poderoso Benefactor. Ellos aman la vida y quieren encontrarse también entre la gran congregación de sobrevivientes de Jehová en la alborada del nuevo mundo. Sabiamente rechazan el curso del viejo mundo agonizante, el cual recorre la senda de menor resistencia, aborda los vehículos de gratificación propia y abruptamente se encontrará en un callejón sin salida, el ajuste de cuentas final del Armagedón. Ellos se absorben completamente en los mandamientos de Dios y en cómo guardarlos de una manera intachable.
¿Los mandamientos de Dios? ¿Qué son? “¿Quién sabe?” sonríe el crítico. “¡A quién le importan!” se burla el mofador. Pero ¡oh sí!, Dios manda y dirige a su pueblo hoy como siempre. Todos deberían reconocer la seriedad especial ahora con el juicio de todo un mundo cercano, pero sólo los que tienen mente renovada pueden entender esto. Sólo ellos ven que “el tiempo que ha pasado basta para que ustedes hayan obrado la voluntad de las naciones cuando procedían en obras de conducta inmoral, concupiscencias, excesos con vino, orgías, partidas de borrachera, e idolatrías que no tienen restricciones legales. Porque ustedes no siguen corriendo con ellos en este curso al mismo sumidero de libertinaje, ellos están perplejos y siguen hablando abusivamente de ustedes. Pero estas personas rendirán una cuenta al que está listo para juzgar a los vivos y a los muertos”. (1 Ped. 4:3-5, NM) Es lastimoso pensar en los que continúan despreciando voluntariosamente los justos requisitos de Dios por el estupor en que están debido a la copa de vino de la borrachera o el plato lleno de la glotonería. Ellos son semejantes al holgazán proverbial que es demasiado perezoso para llevarse de nuevo la mano a la boca.—Pro. 26:15.
Lastimoso, sí. Pero nosotros debemos interesarnos en los que muestran arrepentimiento del viejo curso y que luego llegan hasta el grado de dedicar su vida a Jehová. El ver aumentar la organización de Dios debe hacernos cuidar que los miembros individuales sigan creciendo en fuerza y madurez espirituales. Debemos mostrar este interés por cada “oveja” porque Dios lo muestra.
OBSERVANDO “UN NUEVO MANDAMIENTO”
Cuán tierna y estrechamente considera Jehová a los de su pueblo se manifiesta en su referencia a ellos como “la niña de su ojo”. (Zac. 2:8) El lugar de honor que él les asigna se describe por Daniel: “Los que sean sabios brillarán como el resplandor del firmamento, y los que hayan vuelto a justicia a muchos, como las estrellas para siempre y eternamente.” (Dan. 12:3) Ciertamente no es lo que ellos son de sí mismos lo que causa tal descripción resplandeciente, sino lo que la bondad inmerecida de Jehová les ha concedido por su fidelidad. ¿Qué es eso? Algo más poderoso que las armas atómicas de este mundo; algo que no se puede comparar en valor con los mayores depósitos de riqueza material. Es la palabra de verdad que Jehová confía a sus testigos, por la cual él los hace sus portadores del mensaje. El apóstol Pablo no menospreció la importancia de tal custodia, sino que instó a Timoteo, compañero suyo: “Reflexiona acerca de estas cosas, absórbete en ellas, para que tu progreso sea manifiesto a toda persona. Cuídate a ti mismo y a tu enseñanza. Persiste en estas cosas, pues haciendo esto te salvarás a ti mismo y a los que te escuchan.”—1 Tim. 4:15, 16, NM.
No es a ningún trabajo inútil o recompensa vana que son ahora llamados los que entran a la gran congregación de Dios. Es por vida que trabajan, “la vida verdadera.” (1 Tim. 6:19, NM) ¿Es usted ya uno de los que han sido reunidos en esta congregación, y está ayudando a otros en el camino a la vida? Entonces ¿no le impresiona mucho la seriedad de mantener a la congregación como una unidad que funciona para la alabanza de Dios, lugar adecuado adonde Jesús dirija a sus “ovejas”? Entonces ¿no es una responsabilidad individual hacerlo, algo a lo cual cada ministro cristiano tiene que dar atención constante?
Sí. Pero ya no somos impulsados como lo fueron en un tiempo los judíos de antes del Mesías por un código de leyes y reglas y reglamentos escritos. Jesús dejó en vez de eso un nuevo espíritu de autoridad fundado en su propia devoción altruísta: “Les estoy dando un nuevo mandamiento: que se amen los unos a los otros; igual como yo los he amado, que ustedes también se amen los unos a los otros.” Y note lo que esto mostraría: “Por esto todos sabrán que ustedes son mis discípulos, si tienen amor entre ustedes mismos.” (Juan 13:34, 35, NM) Este mandato no se puede cumplir lánguidamente, con actitud despreocupada; un cariño o apasionamiento infundado y vacío semejante al que exhibe a menudo el clero de la cristiandad, que insensatamente trata de amar todo lo que ve, incluyendo a este mundo inicuo, y cariñosamente lo abraza mientras profesa estarlo reformando. Y uno no se atreve a practicar hipocresía en su amor, porque Dios y Cristo pueden ver lo que nosotros no vemos, el motivo que impulsa al individuo. Los cristianos están bajo órdenes procedentes de Dios mediante su organización de llenar los requisitos divinos completamente y sin tacha. Dijo Pablo: “Te doy órdenes de que observes el mandamiento de manera inmaculada e irreprensible hasta la manifestación de nuestro Señor Jesucristo.” (1 Tim. 6:13, 14, NM) Con esa manifestación en evidencia ¿podemos aflojar las manos nosotros que tenemos el bienaventurado privilegio de vivir hoy? Ciertamente que no. El juicio está cauterizando a este viejo mundo, amontonando evidencia que autoriza su destrucción en el futuro cercano. Nosotros esperamos vida continuada; de modo que asegurémonos de que la vida que ahora vivimos sea digna de sobrevivir para entrar al nuevo mundo.
LA SEÑAL CARACTERIZADORA
El crecimiento cristiano está en peligro, el nuestro y el de nuestros compañeros. En la cristiandad mundana hay una pretensión florida de amor cristiano y buenas obras. Pero esta apariencia está irreparablemente desfigurada por el odio, el rencor, la chismografía ociosa, la calumnia, el engaño, el latrocinio y el asesinato. Dios se opone vigorosamente a tales prácticas: “Estas seis cosas aborrece Jehová, y siete son abominación a su alma: Los ojos altivos, la lengua mentirosa, y las manos que derraman la sangre inocente; el corazón que maquina tretas inicuas, los pies que corren presurosos a hacer maldad; el testigo mentiroso que respira embustes, y aquel que siembra discordias entre hermanos.”—Pro. 6:16-19.
Sería insensatez despedir estas prácticas malas, declarando confiadamente: ‘¡Yo jamás sería culpable de eso!’ Cada vez que abrimos la boca en el calor de la ira nos arriesgamos a ser culpables. Tan fácil es simpatizar con nuestra propia causa, imaginarnos que nosotros tenemos razón, que nuestro hermano con quien altercamos no, acudir a otros para obtener simpatía, quizás agregarle algo al cuento cada vez que relatamos el incidente, gradualmente comenzando lo que se extiende y llega a ser un ciclo maligno de chismografía. Tampoco tenemos que robar el buey de nuestro prójimo para ser culpables de robo o matarlo con arma carnal para ser culpables de asesinato. “La muerte y la vida están en el poder de la lengua.” (Pro. 18:21) “Toda clase de bestia salvaje así como ave y cosa que se arrastra y criatura marina ha de ser domada y ha sido domada por la humanidad. Pero la lengua, nadie de la humanidad puede domarla. Cosa ingobernable y perjudicial, está llena de veneno mortífero.” (Sant. 3:7, 8, NM) El hurto de un buen nombre es robar así como el destruir la posición buena de uno a ojos de otro es “matar”.
Cuídese para que no sea vencido por tales prácticas y hasta sus gozos en el servicio del Reino desaparezcan poco a poco, porque ambas cosas, lo bueno y lo malo, no pueden coexistir indefinidamente. Santiago pregunta: “Una fuente no hace que lo dulce y lo amargo burbujeen por la misma abertura, ¿verdad?” Y él contesta: “Si ustedes tienen amargos celos y espíritu de contradicción en su corazón, no estén jactándose y mintiendo contra la verdad. Esta no es la sabiduría que desciende de arriba, sino que es la terrenal, animal, demoníaca. Porque allí donde hay celos y espíritu de contradicción, hay desorden y toda cosa vil. Pero la sabiduría que es de arriba ante todo es casta, después pacífica, razonable, lista para obedecer, llena de misericordia y buenos frutos, sin hacer distinciones parciales, ni ser hipócrita. Además, el fruto de la justicia tiene su semilla sembrada en condiciones pacíficas para los que están haciendo la paz.”—Sant. 3:11, 14-18, NM.
Nuestra dificultad pudiera hasta florecer a queja o rebelión en contra de la organización de Dios que en un tiempo nos trajo la verdad y nos sirvió de madre y nos educó, quizás comenzando con criticar a uno o más “siervos” en la congregación local, nuestros compañeros esclavos asignados a ayudarnos en nuestra alabanza a Dios. Judas amonesta contra los destinos de algunos como Caín, Coré, Balaam, Judas (Iscariote) y otros quienes cayeron para ser “estrellas sin rumbo fijo, para los cuales la negrura de la oscuridad permanece reservada para siempre”. Queda apagado, entonces, todo el esplendor que les había acompañado al hablar la verdad y que en otro tiempo les había ganado una semejanza a las estrellas brillantes de los cielos.—Judas 13, NM.
Considerando las horrendas consecuencias que pueden venir del odio y el rencor, ¿no sería un proceder más sabio el ejercer mayor tolerancia y hacer más concesiones al comienzo mismo de una posible dificultad? “El amor,” usted sabe, “es sufrido y servicial. El amor no es celoso, no se jacta, no se hincha, no se porta indecentemente, no busca sus propios intereses, no se irrita. No lleva cuenta del daño. No se regocija por la injusticia, sino que se regocija con la verdad. Soporta todas las cosas, cree todas las cosas, tiene esperanza en todas las cosas, aguanta todas las cosas.” Con razón Jesús menciona esta cualidad como la señal que caracteriza a sus discípulos. ¿Recuerda?—1 Cor. 13:4-7, NM.
SUPERINTENDENTES DEL REBAÑO
No, no todos recordarán esto continuamente. Es en tales circunstancias que nosotros los que somos más fuertes y maduros en la fe tenemos que suplir gozosamente lo que falte. Esa es una razón importante para que haya siervos, superintendentes, en la congregación cristiana. Por eso es que son tan rígidos los requisitos de superintendente, asegurando que él será plenamente maduro. (1 Tim. 3:1-13) El trabajo del siervo no es un adorno honorario que suene a título. La obra de la congregación tiene que ser su obra. Ellos son pastores espirituales, por eso los problemas del rebaño respecto a su actividad cristiana tienen que ser sus problemas. El que el rebaño esté alimentado tiene que ser un asunto de profundo interés para ellos. ¿Interés? ¿Es ese término lo suficientemente fuerte? Vea cómo las cargas de su apostolado afectaron a Pablo: “De en medio de mucha tribulación y angustia de corazón les escribo a ustedes con muchas lágrimas, no para que ustedes se entristezcan, sino para que sepan el amor que tengo más especialmente para ustedes.”—2 Cor. 2:4, NM.
¿Podemos imaginarnos una lánguida actitud de no hacer nada por parte de los hombres fuertes que trabajaron prominentemente a favor de los propósitos de Dios durante la historia de la Biblia? ¿Podemos imaginarnos a Noé diciendo a su familia: ‘Me dicen cuando el arca esté terminada para acompañarlos’? ¿Dijo Moisés a los israelitas en Egipto: ‘Me encontraré con ustedes en el mar Rojo—lleguen allí de la mejor manera que puedan’? ¿Dijo Josué: ‘Llámenme cuando caigan los muros de Jericó’? O ¿piensa usted que Jesús dijo alguna vez: ‘Sigan adelante y sálvense de la mejor manera que puedan; formen su propia religión, ustedes pueden tener tanto éxito como los sectarios escribas y fariseos judíos’?
Piense en cuántas veces los israelitas murmuraron contra Moisés durante el viaje por el desierto. Empero él repetidamente pasó por alto esta crítica y disputa ociosa infundadas; él continuó conduciendo por dirección de Jehová. En la única ocasión que él permitió que esta repetición enfadosa ahuyentara su buen juicio, cuando sacó agua de una peña en Meriba, él escarneció a la congregación y su ira lo hizo ensalzarse ante los ojos de ella en vez de ensalzar a Dios.—Núm. 20:10-13.
Ahora que estamos en la cumbre misma, mirando a la antitípica tierra prometida del nuevo mundo: ¿no parecen todas las dificultades personales demasiado insignificantes para dejar que se introduzcan y eclipsen los grandes puntos en cuestión del nombre de Jehová y nuestra vida eterna? Madurez es lo que queremos, ¿verdad? Madurez que culminará en adoradores verdaderos plenamente desarrollados, disfrutando de vida eterna y alabanza a Dios. Entonces ¿por qué no depurar todo lo que detenga nuestro propio crecimiento o el de nuestro hermano impidiendo el que alcancemos esa meta deseada?
“La tierra que embebe la lluvia que a menudo viene sobre ella y que luego produce vegetación adecuada para aquellos para quienes también se cultiva, recibe a su vez una bendición de Dios. Pero si produce espinas y abrojos, se rechaza y está cerca de ser maldecida, y termina por ser quemada.” La bondad inmerecida de Jehová hacia todos nosotros ha sido tan rica y refrescante como nueva lluvia. No haga negativo personalmente el efecto de sus buenas obras cristianas haciendo de todo esto un desperdicio. En vez de eso sigamos caminando en armonía con la organización de Dios hacia el aumento, la paz y la prosperidad, y recibamos una “bendición de Dios”.—Heb. 6:7, 8.