Una esperanza que me ha sostenido
NACÍ en octubre de 1950 entre los centenares de niños que anualmente llegan a ser víctimas de defectos de nacimiento. El defecto era la ausencia de la tibia en mi pierna derecha. La tibia es el hueso principal entre el tobillo y la rodilla. Sin este hueso, a uno se le hace imposible estar de pie o caminar.
Mi padre estaba en las fuerzas armadas en aquel tiempo y podía recibir ciertos beneficios médicos. Naturalmente, él y mi madre se emocionaron mucho ante la perspectiva de una operación revolucionaria que quizás me permitiera caminar. La operación se ejecutó en 1953 en un centro médico del ejército de los E.U.A., el Walter Reed, en Washington, D.C. Consistía en un trasplante del hueso de un animal para reemplazar la tibia que me faltaba.
Por supuesto, a principios de los años cincuenta las operaciones de trasplante estaban solamente en etapa de experimentación. Poco se sabía acerca del rechazamiento de materia extraña por el cuerpo. Como resultado de esto, la operación fue un fracaso. Mi cuerpo rechazó el trasplante y contraje gangrena en mi pierna derecha. Puesto que quedó amenazada mi vida, se hizo necesario amputar la pierna. Yo tenía solo tres años de edad, de modo que desde edad tierna el futuro parecía sombrío.
UNA ESPERANZA SOSTENEDORA
Nuestra familia se las arregló para permanecer junta. Entonces, poco después de mi operación, papá se interesó en estudiar la Biblia con los testigos de Jehová. Al principio mi madre se opuso violentamente, hasta el punto de presentar la amenaza de abandonar a mi padre. Pero después que una testigo de Jehová le mostró con la Biblia que no hay tal cosa como un infierno ardiente, ella inmediatamente se interesó en un estudio bíblico. Progresó rápidamente en el conocimiento bíblico y, poco tiempo después, simbolizó por bautismo su dedicación para servir a Dios. Pronto llegó a estar muy activa en compartir con otros las “buenas nuevas.” Mi padre, por otra parte, todavía estaba indeciso, pero al ver el excelente progreso de mamá también dedicó su vida al servicio de Jehová y se bautizó.
La persona que hasta cierto grado está incapacitada puede caer en el lazo de compadecerse de sí misma. Afortunadamente, mis padres estaban bien al tanto de esto y, usando las Escrituras como el fundamento para su instrucción, pudieron edificar en mí una nueva esperanza. Esa esperanza era que yo podría caminar y correr y disfrutar de salud perfecta en el nuevo orden de Dios. ¡Ah, qué maravillosa expectativa!
Yo estuve literalmente comiendo, durmiendo y soñando con el nuevo orden de Dios en la mente y el corazón. Esta esperanza no es ninguna fantasía vana inventada por mis padres, ni por ninguna otra persona, para tratar de estimularme. No, sino que es una esperanza basada sólidamente en las promesas de Dios en la Biblia. “Hay nuevos cielos y una nueva tierra que esperamos según [la] promesa [de Dios], y en éstos la justicia habrá de morar,” escribió el apóstol Pedro.—2 Ped. 3:13.
Desde joven llegué a tener fe firme en esas promesas de Dios. “Dios mismo estará con ellos,” escribió Juan el apóstol inspirado. “Y él limpiará toda lágrima de sus ojos, y la muerte no será más, ni existirá ya más lamento ni clamor ni dolor. Las cosas anteriores han pasado.” (Rev. 21:3, 4) Pero mi texto favorito llegó a ser Isaías 35:6, que dice: “En aquel tiempo el cojo trepará justamente como lo hace el ciervo.” De noche soñaba con correr sin esfuerzo sobre campos de margaritas y praderas por kilómetros y más kilómetros.
PRINCIPIOS DEL PROGRESO
A los cinco años de edad, con la ayuda de una pierna artificial que era una innovación en aquel tiempo y se llamaba una “bota,” llegué a ser publicador de las buenas nuevas del reino de Dios. Yo me enorgullecía de poder presentar las revistas y otra literatura bíblica a la gente. Para cuando tenía seis años podía hacer una presentación bíblica completa a las puertas, usando varios textos bíblicos relacionados con un tema de la Biblia. El año siguiente presenté mi primer discurso desde la plataforma de los discursantes como miembro de la Escuela Teocrática.
Mi madre era precursora y mi padre presidía la Escuela Teocrática en nuestra congregación de Washington, D.C. Entonces nos llegó una invitación para que sirviéramos donde había mayor necesidad de proclamadores del Reino, en la zona de Gaithersburg, Maryland. Papá y mamá aceptaron la asignación con gozo y pronto nos mudamos a nuestro nuevo hogar.
La congregación de Gaithersburg era muy pequeña. De hecho, nos reuníamos en la casa de un testigo de Jehová. Había muy pocos hermanos negros asociados con la congregación. De modo que fue un privilegio el poder asegurarnos de que gente de toda raza podía aprender la Palabra de Dios. Con la bendición de Jehová, la congregación creció y prosperó. En 1961, con la aprobación de mi padre, simbolicé mi dedicación a Jehová por medio de bautismo en agua.
Durante este tiempo estaban aconteciendo muchos cambios sociales en el país. Iba bien adelantada la lucha a favor de los derechos civiles. Había marchas, y manifestaciones de protesta que se caracterizaban por la ocupación pacífica de establecimientos y alborotos. Los lemas del día parecían ser los de “poder negro” y “¡A quemarlo todo!” No era difícil el que los individuos se vieran envueltos en el remolino de acontecimientos. Pero papá y mamá se mantuvieron cerca de la Palabra de Dios y se aseguraron de que nosotros, los hijos, tuviéramos el punto de vista apropiado en cuanto al cambiante escenario mundial. Sí, nos alegraba el poder comer en ciertos restaurantes y viajar hacia el frente del autobús ahora, pero nuestra única esperanza de paz duradera y libertad todavía estaba en el nuevo orden de Dios.
DESARROLLÁNDOME EN HOMBRE
Cuando entré en la escuela secundaria, llegué a estar más personalmente consciente de mi apariencia e incapacidad. A veces me sentía muy desanimado, porque anhelaba ser popular y tener la aceptación de los demás muchachos. Pero se me ayudó a comprender que la fortaleza viene de Jehová y que la popularidad con el mundo no es un requisito para adquirir la vida eterna.
Yo había llegado a aceptar el hecho de que siempre habría ciertas cosas que no podría hacer. Lo que era importante era que hiciera lo mejor que pudiera en las cosas que podía hacer. En cuanto a amigos, ¿de qué valor podían ser si no podían aceptarme por lo que yo era y con la apariencia que presentaba? Resultó que hallé verdadera amistad entre el pueblo de Jehová. Estos amigos me enseñaron a jugar béisbol y fútbol, y a nadar. Sobresalí en la natación, y para sorpresa de mi familia y de mí mismo fui uno de los 17 estudiantes de mi escuela que recibieron el Premio del Presidente por Aptitud Física debido a Excelencia Atlética.
Por supuesto, “el entrenamiento corporal [sólo] es provechoso para poco.” (1 Tim. 4:8) Yo quería hacer mucho más con mi cuerpo, y la respuesta lógica parecía ser emprender el servicio de precursor. Por eso, desde aquel tiempo en adelante empecé a servir de precursor cada verano, y me fijé como meta la obra de predicar de tiempo completo y servir en Betel, la oficina central de los testigos de Jehová en Nueva York.
TOMANDO UNA DECISIÓN
Antes de que me diera cuenta de ello, llegó el tiempo de la graduación. Por ser estudiante que se graduaba con honores, y persona parcialmente incapacitada, se me dio la oportunidad de aceptar una beca universitaria del Ministerio de Rehabilitación Vocacional. ¡Qué tentado me sentí a aceptar aquella beca! Se ejerció mucha presión en mí para que la aceptara.
Después de considerar este asunto con mi padre, reflexioné en el entrenamiento que yo había recibido. Mientras más pensaba en ello, más me parecía que había sido preparado para efectuar una obra especial. Esa obra envolvía el salvar vidas, como el apóstol Pablo le escribió al joven Timoteo: “Presta constante atención a ti mismo y a tu enseñanza. Persiste en estas cosas, pues haciendo esto te salvarás a ti mismo y también a los que te escuchan.” (1 Tim. 4:16) De modo que me alisté en esa obra salvavidas de tiempo completo cuando me matriculé como precursor. Jamás me ha pesado haber tomado aquella decisión.
Para seguir siendo precursor se me hizo necesario efectuar diversas clases de trabajo de tiempo parcial. Para mencionar unos cuantos, en diferentes ocasiones fui pintor, lavaplatos, barman, cocinero, conserje, aparcero, auxiliar de albañil, y mensajero de oficina. Hasta serví de zanjeador de una sola pierna, de lo cual todavía mi familia se ríe.
Mientras serví en Annapolis, Maryland, tuve muchas experiencias emocionantes. Una tuvo que ver con un hombre que estaba profundamente envuelto en una religión de índole muy emotiva. Él creía firmemente en un infierno de fuego. Después de un estudio de la Palabra de Dios, él y su familia entera aceptaron la verdad de la Palabra de Dios, y hoy él es un anciano de la Congregación del Sur de Annapolis. Experiencias como ésta no son extraordinarias para los precursores, y deseo animar de todo corazón a todos los jóvenes a quienes les es posible a esforzarse por alcanzar este maravilloso privilegio de servicio.
Han pasado los años y ahora tengo mi propia familia. Jehová me ha bendecido y utilizado en gran manera. Ahora sirvo de anciano en la zona de Washington, D.C.
A medida que he ido envejeciendo, se me ha hecho un poco más difícil el subir escalones y ascender por las escaleras, el caminar largas distancias y estar de pie tiempo largo. Empiezo cada día con una oración a Jehová en la cual le pido fortaleza y guía, y de alguna manera siempre tengo suficiente fortaleza para hacer la última revisita, la última hora en el servicio o estar en la siguiente reunión.
¡Qué bendición ha sido el haber tenido padres tan maravillosos, y la guía del único Dios verdadero en mi vida! En más de 20 años de servicio activo siempre he confiado en esa guía y fortaleza que Jehová suministra.
Para mí, el sueño de correr sin esfuerzo por kilómetros y kilómetros en el nuevo orden de Dios todavía está vivo y brillante. No se ha ensombrecido en lo más mínimo.—Contribuido.