Liberación en “la isla de los hombres solos”
LA LANCHA que surcaba las aguas del golfo de Nicoya no iba llena de pasajeros. Esto no se debía a que no hubiera turistas, pues la costa occidental de Costa Rica, con su cielo despejado, sus aguas verde esmeralda, playas de arena blanca y ondulantes cocoteros siempre ha atraído a los que andan en busca de un paraíso tropical. Pero yo no me hallaba en ella de vacaciones; tampoco lo estaban los demás pasajeros.
“La isla de los hombres solos”
Nos dirigíamos a la isla de San Lucas, una colonia penal bajo el Ministerio de Justicia costarricense. Hubo un tiempo en que esta isla era una de las prisiones más temidas de la América latina. La mayoría de sus habitantes eran delincuentes incorregibles, y los que eran enviados allí pronto aprendían las duras realidades de la supervivencia. Las autoridades suministraban solamente las necesidades básicas, mientras que los prisioneros se regían por la ley del más fuerte y se esforzaban por mejorar su situación individual. A menudo las fuertes corrientes marinas arrastraban mar adentro a los que trataban de escapar, si no los devoraban los tiburones.
A principios de los años cincuenta un ex convicto de San Lucas, José León Sánchez, escribió un libro sobre su vida en aquella colonia penal. Su relato franco, crudo, pero verídico, La isla de los hombres solos, pronto se convirtió en uno de los libros de mayor venta en México y la América Central. En Costa Rica dio lugar a vigorosa protesta pública.
En aquel tiempo el gobierno procuraba modernizar sus instituciones penales. Se dio énfasis a la reforma de los delincuentes más bien que al castigo, y se abolió la pena de muerte. Debido a la atención que generó el libro de Sánchez, también en San Lucas se instituyeron cambios. Se enseñó a los prisioneros la cría de ganado vacuno y porcino, la pesca y otros oficios. Además cultivaban productos agrícolas de fácil venta y podían retener parte de las ganancias. También hubo mejora en las viviendas. A principios de los años sesenta San Lucas se convirtió en una correccional modelo para los convictos que requerían vigilancia mínima.
Ya yo estaba al tanto de la mala reputación de la isla cuando desembarqué en el pequeño muelle. Pero venía como guardia de prisión, no como prisionero. Me había unido a la Policía Nacional al cumplir los 18 años, y debido a mi corpulencia mi primera asignación fue de guardia en la isla de San Lucas.
Prisionero, pero libre
Puesto que había sido criado por monjas y sacerdotes católicos, siempre me había atemorizado la idea de un infierno ardiente. Para mí, lo más importante de la vida era evitar ir al infierno. Pero me sorprendía el hecho de que a la mayoría de la gente parecía importarle poco aquello. En la escuela el sacerdote a veces lo mencionaba en la clase, pero fuera de allí nadie quería hablar de religión ni de la Biblia. Decían que creían en un infierno ardiente, pero aquello no parecía afectar su comportamiento.
En San Lucas la situación era similar. Aunque muchos de los guardias y los presidiarios tenían la misma creencia, esto aparentemente no tenía mucho efecto en ellos. El habla obscena y las prácticas inmundas eran cosas comunes. ¡En cierta ocasión sorprendieron a un guardia introduciendo clandestinamente marihuana en la isla, y él mismo terminó en la prisión! Mi supervisor inmediato tenía muy mal genio, y dos veces desafió a reos rebeldes a pelear con él a los puños. Puesto que yo disponía de tiempo, muchas veces meditaba en lo que observaba en la isla. Debido a mi inexperiencia y juventud, todo aquello me confundía y desilusionaba.
Cierta noche, Franklin, un convicto en quien confiaba, me invitó a escuchar una consideración de asuntos bíblicos. Aunque aquello no me interesaba mucho, pronto empezamos a conversar.
“Debe ser difícil estar preso y estudiar la Biblia”, dije. Nunca olvidaré la respuesta de Franklin.
“Físicamente estoy preso —dijo—, pero espiritualmente soy libre.”
¡Quise entender aquella clase de libertad!
Los Testigos en San Lucas
Resultó que Franklin estudiaba la Biblia con los testigos de Jehová. Los domingos se permitía que vinieran parientes y amigos a la isla. Con frecuencia venían dos o tres embarcaciones con hasta 30 Testigos que pertenecían a la congregación de Puntarenas. Puesto que yo era nuevo allí, me sorprendió ver que los funcionarios sencillamente dejaban pasar a los Testigos en los puntos de inspección, mientras que examinaban cuidadosamente a las demás personas. Me asombró aún más que los Testigos trataran respetuosamente tanto a los presos como a los guardias, y hablaran a toda persona sobre su mensaje bíblico.
Algunos presos tenían estudios bíblicos personales con los Testigos los domingos. Franklin estaba entre estos, y algo que aprendí de él me impresionó. Supe que había sido sentenciado a 12 años de presidio por matar a un competidor suyo en los negocios. En la prisión había estudiado contabilidad por correspondencia, y porque no bebía ni fumaba ni usaba drogas, fue puesto a cargo de la biblioteca de la penitenciaría. Después se le dio su propia cabaña y hasta más responsabilidad.
Cuando asistía a la escuela, años antes, Franklin había tenido amigos que eran testigos de Jehová. Había notado que nunca se metían en riñas ni peleas, ni aun bajo el hostigamiento de otros. Aunque no le interesaba la religión, sabía que los Testigos eran personas pacíficas y de buen comportamiento. Por eso, cuando oyó que entre los prisioneros había un “atalaya” (como algunos llamaban a los testigos de Jehová), aquello le interesó.
Cierto día antes de la comida del mediodía Franklin vio a un preso sentado solo fuera del comedor. Por su apariencia nítida, Franklin le preguntó si él era el “atalaya”. Cuando este le dijo que sí, la primera pregunta de Franklin fue: “¿Por qué está aquí?”. El hombre le explicó que originalmente lo habían sentenciado a la Penitenciaría Central, en San José, la capital, y allí había empezado a estudiar la Biblia con los testigos de Jehová. Cuando lo transfirieron a San Lucas, continuó sus estudios con un Testigo de Puntarenas. Con el tiempo fue bautizado allí mismo en la isla de San Lucas, en la playa del Coco.
Aquella reunión con el “atalaya” fue un punto de viraje en la vida de Franklin. Desde entonces, siempre que los Testigos venían a visitar él entablaba conversaciones animadas con ellos. También empezó a comunicar a otros prisioneros y guardias lo que aprendía. Su conducta, su manera de vestir y su arreglo personal empezaron a mejorar. Él y su compañero bautizado se ganaron el respeto de todos.
Con el tiempo, la sentencia de 12 años de Franklin fue rebajada a 3 años y 4 meses. Él y su compañero siguieron estudiando la Biblia. A pesar del ambiente perjudicial de la prisión eran felices, y su rostro lo reflejaba. Obviamente notaron que yo era diferente de los demás guardias, pues no participaba en sus chistes obscenos ni bromas indecentes. Por eso me invitaron a visitarlos en sus cabañas para conversar sobre la Biblia. Lo que oí de ellos y de los Testigos que visitaban me interesó mucho, especialmente aprender sobre la condición en que se hallan los muertos, y que en verdad no hay un infierno ardiente. Recibí un ejemplar del libro La verdad que lleva a vida eterna y empecé a leerlo. Aunque en aquel tiempo no me daba cuenta de ello, en mi corazón se habían sembrado semillas de la verdad que al fin producirían fruto.
Al fin, verdadera libertad
Después de dejar la Policía Nacional, viví por un poco de tiempo en Miami, Florida (E.U.A.). Cierto día un compañero de trabajo empezó a hablarme acerca de la Biblia. Su manera de hablar y de vestir, y su arreglo personal, me indicaron que había hallado de nuevo a los testigos de Jehová. Aquello me trajo recuerdos de San Lucas, y le pregunté por qué nadie parecía interesarse en considerar asuntos espirituales. Me dio una respuesta breve y sugirió visitarme para hablar de aquello. Después tuvimos un estudio bíblico regular y con el tiempo me dediqué a Dios y me bauticé.
Regresé a Costa Rica en 1975 y asistí a una asamblea de distrito en San José. Todavía no estoy seguro de quién quedó más sorprendido cuando Franklin y yo nos encontramos por casualidad en la asamblea. Ya él había salido de la prisión, y también se había bautizado. Cuando partí de San Lucas, Franklin no estaba muy seguro de cuán profundo era mi interés en la Biblia. Pero aquí estábamos, el ex prisionero y el ex guardia, ¡verdaderamente unidos en la libertad que viene de adorar al Dios verdadero, Jehová!
A algunos la penitenciaría de la “isla de los hombres solos” solo les traía malos recuerdos. Para mí significó el comienzo de la libertad espiritual. Ahora, como anciano cristiano, participo en llevar libertad a los que se creen libres pero que en realidad son prisioneros como lo eran los hombres a quienes yo vigilaba.—Según lo relató David Robinson.
[Fotografías de David Robinson y Franklin en la página 25]
[Mapa en la página 25]
(Para ver el texto en su formato original, consulte la publicación)
MAR CARIBE
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