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g77 22/3 págs. 12-14

¿A qué se deben los colores relumbrantes del otoño?

LOS indígenas norteamericanos trataron de explicar la misteriosa belleza de las hojas otoñales. Su leyenda afirmaba que cada otoño los cazadores en el cielo mataban a la Osa Mayor. Su sangre se derramaba y, se decía, salpicaba muchas hojas de colorado, mientras que la grasa saltaba de la olla del cazador y coloraba de amarillo otras.

Probablemente esta explicación no satisfaga mucho la curiosidad que usted sienta acerca de la exhibición fantástica de colores del otoño. ¿Qué es lo que realmente sucede en esas hojas tan llenas de color? ¿Por qué se ponen rojas algunas, otras amarillas o anaranjadas o purpúreas, y todavía otras pardas? ¿A qué se debe que el mismo árbol cambie a varios diferentes colores? Y ¿por qué solo hay unas cuantas zonas de la Tierra que gozan de tan magníficos espectáculos en el otoño?

¡Quizás le sorprenda saber que mucho del color está allí mismo en las hojas durante todo el verano! Lo que pasa es que simplemente no podemos verlo. La acumulación sobreabundante de clorofila verde en las hojas durante el verano encubre los otros colores. Pero durante el otoño, algo le pasa a la clorofila en los árboles de hojas anchas. Es vital entender esto a fin de saber por qué cambian de color las hojas.

A estos árboles deciduos, en contraste con los siempreverdes, se les caen las hojas cada año. El lucimiento anual de colores otoñales solo es una reflexión de los cambios físicos y químicos que ocurren durante este proceso. Los colores son una seña para los observadores de que se está efectuando una maravillosa obturación o selladura de las hojas. ¿Cómo?

Bueno, en una reacción química que hasta la fecha no se entiende muy bien, la clorofila en las hojas usa la luz solar durante todo el verano para hacer alimento (azúcares) del agua y del anhídrido carbónico del aire. Con este fin, las hojas han estado extrayendo agua del suelo, y gran parte de ella se evapora en la atmósfera.

Pero durante el invierno escasea el agua. A menudo está congelada en el terreno. Por eso, hay que impedir la pérdida de agua vital por medio de las hojas. También es preciso que los troncos y ramas sean sellados contra el frío invernal. Para el propio bien del árbol, hay que despedir las hojas. Así es que, al ir menguando la luz solar en el período antes del invierno, la mayoría de los árboles de hojas anchas empiezan a cerrar su taller productor de alimentos.

Una selladura que revela

A medida que se acortan los días, empieza a formarse una capa de células especializadas entre el pecíolo y la ramita de la cual crece. Esta capa suberosa de abscisión gradualmente suspende el abastecimiento de agua que venía de abajo, y también impide el flujo de las azúcares de las hojas al árbol. Cuando la selladura por fin queda completa, el peso de la hoja y su torcimiento en la brisa bastan para enviarla flotando al suelo. Pero, entretanto, cosas estupendas están sucediendo.

Al perder su abundante abastecimiento de agua y de luz solar veraniega, el laboratorio químico que había estado tan ocupado se halla desprovisto de materias primas. Entonces la clorofila inestable en las hojas empieza a desbaratarse y a desaparecer, revelando los pigmentos variados que ya están allí. Estos son principalmente los carotinoides, los pigmentos responsables de los colores desde el amarillo pálido (xantofila) hasta el color de zanahoria (carotinas). Los carotinoides son mucho más estables que la clorofila, de modo que permanecen en las hojas de los álamos, abedules, álamos temblones y otros árboles para avivar el paisaje con sus matices dorados.

Pero ¿qué hay de los rojos vívidos, los colores purpúreos y aun azules que hacen tan espectacular la exhibición otoñal en ciertas partes del mundo? Estos son los antocíanos. Estos también comunican coloración roja a las manzanas, púrpura al col, azul a las violetas, y así por el estilo. En algunos árboles, como el arce japonés (rojo) y el ciruelo de hojas purpúreas, los antocíanos son tan dominantes que se ven durante todo el verano. Pero en la mayoría de las plantas este pigmento solo se forma durante el otoño.

Los antocíanos son mucho más sensibles a influencias externas que los otros pigmentos de las hojas. Si los fluidos de las hojas son ácidos, parecen rojas; si son neutros los fluidos, violadas; y si alcalinos (o, básicos), azules. De modo que cualquier fluctuación en la composición química de los antocíanos o de la acidez de la hoja puede resultar en una gran variedad de colores.

Dado que los pigmentos son hechos de azúcares, y los días de sol brillante contribuyen a una buena producción de azúcar, los cambios atmosféricos también pueden afectar la brillantez del despliegue de hojas. Si los días brillantes son seguidos por noches frescas, frías, la frialdad retardará el movimiento de las azúcares de las hojas a los árboles durante la noche. Así habrá mayores concentraciones de azúcar, resultando en una mayor producción de colores. Pero si durante el otoño hay días nublosos o las noches son calientes, los colores resultan mucho más amortiguados.

En algunas plantas la producción de los antocíanos es tan sensible a la luz que si una hoja sombrea a otra, una imagen de la hoja superior aparece en verde o amarillo en la hoja inferior, ¡con su contorno en rojo donde le dio el sol! Esto también explica por qué las partes del árbol más expuestas al sol pueden cambiar a colores tan brillantes, mientras que otras partes del mismo árbol tienen poca coloración roja.

Finalmente, hay los colores pardos que a menudo se combinan con los amarillos para hacer los hermosos colores de oro amarillentos y pardos dorados que acrecientan el esplendor otoñal. Por lo general, los colores pardos aparecen en las células que envejecen, en un proceso parecido a lo que pasa cuando una manzana cortada se pone parda al quedar expuesta al aire. En el caso del haya y de algunos robles, el color pardo es vibrante porque las células de las hojas, a pesar de estar envejeciendo, están muy vivas cuando se forma el color pardo.

Por otra parte, algunas hojas solo se vuelven pardas cuando están casi muertas o ya están en el suelo. Este color pardo y algunos amarillos son los únicos colores del otoño que se ven en la mayor parte del mundo donde hay unos cuantos árboles deciduos. ¿A qué se debe que tan pocos lugares tengan brillantes exhibiciones en el otoño, con su extensa variación de colores?

Función flamante para unos cuantos

Son pocas las regiones de la Tierra que cuentan con las condiciones benditas que pueden producir estas exhibiciones relumbrantes. Primero, tiene que haber grandes cantidades así como una gran variedad de árboles deciduos. Tienen que tener la capacidad genética para producir los pigmentos que comunican colores tan vívidos a las hojas. Hay muchas variedades que simplemente no producen antocíanos. Otro factor importante es el tiempo brillante y fresco del otoño. Solo hay unos cuantos lugares del mundo que satisfagan estos requisitos, y casi todos están en el hemisferio septentrional.

En las Islas Británicas y en el centro de la parte occidental de Europa hay grandes bosques de árboles deciduos, como también los hay en la China oriental, Corea y partes del Japón. Y éstos presentan una vista muy hermosa de colores de otoño. Pero muchos creen que las exhibiciones más espectaculares de colores ocurren en el este de los Estados Unidos y en el sudeste del Canadá. Parece que la mayor diversidad de árboles de las variedades que poseen el potencial de coloración roja y las condiciones ideales del tiempo otoñal obran juntamente para producir resultados verdaderamente pasmosos.

En algunas secciones de los Estados Unidos las exhibiciones de las hojas en el otoño son una atracción anual para turistas desde lugares distantes. Hasta se publican noticias especiales que describen las etapas de coloración en las diferentes zonas. Los caminos apartados de los distritos rurales normalmente soñolientos se convierten en una aglomeración de tráfico debido a los que algunos residentes locales llaman los “locos por las hojas.”

Pero tienen razón para sentir admiración reverente ante lo que ven estas personas apreciativas de lo bello. Un Químico sin igual, el Creador mismo, es el que hace que esta magnificencia sea una parte de lo que de otro modo sería un ejercicio rutinario en la supervivencia de los árboles.

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