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  • Una sociedad sin crimen
  • La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1960
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La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1960
w60 1/8 págs. 451-452

Una sociedad sin crimen

EL CRIMEN es una enfermedad parasitaria que ha estado minando la fuerza y vitalidad de la sociedad humana durante siglos. Es parecida a un pulpo gigantesco cuyos tentáculos horrorosos llegan a casi toda parte de la sociedad humana. Su influencia corruptora se ve hasta en los altos puestos de gobierno. Ejemplos sobresalientes de lo que sucede cuando logra control completo de un gobierno se ven en el registro sangriento de sufrimiento humano dejado por regímenes totalitarios de décadas recientes.

Igual que muchas enfermedades ocultas del organismo humano, el crimen florece y se esparce bajo la superficie de la sociedad. Aunque revelan su presencia ponzoñosa los informes noticieros que siempre se dan de robos, desfalcos, violaciones, asesinatos, peleas entre pandillas, etcétera, generalmente se ignora el grado a que éste corrompe a la sociedad. Las aguijonadas efectuadas de vez en cuando por comisiones de investigación ponen al descubierto mucha podredumbre en lugares donde quizás no se haya sospechado del crimen. La horrorizada opinión del público tal vez dé comienzo a una campaña de limpieza, obligando al crimen a retroceder en el lugar en que se hace la investigación, pero cuando se tranquilizan las cosas comienza a volver callandito cual serpiente.

A pesar de esfuerzos policíacos, siguen aumentando en los Estados Unidos los crímenes mayores descubiertos. Entre 1946 y 1957 aumentaron tres veces más rápidamente que el aumento de la población. Desde 1952 el número de personas de menos de dieciocho años aumentó 22 por ciento, mientras que el número de arrestos entre los de esa edad aumentó 55 por ciento.

El crimen no se limita a delincuentes juveniles, políticos corruptos y gente del hampa. A menudo a personas de término medio a quienes se considera como ciudadanos rectos se les expone como criminalmente carentes de honradez. Considere, por ejemplo, la esparcida práctica entre empleados de robar de sus patrones. En tan sólo los Estados Unidos la falta de honradez entre los empleados cuesta a los negocios entre 500 y 1,000 millones de dólares al año.

Cualquier persona que ama la justicia debería angustiarse por la condición corrupta de la sociedad moderna. debería causarle repugnancia el crimen que se ha hecho tan extenso. Con razón Dios advierte contra el tener amistad con el mundo. El tener tal amistad haría de uno el enemigo de Dios. (Sant. 4:4) Pero el hecho de que la sociedad moderna sea corrupta no quiere decir que es imposible tener una sociedad sin crimen. No significa que humanos no puedan vivir en una sociedad que respete principios bíblicos, que esté moralmente limpia y recta y que esté unida en amor cristiano en vez de estar dividida por el odio, la envidia, la malicia y la contienda.

Una sociedad sin crimen puede ser una realidad, pero no puede ser efectuada por esfuerzos policíacos ni por grupos que tratan de regenerar a criminales. No puede ser producida por políticos ni por esfuerzos unidos de los gobiernos del mundo. La tarea es demasiado grande para cualquiera de ellos. Es una tarea que sólo Jehová Dios puede llevar a cabo. Requiere un sistema de cosas completamente nuevo—un nuevo mundo. Se predice el cambio en 1 Juan 2:17, que dice: “Además, el mundo está desapareciendo y también su deseo, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.”

Los ejecutores celestiales pertenecientes a Dios desarraigarán y destruirán a todos los que persisten en seguir deseos ilícitos. No importa cuánta trapacería emplee el criminal, ésta no le proveerá escape de la ejecución del juicio divino. Note usted cómo la Biblia hace mucho tiempo predijo que Dios eliminaría a los inicuos de sobre la tierra: “Pero los transgresores mismos ciertamente serán aniquilados juntos; el futuro de la gente inicua verdaderamente será cortado.” “Porque los rectos son los que morarán en la tierra, y los que están sin tacha son los que serán dejados en ella. En cuanto a los inicuos, ellos serán cortados de la tierra misma, y en cuanto a los traicioneros, ellos serán arrancados de ella.”—Sal. 37:38; Pro. 2:21, 22.

Ciertamente Aquel que encerró en el átomo la estupenda energía que el hombre ahora está utilizando en sus reactores nucleares y bombas nucleares es capaz de descubrir y destruir a todo criminal viviente y a todo persistente violador de la ley divina. Aunque alguna persona haya tenido éxito en ocultar sus actos criminales de los ojos de otros humanos, no los puede ocultar de los ojos de Dios. “No hay una creación que no esté manifiesta a su vista, sino que todas las cosas están desnudas y abiertamente expuestas a los ojos de aquel a quien hemos de dar cuenta.” “Los pecados de algunos hombres son públicamente manifiestos, y llevan a juicio inmediatamente, pero en cuanto a otros hombres sus pecados también se ponen de manifiesto más tarde.”—Heb. 4:13; 1 Tim. 5:24.

El que una sociedad sin crimen seguirá después que Dios destruya al presente inicuo sistema de cosas se asegura por la clase de gobierno que dominará al género humano en ese tiempo y por la clase de personas que habitará la tierra. Así como usted notará en 1 Juan 2:17, citado anteriormente, “el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.” Los que hacen la voluntad de Dios no son los que contribuyen a la corrupción de la sociedad moderna. Son aquellos a quienes se hace referencia en Proverbios 2:21 como los “rectos” y “los que están sin tacha” que serán dejados en la tierra después que Dios haya eliminado de ella a los inicuos. Jesús se refirió a ellos en su sermón del monte cuando dijo: “Felices son los de genio apacible, puesto que ellos heredarán la tierra.”—Mat. 5:5.

El gobierno que dominará a estos “de genio apacible” que hacen la voluntad de Dios se identifica en la Biblia como el reino de Dios. Es un gobierno celestial con Cristo como Rey. Dado que todo el género humano estará bajo el dominio del Reino el crimen no podrá corromper a esa sociedad del nuevo mundo de humanos justos. Entonces podrá decirse: “La bondad amorosa y la fidelidad mismas se han encontrado; la justicia y la paz mismas se han besado. . . . y la justicia misma mirará desde los mismos cielos.”—Sal. 85:10, 11.

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