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  • ¡Huya por su vida!
  • La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1955
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La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1955
w55 1/2 págs. 69-73

¡Huya por su vida!

¿Huiría usted de un león o pasaría por alto su rugido? Quizás ésta parezca ser una pregunta tonta, sin embargo algunos hoy en día tranquilamente pasan por alto la más vital amonestación de la historia. Lea los hechos alarmantes; entonces ¡dé los debidos pasos! Eso es, si usted valora su vida.

“EL LEÓN es un caballero del mundo animal. Lento en iras, sabiendo que él es supremo en poder, él anda con paso majestuoso a través de las llanuras africanas y raramente atacará a menos que se le hiera o se le provoque más de lo razonable.”—Del libro Nature’s Ways, por Roy Chapman Andrews.

Jehová, con su majestad y poder leoninos, manifiesta el mismo freno caballeroso en sus tratos: “Jehová es lento en iras y grande en misericordia; que perdona la iniquidad y la transgresión, bien que de ningún modo tendrá por inocente al rebelde.” (Núm. 14:18) De hecho, la paciencia de Jehová aun para con sus enemigos, permitiéndoles llenar la tierra con sus actos malvados hasta esta fecha avanzada, ha hecho que algunos duden de que él alguna vez actuará para ejecutar juicio contra los culpables.

Hoy los que critican a Jehová demandan brusca y mordazmente: “¿Dónde está esa prometida presencia de él? Pues, desde el día que nuestros antepasados se durmieron en la muerte, todas las cosas continúan igual como ha sido desde el principio de la creación.” (2 Ped. 3:4, NM) Negando a Dios parte alguna en los eventos terrenales, un moderno “sabio” expuso: “Aparte del hombre o antes de su llegada, al universo le falta y faltó todo propósito o plan.” Él dice que el presente caos humano “es uno que solamente el conocimiento humano responsable puede reducir a orden,” y que el hombre “no puede colocar sobre Dios o la naturaleza la responsabilidad por lo que está bien o lo que está mal.” ¡Cuán semejante a la filosofía complacida de la antigua Judá: “¡Jehová no hará bien, ni tampoco hará mal!” (Sof. 1:12) Así rechazan y pasan por alto el poder de Jehová, no reconociendo la más mínima evidencia de que él ahora esté dando una amonestación de inminente ruina.

Estudiantes pensadores de la Biblia, sin embargo, ven en las condiciones presentes graves presagios para el futuro. Aceptando la Palabra de Dios como verdad, un faro para su camino, ven en ella una amonestación de muerte inminente para el presente sistema caótico de cosas. (Sal. 119:105; Juan 17:17) Justamente como los hombres tiemblan de temor y gritan alarma cuando un león rugiente anda desenfrenado por las calles, así ellos gritan ahora en voz alta su amonestación en cuanto a los juicios ardientes de Jehová. Como tan bien lo expresó el profeta Amós: “El león rugió ya, ¿quién no temerá? Jehová el Señor ha hablado ¿quién puede dejar de profetizar?”—Amos 3:8.

HABLA JEHOVÁ

A los presumidos malhechores que habitaban la antigua Samaria, en Israel, vino la palabra de Jehová por medio de Amós: “¡Ay de aquellos que están descuidados en Sión, y de los que viven sin recelo en el monte de Samaria!” Sí, ay de los que holgazaneaban, ociosamente divirtiéndose con fiestas y bebidas fuertes, mentalmente postergando el día aciago, porque “irán en cautiverio al frente de los cautivos; y se acabará la algazara de aquellos banqueteadores. . . . Jehová el Dios de los Ejércitos ha dicho.”—Amos 6:1-8.

De nuevo hoy la voz de Jehová habla a los que con confianza en sí mismos quisieran robarle su autoridad sobre la tierra y asumirla ellos mismos, la autoridad de Aquel “cuyo dominio es dominio sempiterno, y su reino de siglo en siglo. Y todos los moradores de la tierra por una nada le son contados; pues hace conforme a su voluntad en el ejército del cielo, y entre los habitantes de la tierra, y no hay quien pueda detener su mano, ni decirle: ¿Qué haces tú?”—Dan. 4:34, 35.

“Ah sí,” dicen los mofadores, “muy bonitas palabras, pero ¿qué evidencia tiene usted que muestre que Dios alguna vez haya ejercido tal autoridad sobre los asuntos de la tierra?” A éstos Pedro contesta: “En tiempos antiguos había cielos y una tierra situada sólidamente fuera de agua y en medio de agua por la palabra de Dios, y por esos medios el mundo de ese tiempo sufrió la destrucción cuando fué anegado con agua.” (2 Ped. 3:5, 6, NM) Ahí está su respuesta, Señor Mofador, y no pierda su aliento protestando que el diluvio del día de Noé nunca ocurrió realmente, porque al hacerlo usted estaría arguyendo contra más de noventa diferentes registros históricos de todo el mundo que atestiguan la autenticidad del diluvio, además de evidencia arqueológica y geológica. Otra vez, como muestra la evidencia, Dios intervino e hizo sentir su autoridad en los asuntos terrenales por medio de destruir las inicuas ciudades de Sodoma y Gomorra, y maniobrando la destrucción de la nación de Israel en 607 a. de J.C. y otra vez en 70 d. de J.C.

FUENTE DE PELIGRO IDENTIFICADA

Pero ¿por qué conciernen a nosotros hoy en día los susodichos casos? Porque esas destrucciones, que causaron la muerte de incontables miles de personas, vinieron como castigo por los mismos males que ahora afligen a nuestra generación moderna. Los hombres del día de Noé tenían pensamientos malos en el corazón todo el tiempo; habían llenado la tierra de violencia. Los sodomitas fueron notorios por sus perversas prácticas sexuales. Los israelitas fueron culpables de las mismas iniquidades y más. (Gén. 6:5, 13; Ezequiel 22; Mateo 23; Judas 7) Una mirada a los encabezamientos de periódicos de hoy basta para convencer a uno de que los crímenes y violencia modernos han alcanzado la cima de todo tiempo en ocurrencia y la sima de todo tiempo en depravación. Dado que las condiciones de ahora son como las de entonces, merecen la misma destrucción ahora que entonces.

Pero un punto en disputa aun mayor que el pecado nacional estuvo implicado en esos casos mencionados y está implicado ahora. Estos no eran meros eventos de la casualidad, ejemplos de la repetición de la historia como curso natural en la lucha evolucionaria por la supervivencia. Más bien, eran meramente escaramuzas preliminares de una guerra universal, una “guerra de los dioses,” para decidir el punto en disputa del dominio universal.

En el capítulo cuatro de Daniel se menciona este punto en disputa del dominio, usándose un árbol cubriente, protector, providente, como símbolo adecuado de tal dominio. Ezequiel, capítulo veintiocho, dice cómo el dominio piadoso original de la tierra fué corrompido y cómo el querubín cubriente que fué asignado a ese providente puesto protector llegó a ambicionar poder como el del Creador y dejó que su ambición le condujera a la rebelión contra Jehová. Génesis 3:1-7 muestra cómo él reclutó al primer hombre y su mujer de parte de él en la rebelión, usando a la serpiente como su instrumento terrenal de engaño. El versículo décimoquinto de este mismo capítulo Gé 3:15 da promesa de que algún día este engañador serpentino sería aplastado en la cabeza y así destruído. Y finalmente, el Apocalipsis 12:1-10 describe vívidamente cómo Cristo Jesús, la “simiente” de la “mujer” u organización celestial de Dios, degrada a ese archiengañador de toda autoridad celestial, limitándolo a la tierra hasta el tiempo para su aplastamiento final en la muerte.

Seguramente la transición violenta desde el inicuo sistema de cosas de Satanás al justo reino de Cristo sería un tiempo terrible para todos los habitantes del cielo y la tierra, y especialmente para estos últimos, cuya vida está en peligro en este punto en disputa de dominio. Pero ¿cuándo vendrá la transición completa? ¿Hemos de preocuparnos acerca de tales cosas en nuestro día? Algunos dicen que no, porque hasta ahora la historia ha seguido y ninguna cosa tan milagrosa ha ocurrido. Pero eso también era verdad siete días antes del diluvio, cuando Dios dió a Noé la amonestación: “Entra, tú y tu familia, en el arca,” porque “en sólo siete días más yo estoy haciendo que llueva sobre la tierra cuarenta días y cuarenta noches, y borraré toda cosa existente que yo he hecho de sobre la superficie de la tierra.” (Gén. 7:1-4, NM) La falta de precedente entonces no impidió la destrucción, ni lo hará ahora.

Pero otra vez preguntamos: “¿Cuándo vendrá?” ¿Nos ha dado Dios alguna medida de tiempo así como se la dió a Noé para que supiera cuándo huir de la destrucción? La respuesta es un sí definitivo. Volviendo al “árbol” de dominio mencionado en Daniel cuatro, encontramos tal medida de tiempo. Así como Jehová Dios habló al espíritu engañador en el Edén bajo el símbolo del instrumento terrenal de ése, la serpiente, igualmente aquí en el registro de Daniel vuelve a hablar Él a Satanás el Engañador bajo el símbolo de otro de sus instrumentos terrenales, el rey de Babilonia. Él aquí se refiere al dominio de Nabucodonosor como un “árbol” que había de ser cortado y entonces restaurado, mostrando cómo el dominio del amo de Nabucodonosor, el “querubín cubriente” de antes, fué cortado hasta el suelo al tiempo de su rebelión, así derribándose el “árbol” de dominio justo, y sin embargo cómo al debido tiempo de Jehová ese “árbol” de dominio brotaría de nuevo y crecería mediante quienquiera que él escogiese para recibir tal dominio.—Da 4 Versículos 15-17.

TIEMPO DE HUIR

En el caso de Nabucodonosor se fijó un período definitivo de tiempo “siete tiempos,” o siete años de 360 días, durante el cual período su dominio encumbrado sería degradado a locura bestial. ¿Qué significado tendría este período para su gran amo, el Diablo? Al coprofeta de Daniel, Ezequiel, le fué dada una parecida representación simbólica del tiempo, en relación con el punto en disputa de dominio, y a él Jehová declaró la regla: “Un día por cada año te he señalado.” (Eze. 4:6) Si se extienden los siete años de la locura de Nabucodonosor sobre esa base asignada por Jehová, entonces eso significaría que en el cumplimiento cabal de la profecía de Daniel estarían implicados tantos años como había días en los “siete tiempos” o años de aquel monarca terrenal. Dicho de otra manera, el justo dominio abandonado por el Diablo experimentaría un período profético de tiempo, no de 2,520 días, sino más bien de ese número de años.

Esos tiempos no empezarían a contarse inmediatamente después de la desviación de Satanás en el Edén. Por lo contrario, comenzarían mucho más tarde, después que la línea de fieles reyes de Jehová, que gobernaban “sobre el trono de Jehová,” fuera completamente detenida. (1 Cró. 29:23) Eso ocurrió en 607 a. de J.C. cuando Jehová trastornó el dominio del último rey de Judá, Sedequías, “hasta que venga Aquel cuyo es el derecho.”—Eze. 21:27.

Calamidades deplorables vinieron entre el 30 de julio y el 3 de agosto de 607 a. de J.C. Si nuestro entendimiento de los siete “tiempos” proféticos está correcto, entonces aproximadamente las mismas fechas 2,520 años más tarde debieran presenciar eventos de repercusión mundial, debieran presenciar eventos que tuvieran que ver con el “árbol” de dominio en las manos de “Aquel cuyo es el derecho.” Prediciendo una de las cosas que ocurrirían entonces, Jesús dijo: “Nación se levantará contra nación y reino contra reino.” (Mat. 24:7, NM) Con el tiempo transcurrieron 2,520 años y el mundo llegó al verano de 1914 (d. de J.C.). ¿Qué pasó entonces? ¡Llegó casi al día exacto! Entre el 28 de julio y el 4 de agosto de ese año el mundo aturdido fué lanzado en un remolino loco de matanza del cual aún no se ha recobrado. ¡La primera guerra mundial había empezado!

Verdaderamente 1914, el fin de los “siete tiempos” de Daniel, fué un año señalado. La señal de muchas facetas de Mateo 24 también se ha cumplido desde ese año sobresaliente. Hambres, pestilencias, terremotos, temor y ansiedad desgarradores, esto y más también ronda la tierra.

ADÓNDE HUIR

Tampoco son estos hechos históricos del día moderno solamente otra fase de una historia que se repite. En lugar de eso señalan la parte final de la gran guerra universal, “guerra de los dioses,” el principio del fin para Satanás y sus instrumentos terrenales, gobernantes locos, cuyo dominio sólo ha producido frutos amargos de inmoralidad, crimen y violencia. El capítulo doce de Apocalipsis nos dice por qué la tierra está en una condición tan calamitosa ahora: porque Cristo Jesús, en una violenta batalla celestial, ha echado a Satanás de su posición celestial, dejándolo enjaulado, por decirlo así, en la vecindad de la tierra. Cual bestia salvaje, arrinconado y enfrentándose a muerte segura, éste procura causar daño y devorar a cuantos pueda en el proceso.—1 Ped. 5:8.

Pero su fin es seguro, porque al tiempo de su degradación a la tierra salió un grito en el cielo: “¡Ahora han acontecido la salvación y el poder y el reino de nuestro Dios y la autoridad de su Cristo!” (Apo. 12:10, NM) Sí, la angustia que Satanás ahora trae a la tierra es para nosotros una señal segura de que por fin el poder de Jehová ha vuelto a manifestarse en el restablecimiento de dominio justo en la persona de su Hijo, Cristo Jesús. La destrucción del inicuo sistema de cosas de Satanás ha comenzado, y no cesará hasta que éste yazca en ruinas. En el capítulo dos de Daniel se describe esto como una piedra aprobada por Dios que hace añicos de los poderes mundiales y los pulveriza. Entonces la piedra crece y llega a ser una gran montaña que llena toda la tierra.— Da 2 Versículos 35, 44, 45.

Ahora es el tiempo, entonces, en que el monte de la casa de Jehová se establece como cabeza de los montes, y “fluirán a él todas las naciones.”—Isa. 2:2, 3.

De suma importancia ahora es el huir al monte de la casa de Jehová, porque todos los que se quedan en los “montes,” o gobiernos, de Satanás, serán molidos a polvo con ellos.

En números siempre crecientes personas piadosas abandonan el viejo sistema de cosas de Satanás. Más bien que abandonar sin fe las promesas de Jehová para nuestros días decisivos, ellas han dado testimonio intrépido acerca de los propósitos de Dios. Mediante éstas Su rugido de amonestación se oye resonando a través de la tierra, saliendo cual coro de una multitud de gargantas, así como predijo Oseas: “En pos de Jehová andarán; el cual rugirá como león; porque en efecto rugirá, y sus hijos acudirán temblorosos desde el occidente. Temblorosos acudirán, cual ave, desde Egipto, y como paloma, desde la tierra de Asiria; y yo los haré habitar en sus casas, dice Jehová.”—Ose. 11:10, 11.

Aun mientras están en medio del viejo sistema moribundo de Satanás llegan a ser parte del nuevo sistema de cosas. Sabiendo que la “amistad del mundo es enemistad contra Dios,” ellos aun ahora viven según los justos principios del nuevo mundo de Jehová, formando así una sociedad de gente del Nuevo Mundo, el núcleo de un justo dominio terrenal por venir, bajo la jefatura de su Rey reinante celestial, Cristo Jesús. Como testigos dedicados de Jehová ellos seriamente suplican a toda persona de buena voluntad hacia Dios: “¡Tomad con vosotros palabras, y volveos a Jehová! decidle: ¡Quita toda nuestra iniquidad, y acéptanos bondadosamente!” Al colocarse así bajo la sombra de protección de Jehová, ellos serán perdonados para recibir vida eterna en su nuevo mundo sin fin.—Sant. 4:4; Ose. 14:2, 7.

Sí, “El león rugió ya, ¿quién no temerá? Jehová el Señor ha hablado ¿quién puede dejar de profetizar?” (Amós 3:8) ¡La amonestación se ha dado! ¡Hay muerte súbita inminente! ¡Huya por su vida!

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