Cuándo y dónde se descarriaron las cosas
ESTA Tierra podría ser un lugar deleitable en el cual vivir. Aun con todos los problemas de la actualidad, la mayoría de la gente obtiene cierto grado de disfrute de la vida. Es por eso que la gente hace casi cualquier cosa para no perder su vida. Los que “se rinden” y prefieren la muerte porque hallan demasiado dura la vida siguen siendo solo una fracción pequeña de los casi 4.000.000.000 de habitantes de la Tierra.
Sin embargo la felicidad genuina elude a la humanidad como un todo. Aun bajo las circunstancias más favorables se siguen manifestando los males, interrumpiendo las alegrías de la gente, creando inquietud, incertidumbre, frustración y, a veces, amargas desilusiones, cruel descorazonamiento y depresión. Estos males son persistentes, y aparentemente desafían la eliminación. No tienen límites, llegando a la vida de las personas en todas partes. Las malas condiciones de proporciones colosales representan una grave amenaza.
Algo parece ‘andar mal,’ estar ‘descompuesto’ con la humanidad misma. ¿Qué es? Obviamente tuvo de tener su comienzo en alguna parte, en algún tiempo. ¿Cuándo y dónde comenzó?
Un problema de familia
Si leemos libros de historia y nos remontamos, siglo tras siglo, hallamos evidencias de violencia, crimen, guerra, opresión, pobreza, hambre y enfermedad por todo el trayecto, hasta que al fin esos libros de historia se agotan en el pasado distante. No obstante, aunque se entrelazan de una nación a otra, de una raza a otra, estas historias muestran que todos somos una sola familia. La ciencia moderna reconoce esto. Como declara el antropólogo M. F. Ashley Montagu:
“Todas las variedades del hombre pertenecen a la misma especie y tienen la misma remota ascendencia. Esta es una conclusión a la cual señala toda la evidencia pertinente de la anatomía comparativa, la paleontología, la serología y la genética. Considerando solo las razones genéticas es virtualmente imposible concebir que las variedades del hombre se hayan originado por separado.”
Sí, la familia humana es una; todos tuvimos los mismos padres en algún punto del pasado. Tal como lo declara una publicación de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO):
“Todos nosotros, si nos remontáramos lo suficiente, centenares de generaciones, llegaríamos al mismo lugar... a la base del árbol genealógico humano . . . Nuestro antecesor común bien pudo haberse llamado Adán, que también significa hombre en hebreo, porque el relato bíblico muy conocido indicó de antemano la evidencia de la ciencia de que los hombres actuales provienen de un tronco común.”
La única fuente histórica que se remonta al principio
Los libros de historia seglar no se remontan hasta los comienzos del hombre. Sus registros desaparecen hacia el tercer milenio antes de la era común. Pero hay un registro histórico que se remonta hasta el mismo principio. Ese es la Biblia. Quizás el lector nunca la haya examinado. Si es así, tal vez no se haya dado cuenta de que ésta suministra una historia coherente y fechada que no se iguala con otros registros antiguos o con otros llamados escritos sagrados. Su registro es tan completo y amplio que un historiador del primer siglo, el médico Lucas, pudo trazar la genealogía de Jesús de Nazaret a través de cuatro mil años, paso a paso y nombre tras nombre, remontándose hasta el mismo primer hombre, Adán.—Vea Lucas 1:1-4; 3:23-38.
La Biblia también nos dice cómo se inició todo el sufrimiento humano y cómo y por qué llegó a ser una herencia común, constante y humanamente imborrable de la entera familia humana. Ninguna otra historia nos relata esto; ningún otro escrito sagrado lo hace. Ante la ausencia de cualquier otra fuente, ¿dónde buscaremos la respuesta a la pregunta acerca del Origen del sufrimiento y el desorden humano? Si no buscamos la respuesta de una fuente histórica, ¿qué nos queda? Solo la opinión humana, conjeturas... con amplias diferencias y desacuerdos. Seguramente en vista de la magnitud de la pregunta —la más perpleja en la vida— deberíamos estar dispuestos a considerar la información que se suministra por medio de la historia bíblica.
Un comienzo perfecto para la humanidad
La Biblia muestra que Dios creó a la primera pareja humana, Adán y Eva, como criaturas perfectas en cuerpo y mente. ¿Esperaríamos algo distinto de Aquel de quien la Biblia dice: “Perfecta es su actividad”? (Deu. 32:4) El registro de las Escrituras muestra el profundo interés paternal de Dios por esa pareja original. Los padres humanos de hoy hacen preparativos por adelantado para la llegada de sus hijos alistando las cosas para el nuevo miembro de la familia. Semejantemente, la Biblia narra los cuidadosos preparativos de Dios para su primer hijo e hija humanos. Él los inició en la vida —no en un pantano, una caverna, un desierto o una selva— sino en una zona parecida a un parque, un verdadero jardín botánico con árboles frutales y de otras clases, donde no necesitaban sentir hambre. Les dio un trabajo que tenía propósito. Estableció delante de ellos metas realizables y estimulantes... el extender las condiciones paradisíacas por toda la Tierra, con la ayuda de la multiplicación de la descendencia que iban a engendrar.—Vea Génesis 1:26-28; 2:7-9, 15.
Ciertamente aquí no hay base para acusar a Dios de ninguna falta de cuidado. Ni tampoco hay nada de irreal acerca del relato. ¿No debemos reconocer honradamente que, hasta este mismo día, la meta establecida por Dios en Génesis es lo que el hombre ha estado esforzándose por alcanzar... a saber, una Tierra parecida a un parque, libre de hambre y necesidad y habitada por gente sana que se ocupe de actividades recompensadoras? Pero, ¿por qué no se ha logrado esa meta? ¿A qué se debe que los esfuerzos de la humanidad se han vuelto contra ella, causando la contaminación de la Tierra y dañando seriamente el equilibrio ecológico? Una vez más la Biblia muestra el porqué, y lo hace de un modo real y razonable.
Una prueba para el bien de la humanidad
La mayoría de las personas saben que el relato bíblico muestra que Dios puso uno de los árboles en el hogar jardín “fuera de límite” para ellos, y que la violación de su prohibición, comiendo del fruto del árbol, acarrearía la pena de muerte. (Gén. 2:9, 16, 17) Pero pocas personas se detienen a pensar en la sabiduría que se mostró en este arreglo. Considere:
¿Cómo mostramos como padres humanos interés genuino por nuestros hijos? ¿Es solo por medio de proveer las necesidades materiales? ¿No es acaso aun más por medio de ayudarlos a desarrollar correctas normas de conducta, ayudándoles a aprender principios sanos, verdades básicas que no pueden pasar por alto si es que van a ser felices en la vida? Si se consiente a un hijo o hija y se le permite que haga sencillamente lo que él o ella siente deseos de hacer, ¿es esa tolerancia un caso de interesarse o desinteresarse? Sabemos lo que sucede cuando los padres desatienden su responsabilidad, dejando de educar y enseñar a sus hijos. La desenfrenada delincuencia juvenil de hoy día causa enormes angustias y desilusiones a padres y madres y en gran medida es un resultado de esa falta de cuidado y dirección firme de los padres.
Dios se aseguró de grabar en su primer hijo e hija humanos normas justas y propias. Él fue su Dador de Vida. La falta de respeto a él y su palabra no podría acarrearles nada bueno. De hecho no tendría sentido, porque no estaría en armonía con la realidad, pasando por alto los hechos de la vida. Esa falta de respeto fomentaría —no la felicidad y la paz— sino el egotismo, el egoísmo y la ingratitud. Por otra parte, un respeto profundo a él, podría traer beneficios sin fin. Los mantendría receptivos a la sabiduría, poder y amor superlativos de Dios. Mantendría a las criaturas humanas viviendo armoniosamente, fomentando el respeto y la preocupación por los intereses y sentimientos de otros. Hoy día, cuando vemos cuantas de las dificultades de la humanidad resultan debido a que la gente es egocéntrica, teniendo tan poco interés por los derechos e intereses de su prójimo, deberíamos poder apreciar el valor de lo que Dios hizo por la primera pareja humana al enfatizar la necesidad vital de respetar Sus derechos e intereses como el Soberano Universal. El “árbol del conocimiento de lo bueno y lo malo” que él les “prohibió” se usó para representar o simbolizar su derecho soberano de decidir por sus criaturas lo que es “bueno” y lo que es “malo” para ellos.
Los medios que Dios usó para hacer esa prueba del respeto de ellos mostraron consideración y además le concedieron a la humanidad una dignidad natural. Fue lo apropiado para sus circunstancias. ¿Cómo es eso? Bueno, aunque fueron creados como adultos maduros, la pareja humana todavía era nueva en cuanto a la vida. Al darle la oportunidad de demostrar su respeto y lealtad a su soberanía, su Creador usó, no algo complicado o confundidor, sino algo sencillo y directo, algo que implicaba una actividad diaria, a saber, comer. Además, de este modo, Dios no estaba haciendo una prohibición que entrañaba una sospecha de tendencias depravadas o inclinaciones maliciosas en el hombre, porque el comer en sí mismo era una acción normal y apropiada. Aunque la prohibición de comer de ese árbol en particular limitaba a la pareja humana, esos límites ciertamente no les impedían la libre acción o el pleno disfrute de la vida. No tenían por qué sentirse de algún modo privados de algo esencial para su felicidad en vista de todos los otros árboles frutales disponibles. (Gén. 2:9) Y, finalmente, aunque era sencilla, esta prueba de su obediencia y respeto estaría en armonía con el sabio principio enunciado más tarde por el Hijo de Dios, es decir, “la persona fiel en lo mínimo es fiel también en lo mucho, y la persona injusta en lo mínimo es injusta también en lo mucho.”—Luc. 16:10.
La libertad para elegir
La Biblia también muestra que Dios le dio a su hijo e hija humanos la libertad de selección, el libre albedrío. ¿Por qué? Porque Dios cuidaba de ellos y se interesaba por ellos. Él había mostrado amor por medio de traerlos a la vida y por medio de los preparativos que había hecho para su felicidad terrenal. Si Dios los hubiera creado de modo que fueran automáticamente obedientes e incapaces de obrar de otro modo, entonces jamás podrían mostrar en respuesta amor genuino a su Creador. Su obediencia sería mecánica. El amor verdadero requiere un querer hacer las cosas que agradan a otros o que son en su interés. (Deu. 30:15, 16) Y nosotros mismos sabemos que obtenemos el más grande placer por hacer cosas para otros cuando sinceramente queremos hacerlas debido a que nos interesamos por ellos. Y otros alegran nuestro corazón al hacer cosas por nosotros solo cuando sabemos que lo hacen espontánea y libremente.
Nuestros primeros padres escogieron la desobediencia a Dios, como lo muestra el relato. ¿Parece increíble que se hayan vuelto en contra de Dios en vista de todo lo que él había hecho por ellos? Podría parecer increíble si nosotros no supiéramos las cosas casi inverosímiles de las cuales ha sido capaz el hombre en el pasado y en el presente. Hemos visto a individuos volverse en contra de sus cónyuges fieles y amorosos, hijos volverse contra los padres, padres contra los hijos, frecuentemente sin ninguna razón en absoluto. Hemos visto a personas en varias naciones expresar un odio maligno en contra de sus prójimos y conciudadanos, perseguir y hasta participar en la matanza en conjunto de ellos sin causa justificada. Por lo general habían sido aguijoneados por la propaganda falsa que incitó a la desconfianza, el resentimiento y que excitaba los deseos egoístas.
La Biblia muestra que la primera mujer, Eva, fue sometida a una propaganda similar por un hijo espíritu de Dios que se había rebelado. Ella pudo haber resistido esto, tal como nosotros hoy día, aunque imperfectos, podemos resistir esa propaganda venenosa. En cambio, ella permitió que se desarrollara la falta de confianza en el amor y sabiduría y justicia de Dios... como si él estuviera reteniendo algo de la humanidad. Ella invadió sin derecho la propiedad de él, sus derechos soberanos, por medio de violar su ley concerniente al “árbol del conocimiento de lo bueno y lo malo” y su fruto. Ella persuadió a su esposo a unírsele.
Las consecuencias de la deslealtad
Sabemos que en nuestros propios días las acciones sencillas pueden tener enormes consecuencias. El descuido humano de una sola persona al encargarse de un factor de seguridad relativamente pequeño en la construcción de un edificio puede resultar en un desastre que quizás cueste la vida de veintenas de personas. El descuidar un rasgo similar en una presa puede conducir a su rotura y desatar una inundación destructiva que podría causar enormes daños y destrucción. Una sola acción de falta de honradez o de corrupción de parte de un gobernante puede abrir el camino en un gobierno para una reacción en cadena de maldades y conducir a gran injusticia y daño para miles o quizás millones de personas.
La consecuencia de la deslealtad a Dios de nuestro primer padre resultó en precipitar a la familia humana en el pecado y imperfección. La regla ineludible que se establece en la Palabra de Dios es que “de Dios uno no se puede mofar. Porque cualquier cosa que el hombre esté sembrando, esto también segará; porque el que está sembrando teniendo en mira su carne, segará de su carne la corrupción; mas el que está sembrando teniendo en mira el espíritu, segará del espíritu vida eterna.” (Gál. 6:7, 8) El antepasado de la humanidad, Adán, puso los deseos carnales por encima de los intereses espirituales, tal como hoy día una marea global de materialismo prácticamente ha ahogado el interés de la gente por los asuntos espirituales y la guía de Dios. Adán segó imperfección y corrupción y no pudo evitar pasar éstas como una herencia a sus descendientes. Como lo declara la inspirada Palabra de Dios en Romanos 5:12: “Por eso es que, así como por medio de un solo hombre el pecado entró en el mundo y la muerte por medio del pecado, y así la muerte se extendió a todos los hombres porque todos habían pecado.”
El hombre que hoy día voluntariamente participa en conducta inmoral y contrae una enfermedad venérea o sufre daño en los cromosomas como consecuencia de la afición a las drogas, producirá hijos defectuosos. Su falta de interés en los sufrimientos que esto acarreará a su prole no se puede atribuir justamente a Dios. Ni tampoco se puede atribuir a Dios la falta de interés de nuestro primer padre y las consecuencias de esto. Al mostrar dónde reside la culpa, el escritor inspirado nos dice: “¡Ve! Esto solo he hallado, que el Dios verdadero hizo a la humanidad recta, pero ellos mismos han buscado muchos planes.”—Ecl. 7:29.
Pero, aunque está libre de la responsabilidad por el comienzo del sufrimiento humano, ¿por qué es que Dios no ha puesto fin a esto antes de ahora? Su razón para esperar hasta nuestro día revela, no una actitud desinteresada, sino un interés verdadero por el bien eterno de la humanidad. ¿Cuál es esa razón?
[Ilustración de la página 10]
La Biblia muestra que el propósito de Dios era hacer de toda la Tierra un hermoso parque para la humanidad. ¿No es eso lo que la humanidad todavía quiere?
[Ilustración de la página 12]
Las naciones no toman a la ligera una intrusión de parte de extranjeros. ¿Por qué debe permitir Dios que su gobernación propia y justa sea tratada con falta de respeto, como se hizo en Edén?
[Ilustración de la página 13]
Cuando se pasan por alto factores de seguridad aparentemente pequeños, hasta una gran estructura como una presa puede desplomarse. Algunas personas consideran el pecado del primer hombre en el Edén como algo pequeño, pero desató una marea montante de iniquidad y sufrimiento