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¡Despertad! 1981
g81 22/9 pág. 24

Niebla impresa

MUCHAS PERSONAS tienden a clasificar lo que leen según lo “inteligente” que les parezca, más bien que por lo entendible que sea. J. Scott Armstrong, profesor de asuntos mercantiles en la Universidad de Pensilvania, E.U.A., ilustró esto recientemente. Pidió a 20 profesores de administración comercial que clasificaran 10 revistas sobre administración comercial que habían sido escritas con diversos grados de claridad. El informe sobre los resultados, publicado en la revista “Psychology Today,” dice: “Como se esperaba, la revista que fue clasificada como la mejor era la de más difícil lectura; mientras que la de más fácil lectura recibió la clasificación más baja.”

Para determinar si las revistas de más prestigio eran más difíciles de comprender debido a que trataran con ideas más complejas, Armstrong volvió a escribir ciertas secciones para hacerlas más legibles sin cambiar el significado.

Una de las revistas clasificadas entre las mejores decía originalmente: “Este periódico llega a la conclusión de que para aumentar la probabilidad de mantener a un cliente [bancario] esperando en fila, el servidor debe dirigir su influencia hacia modificar en el cliente el juicio subjetivo inicial de éste respecto al tiempo medio de servicio de modo que el cliente quede bajo la impresión de que es breve, o tratar de convencer al cliente de que su valor de servicio por tiempo es grande.”

Esto fue cambiado a lo siguiente: “Hay mayor probabilidad de que un cliente [bancario] espere en fila si usted logra hacerle creer que no tendrá que esperar mucho tiempo. Otra manera de hacer esto es convencer al cliente de que le beneficiará mucho el esperar.”

Otro grupo, esta vez compuesto de 32 profesores, entonces clasificó cuatro muestras de escritos como los ya mencionados, sin saber de qué fuente provenían. La revista “Psychology Today” informa: “Una vez más los profesores clasificaron las versiones de fácil lectura en un nivel inferior a las de lectura difícil.” El profesor Armstrong resumió así sus hallazgos: “Si no los puede convencer, confúndalos.”

Especialmente los escritores de los campos del derecho, la religión y la medicina son culpables de producir lo que pudiera llamarse niebla impresa. Alfred D. Berger, director de la revista “Medical World News,” escribe: “Lo que los médicos le hacen al idioma inglés puede hacer llorar al director de una publicación.” El señor Berger relató el caso de una estudiante de medicina cuyo profesor insistió en que ella escribiera que un paciente “se hallaba en condición de diaforesis profusa” en vez de que “estaba sudando mucho.”

El director de la revista explicó que la jerga médica se hace parte del vocabulario de los médicos en la escuela de medicina debido “al deseo natural de adquirir el habla de los ‘grandes’ de la escuela.” Dijo él: “Agréguese a esto cierto grado de pereza... es más fácil usar una palabra de utilidad general y que impresione, como ‘procedimiento’ que seleccionar una palabra más precisa, tal como prueba, operación, método o técnica.”

Otro factor, dice Berger, es el esfuerzo consciente que se hace por utilizar un “vocabulario que no puedan entender los que no son profesionales. Esto hace que los que emplean ese vocabulario se sientan más sabios y más instruidos que los que no lo usan, y también les permite hablar en términos que están fuera del alcance de los no iniciados.”

El Dr. Saul Radovsky concuerda con este parecer, pues en el “New England Journal of Medicine” escribe: “Una mirada a las revistas médicas demuestra que la buena ciencia rara vez va acompañada del buen arte de escribir, y que a menudo se desea demasiado cuando se espera una redacción fácil de entender.” Se citó el ejemplo de un investigador que escribió:

“Usamos una prueba de luminiscencia química para examinar las reacciones de los leucocitos polimorfonucleares del paciente a numerosos estímulos individualizados y solubles. Los leucocitos polimorfonucleares del paciente presentaron reacciones de luminiscencia química sustancialmente débiles durante la fagocitosis de las partículas opsonificadas.”

Lo que querían decir los científicos era que los corpúsculos blancos de la sangre del paciente no estaban produciendo la cantidad normal de luz al atacar a sustancias extrañas que se habían introducido en la corriente sanguínea.

Claramente hay poca justificación para expresar mediante palabras complicadas ideas que de por sí son complejas. O la persona está tratando de impresionar a alguien, o no puede expresarse con claridad.

“A menos que . . . profieran habla fácil de entender, ¿cómo se sabrá lo que están hablando? En efecto, estarán hablando al aire.”—1 Cor. 14:9.

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