Agradecido por lo que tengo
¿Cómo puede salir adelante una persona cuando le sobreviene una tragedia que la deja incapacitada? ¿Realmente importa tener una fe fuerte en Dios y en sus promesas? ¿Cómo reaccionará la familia? ¿Podrán todos mantener una actitud positiva? A continuación se relata la historia de una familia que luchó por salir adelante.
EL DÍA 1 de junio de 1957 fue el último día “normal” de mi vida. Había empezado como otro día cualquiera... me levanté temprano y fui a mi trabajo de leñador en Deer Lake, Terranova. Todo transcurría normal.
Acababa de cortar un gran árbol y ya se estaba desplomando cuando de pronto una ráfaga de viento cambió inesperadamente la dirección de su caída. Era demasiado tarde para apartarme. El árbol me cayó encima de la espalda, arrojándome al suelo y dejándome inconsciente. Más tarde, cuando recobré el conocimiento, no podía moverme.
Me llevaron al hospital de Corner Brook, y después de hacerme muchas pruebas se comprobó que tenía la columna vertebral parcialmente fracturada, lo cual hizo necesario que me extirparan tres vértebras. ¡Quedé paralizado desde el cuello para abajo!
El amor supera la incapacidad
Resulta difícil imaginar la sensación de incapacidad total y frustración que una calamidad de esa clase puede producir. No podía ni peinarme ni comer por mí mismo. De hecho, ni siquiera sabía cuándo tenía hambre.
Yo había sido un hombre corpulento, fuerte y enérgico. Y ahora me veía convertido en un lisiado incapacitado. ¡Cuántos ajustes hacían falta para poder enfrentarme con la vida! ¿Cuánto podría aguantar una persona? Eso era algo que descubriría durante los muchos años que iban a transcurrir.
Nunca lo hubiera logrado sin el cuidado amoroso de mi esposa Hilda. En Proverbios 18:22 la Biblia pregunta: “¿Ha hallado uno una esposa buena?”. En caso afirmativo, dice que uno “ha hallado una cosa buena”. Verdaderamente mi esposa fue una bendición para mí y para nuestra familia de siete hijos.
Cuando tuve el accidente el menor de nuestros hijos tenía dieciocho meses, de modo que hasta entonces gran parte del tiempo de Hilda estaba dedicado a cuidar de ellos. Entonces yo llegué a ser como otro niño, pero hasta requería más atención, pues una vez bañado y vestido no se me podía dejar para correr y jugar. No, tenían que acostarme y arroparme.
Pero a pesar de todo había veces que encontrábamos cosas de las que reírnos. Por ejemplo, mi esposa solía sacarme a pasear en mi silla de ruedas. En cierta ocasión mi cuerpo continuamente se inclinaba hacia un lado de la silla. Ella me ponía derecho, pero parecía ser que aquel día no había manera de lograrlo. Finalmente Hilda me dijo: “¿Qué te pasa, Lindsay?”. Cuando llegamos a casa lo descubrimos. Al sacarme de la silla vio que en el asiento había una lata grande. Como había perdido el sentido del tacto, yo no me había dado cuenta. Por eso, como mi peso no estaba equilibrado, continuamente me ladeaba.
Ayuda amorosa
A pesar de mi difícil situación, el amor de Jehová Dios me ha sostenido. Proverbios 3:5 y 6 nos aconseja que ‘confiemos en Jehová con todo nuestro corazón, y él hará derechas nuestras sendas’. ¡Qué bendición es esa!, pues si no hubiera sido por el amor de Jehová y la verdad bíblica, yo no hubiera podido aguantar. Pero no siempre había confiado en Jehová. De hecho, hubo un tiempo en que ni siquiera le conocía.
Nací en 1911, en un lugar llamado Little Catalina, Trinity Bay, Terranova. Fui criado por padres religiosos, lo cual contribuyó a que sintiera respeto por la Biblia y la leyera de vez en cuando. A medida que la leía me iban surgiendo preguntas, tales como: ¿Verdaderamente vivirá el hombre para siempre en la Tierra como dice el Salmo 37:29? Para saberlo se lo pregunté a mi clérigo. Su respuesta fue: “Tendrás que esperar hasta que ‘cruces el Jordán’ para averiguarlo”. Las otras preguntas que le fui haciendo parecía que le molestaban. Hasta que un día me dijo: “Lindsay, tu problema es que haces demasiadas preguntas”.
No fue sino hasta 1948, cuando nos trasladamos a la comunidad de Cormack, que empecé a recibir respuestas. Allí conocí a dos testigos de Jehová, Gus Barnes y Jack Keats. Me alegró mucho ver que estos hombres se basaran en la Biblia para responderme. Aquello me satisfizo tanto que al año siguiente me bauticé en símbolo de mi dedicación a Jehová.
Ese mismo año volvimos a trasladarnos, esta vez hacia el norte, a Goose Bay, en la costa del Labrador, donde iba a trabajar con maquinaria pesada. Pronto mi patrono descubrió que yo era testigo de Jehová, y aún no habían transcurrido dos meses cuando se me despidió y se me dijo que me marchara de la ciudad. Pero rehusé marcharme. En aquellos días la gente tenía miedo de escuchar “algo nuevo”, aunque este mensaje tenía muchos más años que ellos.
Mis hijos tampoco pasaron inadvertidos. Les crearon muchas dificultades en la escuela hasta que la policía fue a ver a las autoridades escolares y les recordó que los testigos de Jehová habían luchado y habían ganado las causas judiciales más sobresalientes de Canadá tocante a la libertad religiosa. El resultado fue que tanto a mis hijos como a los hijos de familias de otras religiones se les aseguró su libertad religiosa.
Hoy en día las cosas han cambiado en esa zona. En 1985 se hizo un Salón del Reino de construcción rápida para una floreciente congregación del pueblo de Jehová, entre cuyos miembros se cuenta una de mis hijas.
Ayuda para superar una gran pérdida
En 1951 nos trasladamos a Deer Lake, la ciudad donde hemos vivido hasta ahora. Durante aquellos años difíciles era necesario ejercer aguante. Pero iban a pasar cosas que requerirían de mí aún más aguante.
Hilda, mi querida compañera de toda la vida, sufría del corazón y murió de un ataque en 1963. La enterraron en un frío día de invierno, mientras yo lo observaba sentado en mi silla de ruedas. La soledad que sentí parecía imposible de soportar. ¿Qué iba a hacer ahora? Era totalmente incapaz de cuidar de mí mismo, y mucho menos de cuidar de mi familia.
Pero Jehová es fiel, y siempre nos da la salida si confiamos en Él. (1 Corintios 10:13.) Sus siervos, mis hermanos cristianos, me dieron mucho consuelo, lo cual me fortaleció para seguir adelante. Mi hija Yvonne asumió la responsabilidad de cuidarme. ¡Qué bendición ha resultado ser ella para mí!
Aunque Yvonne tiene su propia familia a la que atender, se ha preocupado por satisfacer mis necesidades. El hospital más cercano está a 50 Km. (30 millas) de distancia. Mi hija me ha tenido que llevar muchas veces a ese hospital para recibir tratamiento. Cuando mis problemas de salud se agravan, tengo que viajar en avión al hospital de St. John’s, a unos 640 Km. (400 millas) de distancia. Yvonne siempre me acompaña.
Debido a que mi organismo no funciona como debiera, a veces he sufrido enfermedades graves. Me han tenido que extraer cálculos renales; varias veces me han tenido que operar debido a infecciones; debido a úlceras por decúbito he tenido que pasar meses en el hospital y otros meses más en casa, postrado en cama, siendo incluso necesario en algunos casos someterme a injertos de piel; mis problemas intestinales terminaron en una colostomía; y también llegué a tener diabetes.
Muchas veces surgió la cuestión de la sangre. Pero al final los doctores concordaron en operarme sin utilizar sangre. Gracias a su destreza y preocupación siempre he salido bien de las operaciones sin necesidad de transfusiones de sangre. (Hechos 15:29.)
Mi hija, su esposo y su familia me han fortalecido en todas mis dificultades, levantándose por la noche para atenderme, dándome de comer, bañándome, cambiándome los vendajes y llevándome a las reuniones y asambleas cristianas donde tanta fuerza espiritual adicional recibo. A veces hasta he participado en el programa de la asamblea. ¡Los hijos amorosos verdaderamente son una rica bendición de Jehová! (Salmo 127:3.)
Muchos motivos para sentirme agradecido
Sí, tengo muchos motivos para sentirme agradecido. Aunque mi cuerpo está paralizado, mi mente está despierta, y puedo hablar. Me he valido de esta capacidad para dar a conocer el nombre y los propósitos de Jehová a todas aquellas personas de los hospitales que estaban dispuestas a escuchar: doctores, enfermeras, pacientes, clérigos que visitan los hospitales y amigos que venían a visitarme.
Además, ahora dispongo de una silla de ruedas accionada con dos baterías de 12 voltios que puedo manejar mediante una varilla acoplada al brazo de la silla. Hay veces que cuando salgo con mi silla me encuentro a amigos y vecinos y tengo más oportunidad de hablarles de los propósitos de Dios. Me siento agradecido de poder hacerlo.
Varios de mis hijos han dedicado su vida a Jehová, y a su vez están enseñando a sus hijos a servirle también, lo cual me produce mucho gozo. Mi esposa era una adoradora bautizada de Jehová; mi madre se bautizó a los 75 años y sirvió a Jehová hasta que murió.
Ahora espero con ilusión el día cuando ‘Dios mismo estará con su pueblo y limpiará toda lágrima de los ojos de ellos, y cuando la muerte no será más, ni existirá ya más lamento ni clamor ni dolor’, y cuando ‘el cojo trepe justamente como lo hace el ciervo’. (Revelación 21:3, 4; Isaías 35:5, 6.)
En aquel tiempo la Tierra rebosará de paz total, y los que se sometan a la gobernación de Dios segarán los beneficios. La Biblia promete: “Los mansos mismos poseerán la tierra, y verdaderamente hallarán su deleite exquisito en la abundancia de paz”. ¿Por cuánto tiempo? “Los justos mismos poseerán la tierra, y residirán para siempre sobre ella.” (Salmos 37:11, 29; 72:7.)
Esas son cosas maravillosas para esperar con ilusión. Y mi gozo será completo cuando en el nuevo sistema de Jehová hasta ‘los que estén muertos en las tumbas conmemorativas saldrán’. (Juan 5:28, 29.)
Mientras permanezco postrado día tras día, tengo la oportunidad de repasar mi vida y ver si he obtenido algún beneficio. Puedo decir sin ninguna vacilación que he recibido muchos beneficios. Mi espiritualidad ha crecido notablemente. He aprendido a depender mucho de Jehová. En lugar de quejarme de mi suerte en la vida o de lo que me falta, he aprendido a apreciar lo que tengo. Y el agradecimiento que siento por mi amorosa familia cada vez es más grande.
De modo que estoy sumamente agradecido a Jehová por lo que actualmente tengo, y espero con ilusión el cumplimiento de la maravillosa esperanza que atesoramos de vivir en el nuevo sistema de Dios. Entonces disfrutaré de salud perfecta. ¡Qué día tan feliz será ese!— Según lo relató Lindsay Stead.
[Comentario en la página 11]
La muerte de mi querida esposa requirió de mí aún más aguante
[Comentario en la página 12]
Los hijos amorosos verdaderamente son una bendición de Jehová
[Fotografía de Lindsay Stead en la página 10]