La esperanza del Reino la sustentó
EN ABRIL de 1987, Lila, una mujer de más de ochenta años, vio morir a su marido en un hospital cercano a Portland (Oregón, E.U.A.). Los ojos de las compasivas enfermeras estaban fijos en ella. Lila miró al cadáver, se acercó y le dio unas palmaditas.
“Has sido un buen marido —dijo—. Te veré en la resurrección.” Entonces se volvió y añadió: “Digo esto porque soy testigo de Jehová. Déjenme que se lo explique”, y pasó a hablarles de la resurrección y del nuevo mundo de Dios.
Más tarde, cuando se marchaba del hospital, el cardiólogo que había tratado a su marido la abordó en el pasillo, se detuvo y le dio el pésame. Ella en seguida empezó a explicarle que pronto vería a su marido en el nuevo mundo gracias a una resurrección. Le dio bastante testimonio hasta que él tuvo que despedirse: “Lila, espero que así sea”, le dijo. Mientras el doctor se giraba para marcharse, Lila respondió: “Así será, y también quiero verle a usted allí”.
Aunque Lila no lo sabía, el doctor había recibido la visita de unos testigos de Jehová, y ver cómo la fe de Lila la había fortalecido durante la terrible tensión de la muerte de su marido y oír la esperanza tan positiva que ella tenía para el futuro le sirvió de estímulo para continuar junto con su esposa las conversaciones con los testigos de Jehová.
Unos meses más tarde, en enero de 1988, Lila empezó a encontrarse mal y tuvo que ser ingresada en el hospital. No respondía a la medicación y parecía que se moría por momentos. Cuando el cardiólogo se enteró, en seguida fue a visitarla a la Unidad de Cuidados Intensivos y le preguntó: —Bueno, Lila, ¿qué tal le va?
—Me parece que no muy bien.
—Echa de menos a Erick, ¿verdad?
—Sí, supongo que sí, más que nunca.
Entonces él pasó a hablarle de la promesa bíblica de ver de nuevo a Erick en la resurrección, así como de la esperanza de vivir para siempre en perfección en el nuevo mundo. Esas eran las mismas cosas que Lila le había explicado meses antes, cuando su marido había muerto. Aquella fue la mejor medicina que le pudo dar. Empezó a sentirse mejor, al cabo de una semana salió del hospital y reanudó el ministerio cristiano con vigor renovado.
¿Y qué pasó con el cardiólogo? Él y su esposa dedicaron su vida a Dios y se bautizaron en la asamblea de distrito de los testigos de Jehová celebrada en junio de 1988 en la ciudad de Corvallis (Oregón, E.U.A.).—Contribuido.