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  • Clero y guerra—un cuadro confuso
  • La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1952
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La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1952
w52 15/3 págs. 180-184

Clero y guerra—un cuadro confuso

CUANDO Jesús concluyó su famoso sermón del monte “las muchedumbres estuvieron atónitas de su modo de enseñar; porque estaba enseñándoles como una persona teniendo autoridad, y no como sus escribas”. (Mat. 7:28, 29, NM) Él se apoyó mucho en las inspiradas Escrituras hebreas para dar sustancia a su sermón, y esto le dió un sonido de autoridad divina. Diferente de los escribas y fariseos, él no dependió de las tradiciones y mandamientos de hombres para apoyo. De Cristo está escrito, “Las ovejas le siguen, porque conocen su voz.” (Juan 10:4, NM) Su voz repetía la Biblia. Oían en sus palabras los principios justos de la Biblia. Su conversación era franca, sus palabras sencillas, su significado claro. Ninguna plática de doble sentido para ser variadamente construída e interpretada, nada de quisquilla y ambigüedad que parecieran ser las de un abogado astuto en vez de un ministro denodado. Él no adulteró o transigió o abandonó sus principios en nombre de una sarta interminable de “conveniencias”. Con él era la verdad de la Biblia sin importarle las consecuencias. Fué esta clase de plática la que pasmó a oídos acostumbrados a la predicación de los escribas y fariseos que temían a los hombres, trataban de agradar a los hombres, de ser admirados por los hombres, y de enriquecerse a costa de los hombres. Jesús agradó a Dios, y habló con la autoridad de Dios.

¿Qué hay de los que dicen hablar por Dios hoy día? ¿Lo hacen con un autoritativo sonido de verdad y justicia de la Biblia? O ¿repiten la opinión humana, como lo hicieron los escribas y fariseos? Probemos algunas de las opiniones acerca de guerra, dado que es un tema general de sus sermones.

El 29 de noviembre de 1950, el Concilio Nacional de Iglesias fué oficialmente constituído. Comprende 31,000,000 de miembros de las sectas protestantes americanas. La propia pretensión del concilio es que “eleva su voz en favor del modo de vida cristiano”. Debido al peligro de guerra, a una comisión se le había “pedido que buscara bajo el cielo una palabra cristiana que pudiera guiar o fortalecer a nuestros compañeros cristianos y a nuestros prójimos en las tinieblas con que nos enfrentamos juntos”. La “palabra” que vino fué un informe extenso que fué muy vago. Condenó el pacifismo, abogó por las Naciones Unidas; justificó la movilización total, pero no la guerra total; declaró que ningún método de luchar es limpio, pero opinó que algunos métodos son más sucios que otros. ¿Bombas atómicas? Si las usan primero contra nosotros, podríamos “usarlas en represalia con toda la limitación posible”.

¿Qué textos se ofrecieron para dar el sonido de autoridad bíblica al informe? Ninguno. Dos miembros de la comisión rehusaron firmar la declaración, diciendo uno de ellos que estaba enredada y confusa y tenía el efecto de “hacer que los cristianos de mala gana hicieran lo que la necesidad militar requiere”, y el otro dijo que el informe era una “contradicción de términos” y no ofrecía “guía moral característica del evangelio cristiano”. Por seguro nadie podría concebir que toda esta masa de palabrería confusa proviniera de la boca del denodado nazareno.

FRANCOS PARA LA GUERRA

Inequívoca, sin embargo, fué la posición tomada por el Dr. Bíllington del templo bautista de Akron, Ohío. Él sostuvo que “como varón de Dios” le parecía a él que “Dios no está con nosotros”, y aconsejó: “Arrojen la bomba atómica y párenla [la guerra coreana]. Dios nos la dió. Usémosla para proteger nuestras Biblias, iglesias, escuelas y modo de vivir norteamericano.” La Palabra de Dios permanecerá para siempre, y eso sin bombas atómicas. Lo mismo puede decirse respecto a la iglesia verdadera. (1 Cor. 15:50-58; 1 Ped. 1:25) Si Dios dió la bomba atómica a los Estados Unidos, ¿también se la dió él a los soviéticos? ¿Esperaríamos que Cristo hablara como habló el Dr. Bíllington? O ¿más probablemente citaría como principio, “Los que toman la bomba atómica perecerán por la bomba atómica”?—Mat. 26:52.

El cardenal Josef Frings, arzobispo de Colonia, declaró el 23 de julio de 1950, que la “guerra no sólo es el derecho sino hasta el deber de una nación” y que la “objeción escrupulosa ilimitada a la guerra como se disemina por ciertas partes no coincide con los principios cristianos”. (Despacho de la PA publicado en el Times-Union de Albany, N.Y., del 24 de julio de 1950) ¿Cuáles principios cristianos? Ningún texto de la Biblia se ofreció para darle a esta aseveración un sonido autoritativo. Ni tampoco se ofrecieron algunos en el Osservatore Romano cuando dió aprobación del Vaticano para la decisión de Truman de construir la superbomba de hidrógeno, porque “no hay otra salida”. (El Times de N.Y., 3 de febrero de 1950) Los cristianos verdaderos todavía confían en Dios en vez de en bombas como la salida.

Añadiendo otra faceta a la posición del clero en la guerra, el católico romano Edmundo A. Walsh, vicepresidente de la Universidad Georgetown, dijo respecto a bombas atómicas, si la nación se sintiera estar al borde de ser atacada: “Ni la razón, ni la teología, ni la moralidad exigen que los hombres o naciones se suiciden, exigiendo que debemos esperar el primer golpe.” Él añadió que el uso norteamericano de la bomba primero colocaría “una responsabilidad aterradora” sobre la exactitud de sus fuerzas de inteligencia informando del ataque inminente contra los Estados Unidos. Luego procedió a meterle el hombro a esa “responsabilidad aterradora” diciendo: “Las declaraciones de propósito pacífico pronunciadas por Vishinsky en las Naciones Unidas son sólo las líneas de un preparado manuscrito de actores ideado para distraer a la concurrencia de un próximo Pearl Harbor.”—El Times de N.Y., 25 de diciembre de 1950.

Añadiendo un brillante pulimento a esta faceta de dar el primer golpe en una tercera guerra mundial, el diario oficial del arzobispado de Boston, The Pilot, dijo el 1 de septiembre de 1950, que una guerra preventiva contra Rusia podrá ser necesaria. Sostuvo que las guerras ofensivas son morales bajo ciertas condiciones, si se pelean por un “derecho moralmente cierto”, y añadió: “Hay evidencia considerable para establecer el hecho de que el Soviet es culpable de crímenes verdaderos y está meditando más, y sólo buscamos defender los derechos humanos básicos.”

¿UN CASTIGO O BENDICIÓN DE DIOS?

Avanzando para tener otra vista de este cuadro de muchos lados del clero y la guerra, nos enfrentamos con la posición frecuentemente expresada de que Dios trae las guerras sobre nosotros como castigo por nuestros pecados. Un ejemplo de esto se halla en el informe del Times de Nueva York del 24 de julio de 1950: “Nuestros pecados sin duda han traído sobre nosotros este nuevo castigo,” el conflicto en Corea, dijo ayer el obispo auxiliar José F. Flannelly, administrador de la Catedral de San Patricio. Ningún texto bíblico se ofrece para que esta posición suene autoritativa, mientras que la lógica la hace irrazonable. Si la guerra es un castigo de Dios, ¿por qué arremeter contra los comunistas coreanos y chinos, y contra los soviéticos que prestan su apoyo? La posición de Flannelly nos exigiría que reconociéramos a estos comunistas como instrumentos en las manos de Dios.

Unas cuantas semanas después, desde este mismo púlpito, se expresa una opinión absolutamente contraria. Ya no se lamenta que la guerra es un castigo de Dios, sino que se proclama como una bendición de él. Del Times de Nueva York, 11 de septiembre de 1950, citamos: “A padres desconsolados cuyos hijos han sido reclutados o llamados de nuevo para servicio bélico se les dijo ayer en la Catedral de San Patricio que el morir en la batalla era parte del plan de Dios para poblar ‘el reino de los cielos.’ ‘Es un pensamiento no siempre recordado,’ él [Mon. W. T. Green] continuó, ‘pero es la primera responsabilidad de los padres cristianos hacer lo que esté en su poder para devolver sus hijos a Dios en cualquier tiempo, lugar y circunstancias en los que él escoja llamarlos, para que lleguen a ser verdaderos ciudadanos del eterno reino de los cielos.’” Si la guerra es parte del plan de Dios para poblar el reino de los cielos, ¿por qué deberían los católicos tratar de impedirla? ¿Por qué deberían orar por la paz? ¿Por qué no hacer todo lo que está en su poder para animar la guerra, para que por medio de ella sus hijos obtengan el Reino? ¿Por qué tener paz, e impedir el plan de Dios, manteniendo así el cielo despoblado?

Siglos antes de Cristo, Israel fué la nación santa de Dios, y fué usado en guerras que fueron aprobadas por Dios, y a veces Dios hasta peleó a favor de su pueblo Israel. Empero aun bajo tales circunstancias favorables los soldados israelitas que cayeron en batalla no fueron al cielo. (Juan 3:13) David fué un hombre de guerra, de guerras divinamente aprobadas, pero él no ascendió al cielo. (Hech. 2:34) Después que Cristo vino, los cristianos son mencionados como soldados, pero no de la clase general: “Aunque andamos en la carne, no hacemos la guerra de acuerdo con lo que somos en la carne. Porque las armas de nuestra guerra no son carnales.” (2 Cor. 10:3, 4; Efe. 6:10-17, NM) Las Escrituras griegas cristianas revelan el método de Dios de poblar el reino de los cielos, pero la lucha carnal no se muestra como parte de ella. Las palabras de Green carecen de apoyo.

EL MÁS RUIN DE LOS EXPLOTADORES DE GUERRA

Mucha plática se oye acerca de eliminar la ganancia de la guerra. Una de las formas más crueles de explotación de guerra se ejemplifica por una carta escrita a padres católicos durante la II Guerra Mundial. Fué escrita por el arzobispo Sinnot, de Winnipeg, Canadá, con fecha del 1 de marzo de 1944. Después del saludo “Mis queridos padres católicos”, el primer párrafo larguísimo lee como una nota de extorsión:

“He recibido de los pastores de las diferentes parroquias una lista de aquellos que tienen hijos allende los mares. Hace algún tiempo, como ustedes lo saben, pedí a las madres católicas que enlistaran a sus hijos como miembros perpetuos de la sociedad para la propagación de la fe. Dije: ‘¡Qué mejor garantía para cualquier muchacho expuesto a todos los peligros de la guerra! Una garantía, en caso de muerte, de que inmediatamente vaya a su Hacedor, para estar con Él por toda la eternidad. Una garantía, si es la voluntad de Dios, de que regresará a su madre querida y a los que lo aman.’ Se les ha explicado esto vez tras vez, desde el púlpito y ustedes han sido instadas a que enlisten a sus hijos. Unas cuantas, que han sido personalmente vistas, han contestado la petición, pero todas las demás han mantenido una indiferencia insensible. Si fuera a concluir que ustedes son indiferentes a la seguridad de sus hijos, estaría haciéndoles una grave injusticia. Ustedes no son indiferentes. Entonces, ¿qué puede ser la razón para la inacción? Algunas dicen, de hecho muchas dicen, que no pueden pagarlo. Esa no es una razón, ésa es una excusa especiosa, indigna de una madre católica. Ustedes reciben una porción de la paga de sus hijos, y ¿qué mejor uso pueden hacer ustedes de ella? ‘Oh’, ustedes contestan, ‘estoy tratando de ahorrar algo para cuando mi hijo regrese.’ Cuando regrese. ¿No sería mejor que ustedes usaran los mejores medios que conocen para asegurar el regreso de sus hijos? Si no regresan, de qué les servirán, por favor díganos, los ahorros. No les estoy aconsejando que tomen el dinero de sus hijos, preferiría mejor que ustedes usaran su propio dinero. Pero, si tienen que tomar el dinero del muchacho, tómenlo como un préstamo. Con seguridad podrán reponerlo en los años venideros. ¿No creen ustedes que, con una poca de economía y no frecuentar tanto al cine, ustedes podrán apartar un dólar al mes, hasta que la cantidad completa se salde? No es necesario que paguen los $40.00 inmediatamente. Ustedes pueden pagar cualquier suma que deseen, a plazos. Pueden pagar, digamos, $5.00 al mes, o $10.00 cada tres meses. Pueden tomar un año, dos años, hasta tres años. Tres años, eso es casi el equivalente de Un Dólar por mes. Lo importante es garantizar la seguridad de su hijo, hasta donde nos sea posible hacerlo,—su seguridad en tiempo y eternidad.”

EL DINERO NO COMPRA FAVORES DE DIOS

Es difícil concebir tal sermoneo cruel por dinero, bajo cualesquier circunstancias. Cuando se hace en el nombre de Dios, es el peor fraude y la blasfemia más ofensiva. La mente humanitaria se resiste a creer que Dios pudiera devolver a salvo de la guerra a un hijo con una etiqueta de precio de cuarenta dólares. O que llevara ese hijo al cielo si se le proporciona un boleto de cuarenta dólares. ¿Qué texto de la Biblia les sería posible torcer y forzar para siquiera insinuar tal anhelo maligno por dinero por parte de Dios? ¡Ninguno! La falsedad de tal extorsión hecha en nombre de Dios se muestra en Miqueas 3:11 (UTA): “Sus jefes pronuncian juicio por un soborno, y sus sacerdotes declaran oráculos por paga, y sus profetas adivinan por efectivo. Empero se apoyan en el SEÑOR, diciendo, ‘¿No está el SEÑOR en medio de nosotros? Ninguna desgracia puede sobrevenirnos.’”

Pero la desgracia puede sobrevenirles y les sobrevendrá a los que piensan que los favores de Dios pueden comprarse con dinero. En una ocasión un hombre le ofreció a Pedro dinero por un don de Dios. El apóstol Pedro, muy diferente del papa, dijo: “Perezca tu plata contigo.” (Hech. 8:18-20, NM) Fué Pedro el que le dijo a los encargados de las congregaciones: “Pastoreen la grey de Dios entre ustedes, no por fuerza, sino voluntariamente, tampoco por amor de ganancia deshonrosa, sino con anhelo.” (1 Ped. 5:2, NM) Esto desecha el uso fraudulento de purgatorios paganos o de infiernos ardientes inexistentes para sacar dinero a la fuerza de amigos sobrevivientes de los muertos. La Biblia muestra que los muertos están en el sepulcro, dormidos en muerte, esperando una resurrección a la vida en la tierra. (Ecl. 9:5, 10; Juan 5:28, 29, NM) Ningún clérigo puede impedir este propósito divino, ya sea que se le dé o se le rehuse dinero.

De lo anterior es evidente que el clero no ofrece consejo consistente y consolador respecto a la guerra, ninguna guía segura apoyada por la autoridad de la Palabra de Dios, y su guía en otros problemas es igualmente confusa. La mayoría de los que piensan que la guerra no es cristiana carecen de fuerza moral para decirlo en tiempo de guerra. Otros claman para que la guerra los libre de sus enemigos, así como los fariseos obligaron al ejército romano a matar a Jesús que los desenmascaraba. Algunos apoyan guerras defensivas, otros guerras preventivas, y todavía otros apoyan lucha francamente ofensiva. Uno dice que la guerra es un castigo de Dios por nuestros pecados, otro dice que es el modo de poblar los cielos. Otros revolotean sobre sus congregaciones como buitres, oportunistas que se sueltan sobre su presa en tiempo de guerra para sacar dinero por la fuerza de padres afligidos. Explotadores de guerra de la clase más baja.

Cristianos sinceros se apartan de estos hombres confundidos, se dirigen a las verdades claras y principios cristianos de la Palabra de Dios. Ahí encontrarán las palabras de autoridad. Ahí las ovejas oirán la voz del Buen Pastor, y aprenderán a seguirlo, y hallarán la senda a la vida en un nuevo mundo.—2 Ped. 3:13; Apo. 21:1-4.

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