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  • ¡Ninguna disculpa para el traidor!

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  • ¡Ninguna disculpa para el traidor!
  • La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1958
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La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1958
w58 1/9 págs. 517-520

¡Ninguna disculpa para el traidor!

Hoy en día muchos especulan acerca del fin de Judas. Pero no hay por qué especular en vista del testimonio explícito de la Biblia, como lo muestra lo siguiente.

CUANDO les nació un hijo varón al Sr. Simón Iscariote y su señora, residentes del pueblo judío de Kiryot, a principios de nuestra era común, ellos abrigaban grandes esperanzas en cuanto a él. Eran padres temerosos de Dios y por eso lo llamaron Judas, que significa “Alabado,” siendo ésta la forma griega de Judá. Pero tan lejos quedó Judas de cumplir las esperanzas de ellos que desde entonces a ningún padre que estuviese familiarizado con la vida de ése se le ocurriría dar a un hijo suyo el nombre de Judas.

Aun así, hay muchos que disculpan a Judas. Típica de la opinión sostenida por muchos que afirman profesar el cristianismo es la que se halla en la Interpreter’s Bible. En Juan 18:2 ésta habla acerca de “El misterio de Judas” y sigue diciendo que “empezando con este punto el cuarto Evangelio se hace... insatisfactorio, particularmente respecto a Judas. . . . ¿No habrá media esperanza para él en el insoportable horror que padeció el hombre por causa de sí mismo y su acto?” “El amor de Cristo es maravillosísimo. Y la experiencia que yo he tenido con él me hace abrigar aún esperanzas para Judas—y para mí.”—Tomo 8, págs. 754-757.

Es verdad que la misericordia es una virtud que todos tenemos que tener y mostrar si queremos recibir misericordia. (Mat. 5:7) Pero, considerando el hecho de que Jesús llamó a Judas el “hijo de destrucción,” y dijo acerca a de él: “Hubiera sido mejor para él si ese hombre no hubiese nacido,” ¿podemos disculpar a Judas? No, no podemos hacerlo, aunque necesitamos misericordia nosotros mismos. Jesús, quien entendió el corazón de los hombres mejor que cualquier otro hombre que haya estado en la tierra en tiempo alguno, decide el asunto para todo el que cree en la inspiración de la Biblia. Una consideración cuidadosa del testimonio de ella revelará que el caso de Judas no presenta misterio alguno.—Juan 17:12; Mat. 26:24.

Es de interés saber que Judas Iscariote aparentemente era el único de los doce apóstoles que no era galileo, siendo de Judea. En el día de él la Palestina se componía de Judea, Galilea y Samaria. Los que eran de Judea despreciaban a los galileos, y éstos dos grupos despreciaban aun más a los samaritanos. Además, los galileos tenían un dialecto o acento que no era muy culto. Por eso algunos dudaron de las negaciones que Pedro hizo de Jesús, ya que su acento revelaba que era galileo. Es muy probable, por lo tanto, que Judas se haya considerado mejor que los demás. El que fuera hecho tesorero quizás implique también que tuvo mejor educación que los otros.—Mat. 26:73; Luc. 22:59.

Sin embargo, aunque esos hechos tal vez arrojen luz sobre la disposición de Judas, no disculpan el que él se haya hecho traidor. Los escritores de los Evangelios ciertamente no hacen disculpas para él. Mateo y Marcos, al enumerar a los doce, no sólo colocan a Judas al fin de la lista, sino que añaden: “que más tarde lo traicionó”; mientras que Lucas hace el asunto todavía más fuerte: “que se volvió traidor.” En realidad, la justa indignación que sintieron se destaca en casi toda referencia que hacen a él.—Mat. 10:4; Mar. 3:19; Luc. 6:16.

JUDAS SE HIZO MALO POCO A POCO

Tampoco hizo Jesús disculpa alguna para Judas. Aparte de los casos ya mencionados, las únicas otras referencias que se hacen a Judas en los registros evangélicos, antes de la semana final del ministerio terrenal de Jesús, son las fuertes palabras de condenación que Jesús pronunció acerca de Judas, según están registradas en Juan 6:64, 70. “Inicialmente Jesús supo quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a traicionar.” No que Jesús haya escogido deliberadamente a un traidor; eso es completamente inconcebible; sino más bien que tan pronto como el corazón de Judas comenzó a volverse malo Jesús lo notó. Con relación a lo mismo Jesús dijo también: “Yo los escogí a ustedes, a los doce, ¿no es verdad? No obstante, uno de ustedes es calumniador.” Sin duda Judas entendió plenamente esas palabras aunque los demás quizás no las entendieron. Incidentemente, la palabra vertida “calumniador” es diabolos, palabra que con muy pocas excepciones se traduce “Diablo.”

Obviamente, día tras día Judas estuvo viviendo una mentira. Al principio de su llamada él se regocijó con las buenas nuevas del Reino que Jesús predicaba. E igual que los demás, él esperaba un reino terrenal. Pero en el caso suyo, en la lucha entre el amor a la justicia y el amor a la ganancia egoísta, el amor a la ganancia egoísta ganó. Descubriendo que el seguir a Jesús quería decir caminar en un sendero angosto y estrecho, Judas comenzó a defraudar. Rehusó pagar el precio, y al contrario se recompensó del fondo común que se había entregado al cuidado de él, razón por la cual Juan francamente lo llama ladrón. Las advertencias de Jesús en contra de la codicia y el amor al dinero cayeron en oídos sordos en lo que a Judas concernía. Tampoco vió él que hubiese inconsistencia alguna en el hecho de que él se adjudicara dinero del fondo común que había sido contribuído en apreciación de la curación espiritual y física que la gente había recibido, mientras que al mismo tiempo su Amo Jesús ‘no tenía dónde recostar la cabeza.’ En esto Judas puede ser comparado a Giezi, siervo de Eliseo, que trató de sacar ganancia de la curación de Naamán efectuada por su amo y por ello fué herido de lepra. El egoísmo de Judas hizo que él fuera herido de la lepra espiritual incurable, el pecado voluntarioso.—Mat. 8:20; 2 Rey. 5:1-27; Heb. 10:26-29.

Pero “no hay nada escondido que no haya de manifestarse, ni cosa alguna que esté cuidadosamente oculta que nunca llegue a conocerse.” Y así las circunstancias al fin hicieron claro a todos que aunque Judas estaba asociado con Jesús y sus apóstoles, en el fondo él no era uno de ellos. Era el tiempo de la pascua, 33 d. de J.C., y “los sacerdotes principales y los fariseos habían dado órdenes de que si alguien llegara a saber dónde estaba él debería dar la información, para que pudiesen echarle mano.” (Luc. 8:17; Juan 11:57) Jesús y sus discípulos eran huéspedes en el hogar de Simón el leproso cuando María, hermana de Lázaro y de Marta, vino y “tomó una libra de aceite perfumado, nardo genuino, muy costoso, y lo derramó sobre los pies de Jesús y le enjugó los pies con su cabello.” Según los registros de Mateo y Marcos parece que ella también derramó de este aceite perfumado sobre la cabeza de Jesús.—Juan 12:1-3.

Pero esto fué demasiado para que lo soportara el codicioso, ímprobo y descariñado Judas. Como el registro sigue diciendo: “Pero Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el cual estaba por traicionarle, dijo: ‘¿A qué se debe el que este aceite perfumado no fuera vendido por trescientos denarios y dado a personas pobres?’ Dijo esto, sin embargo, no porque él estuviera preocupado por los pobres, sino porque era ladrón y tenía la alcancía y solía llevarse los dineros puestos en ella. Por eso Jesús dijo: ‘Déjala, para que guarde ella está observancia en vista del día de mi entierro. Porque a los pobres siempre los tienen con ustedes, pero a mí no me tendrán siempre.’”—Juan 12:4-8.

Aunque tanto Mateo como Marcos incluyen a otros como participantes en esta objeción, según el registro de Juan parece que éstos meramente se unieron a Judas en lo que les pareció ser un punto razonable, sin sospechar que hubiese algún motivo ulterior. La herida de esta reprimenda por haber hecho una objeción ostensiblemente razonable, como se evidenció por el hecho de que otros se pusieran de su parte, hizo que Judas permitiera que la amargura, el odio y el Diablo mismo entraran en su corazón. “Entonces,” como Mateo nos dice, “Judas Iscariote. . . fué a los sacerdotes principales y dijo: ‘¿Qué me darán para que se lo traicione a ustedes?’ Ellos le estipularon treinta piezas de plata. De modo que desde entonces él siguió buscando una buena oportunidad de traicionarle.”—Mat. 26:14-16; Mar. 14:3-11.

El papel que desempeñó la codicia en el proceder de Judas se apreciará mejor cuando notemos exactamente lo que estaba implicado en son de valores. Cierto, las treinta piezas o siclos de plata, el precio de un esclavo, tal vez hayan sumado tan poco como $12.00 (EUA). (Éxo. 21:32) Y los 300 denarios se avalúan en $51.00 (EUA). Pero en los días de Jesús un denario, según Clarke’s Commentary, era el jornal de término medio. A esa razón la suma que recibió Judas equivalía al sueldo de dos meses y medio, mientras que el costoso aceite perfumado representaba el pago de todo un año, considerando que no se trabajaba los sábados ni en los días de fiesta.—Mat. 20:2.

Otra cosa que indica todavía más cuán profunda fué la depravación de Judas es el hecho de que él haya podido reunirse con los doce para celebrar la pascua anual, hipócritamente fingiendo compartir el espíritu de la ocasión como lo hacían los demás. Note también la temeridad que manifestó esa noche al preguntar, después de haber anunciado Jesús que uno de ellos lo iba a traicionar: “No soy yo, ¿verdad, Rabí?” La respuesta de Jesús, “Eso era para que tú lo dijeras,” tal vez les haya sonado como algo secreto a los demás, pero sin duda Judas entendió su significado cabal, así como también entendió Judas los otros comentarios que Jesús le dirigió: “Lo que estás haciendo hazlo más pronto.”—Mat. 26:25; Juan 13:21-30.

Habiendo despedido a Judas como a uno que no era digno de estar presente, Jesús luego instituyó el memorial de su propia muerte, “la cena del Señor,” según se le llama comúnmente. Después de esa cena y del consejo de despedida que Jesús les dió él y los once salieron al jardín de Getsemaní, donde Jesús oró. Poco después de eso, Judas “vino y con él un gran gentío con espadas y palos de parte de los sacerdotes principales y hombres influyentes de mayor edad del pueblo. Y acercándose directamente a Jesús le dijo: ‘¡Buenos días, Rabí!’ y lo besó muy tiernamente. Pero Jesús le dijo: ‘Compañero, ¿con qué propósito estás presente?’” “Judas, ¿con un beso traicionas al Hijo del hombre?”—Mat. 26:47, 49, 50; Luc. 22:48.

DESMERECEDOR DE LÁSTIMA

Un asesino puede matar a sangre fría y luego, viendo los resultados de su crimen, sentir remordimiento. Así sucedió en el caso de Judas. El acto suyo no fué uno cometido sin pensarlo y debido a presión y debilidad carnal, como fué el caso cuando Pedro negó a su Amo tres veces. No, en el caso de Judas estaban implicados la malicia, el orgullo, la hipocresía, el tramar y apegarse a un proceder predeterminado. También, hay que tener presente que debido a su mala condición de corazón Satanás pudo entrar en él y espolearlo. El que él después haya sentido remordimiento debido al peso de la culpa o su castigo no lo disculpa. Cual Esaú, en vano derramó lágrimas. Él mismo se dió cuenta de ese hecho, y no pudiendo vivir más consigo mismo se suicidó, confesando su bancarrota moral. De modo que leemos: “Entonces Judas, que lo traicionó, viendo que había sido condenado, sintió remordimiento y devolvió las treinta piezas de plata.” Dado que los sacerdotes rehusaron aceptar el dinero, Judas entonces “arrojó las piezas de plata en el templo y se retiró, y se fué y se ahorcó.”—Mat. 27:3-10.

De paso debe mencionarse que aunque los críticos de la Biblia dan mucha importancia al hecho de que el relato por Mateo dado arriba difiere de lo que Pedro dijo acerca de que Judas “cayendo de cabeza reventó ruidosamente por medio y se le derramaron todos sus intestinos,” éstos no se contradicen. Se ha sugerido que Judas se colgó de un árbol en un terreno escarpado. Al quebrarse la soga o la rama, el fin de Judas podría haber sido exactamente como Pedro lo describió.—Hech. 1:16-18.

Así los hechos según están registrados en las Escrituras nos ayudan a entender por qué Jesús se refirió a Judas como el “hijo de destrucción” y por qué él dijo acerca de él que “hubiera sido mejor para él si ese hombre no hubiese nacido.” No hay ninguna justificación para teorizar acerca del “misterio de Judas”; y el que tratemos de disculparlo nos conducirá a la trampa doble de la rebelión y el descuido.

Puesto que el juicio de Dios hace que no haya esperanza en el caso de Judas, constituye rebelión por nuestra parte el que le extendamos lástima. Esta regla Dios la declaró repetidamente en sus tratos con su pueblo Israel. Así, cuando Nadab y Abiú fueron muertos por Jehová por haber ofrecido fuego ilegítimo, Jehová advirtió a Aarón y los hijos que le quedaban que no deberían llorarlos. Cuando Samuel lamentó el rechazamiento de Saúl como rey, Jehová le increpó por ello. Y repetidas veces leemos que se le dijo a Jeremías respecto a su pueblo voluntariosamente inicuo: “No ores tú por este pueblo, ni eleves por ellos clamor y oración, ni me hagas intercesión; porque no te oiré.” Nuestra actitud a todo tiempo tiene que ser como se expresa: “Grandes y maravillosas son tus obras, Jehová Dios, el Todopoderoso. Justos y verdaderos son tus caminos, Rey de la eternidad.”—Jer. 7:16, Mod; Apo. 15:3.

Y el que sostuviéramos esperanza para Judas nos animaría a hacernos descuidados. Si hay esperanza para el architraidor, el que traicionó al Hijo de Dios, habrá también esperanza para nosotros sin importar qué cosa hagamos, puesto que sencillamente no podríamos descender a un nivel tan bajo, ya que el Hijo de Dios no vuelve más a la tierra como hombre. Pero tal no es el caso; tenemos que darnos cuenta de que Judas debe de haber comenzado correctamente, o si no Jesús no lo habría escogido. Pero él permitió que el egoísmo lo dominara y con el tiempo se rindió al Diablo. Su fin por lo tanto nos hace comprender con claridad el consejo que se halla en Proverbios 4:23: “Más que todo lo demás que ha de guardarse, salvaguarda tu corazón, porque procedentes de él son las fuentes de la vida.”

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