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  • ¿Niega usted que tiende a pecar?
  • La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1991
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La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1991
w91 15/8 págs. 29-31

¿Niega usted que tiende a pecar?

“HALLO, pues, esta ley en el caso mío: que cuando deseo hacer lo que es correcto, lo que es malo está presente conmigo. Verdaderamente me deleito en la ley de Dios conforme al hombre que soy por dentro, pero contemplo en mis miembros otra ley que guerrea contra la ley de mi mente y que me conduce cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros.” (Romanos 7:21-23.)

Requería humildad de parte del apóstol Pablo confesar lo supracitado. Pero el hacerlo le ayudaba a impedir que sus tendencias debidas a la imperfección lo dominaran.

Hoy sucede lo mismo con los cristianos verdaderos. Cuando adquirimos conocimiento exacto de la verdad bíblica efectuamos los cambios necesarios en nuestro estilo de vida y nos amoldamos a las normas de Jehová. Sin embargo, todavía tendemos a pecar, “porque la inclinación del corazón del hombre es mala desde su juventud”. (Génesis 8:21.) ¿Somos lo suficientemente honrados como para reconocer para nosotros mismos cuáles son, específicamente, las tendencias que nos someten a presión, o negamos tenerlas y quizás llegamos a esta conclusión: ‘Puede que otros tengan esos problemas, pero yo no’?

Engañarse a sí mismo de esa forma puede ser mortífero. Quizás una ilustración bíblica nos ayude a comprender cuán necesario es que reconozcamos nuestra tendencia a cometer pecados y la dominemos.

Por qué es mortífero negarlo

En los tiempos bíblicos muchas ciudades se protegían mediante murallas circundantes. Las puertas —que con frecuencia eran de madera— eran una parte relativamente vulnerable de la muralla interior de la ciudad; por lo tanto, se las defendía con gran vigor. Los habitantes solo construían las puertas que fueran necesarias para el tráfico durante tiempos de paz. A menudo las puertas de madera eran revestidas de metal para que fueran resistentes al fuego. En las murallas se construían torres, y desde estas los guardias podían ver a la distancia a cualquier enemigo que se acercara.

Ahora, considere esto: ¿Qué ocurriría si los habitantes de una ciudad negaran que sus puertas fueran vulnerables y por eso no proveyeran la protección debida? Sería fácil que los soldados enemigos entraran en la ciudad y la derrotaran.

Lo mismo sucede con nosotros. Jehová conoce los puntos vulnerables de cada uno de nosotros. “No hay creación que no esté manifiesta a la vista de él, sino que todas las cosas están desnudas y abiertamente expuestas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta.” (Hebreos 4:13.) Puede que Satanás también haya visto en nosotros alguna tendencia de índole pecaminosa, como el torcer la verdad, manifestar mal genio, un interés en la inmoralidad sexual, materialismo, orgullo, y así por el estilo. Si negamos que tendemos a pecar, nuestra fe se hace mucho más vulnerable a los ataques de Satanás. (1 Pedro 5:8.) Pudiéramos sucumbir si los deseos incorrectos se intensificaran hasta ser más que simplemente tendencias y dieran a luz el pecado. (Santiago 1:14, 15.) Tenemos que ser como Pablo y reconocer honradamente cualesquiera ‘puertas de madera’ que existan.

¡Fortalézcase!

De nada valdría identificar nuestras inclinaciones incorrectas sin hacer nada al respecto. Eso sería como cuando un hombre se mira en el espejo, nota puntos que requieren atención y entonces se va sin corregir nada. (Santiago 1:23-25.) Sí, tenemos que actuar para protegernos de sucumbir a las tendencias hacia el pecado. ¿Cómo podemos hacer eso?

En los tiempos bíblicos era frecuente que los pueblos pequeños o “pueblos dependientes” no tuvieran murallas. (Números 21:25, 32; Jueces 1:27; 1 Crónicas 18:1; Jeremías 49:2.) Los habitantes de aquellos pueblos podían huir a una ciudad amurallada cuando algún enemigo atacaba. Así, las ciudades fortificadas eran un refugio para la gente de las zonas circundantes.

La Biblia describe a Jehová Dios como una torre, un refugio, una muralla adonde podemos correr en busca de protección. (Proverbios 18:10; Zacarías 2:4, 5.) Jehová es, pues, la defensa principal de sus siervos. Es muy necesario que le oremos incesantemente. (1 Tesalonicenses 5:17.) Otra ayuda es la Biblia. Es bueno que, con ayuda de la Palabra de Dios, estudiemos particularmente nuestros puntos débiles. También podemos buscar artículos bíblicos sobre nuestras ‘puertas de madera’ personales y repasarlos de vez en cuando.

Además, como guardias apostados en una torre podemos ver al enemigo a la distancia, por decirlo así, y tomar las medidas que requiera la situación. ¿Cómo? Mediante evitar circunstancias que nos sometan a tentación o a presión. Por ejemplo, sería sabio que el que estuviera esforzándose por moderarse en el uso de las bebidas alcohólicas optara por evitar los lugares donde por lo general tendría fácil acceso a tales bebidas, o donde hasta se le animara a usarlas.

Requiere esfuerzo lograr eso. Pero si el apóstol Pablo tuvo que ‘aporrear su cuerpo’ para resistir las inclinaciones que se deben a la imperfección, ¿no tenemos que esforzarnos nosotros también? El que así demos atención conscientemente a las tendencias que nos pueden llevar al pecado reflejará que seguimos este consejo del apóstol Pedro: “Hagan lo sumo posible para que finalmente él los halle inmaculados y sin tacha y en paz”. (1 Corintios 9:27; 2 Pedro 3:14.)

Reconózcalo y actúe

No se desanime si, a pesar de sus esfuerzos, no desaparece de usted toda tendencia debida a la imperfección. Como en el caso de Pablo, mientras seamos imperfectos habrá en nosotros algún grado de inclinación hacia lo incorrecto. Pero tenemos que seguir luchando por dominar tales inclinaciones, para que no den a luz el pecado.

Con todo, esté al tanto de la diferencia entre el aceptar la realidad de la imperfección y el tolerarla. Una ilustración de esto pudiera ser el hombre que tiene un corazón débil. Él debe encararse con esa realidad tratando de mantener su corazón en la mejor condición posible. No razona que, puesto que tiene un corazón literal débil, debe olvidarse de una vez de toda restricción y vivir como le plazca.

Sepa, pues, que demostramos nuestra fortaleza, no al negar ciegamente que tendemos a cometer pecados, sino al reconocer esa tendencia y tratar de obrar contra ella. Por eso, no tema reconocer ante sí mismo y ante Jehová los puntos en que fácilmente se le tienta y somete a presión. No tiene que estimarse menos por reconocer eso, ni pensar que Jehová lo ha de amar menos por ello. De hecho, mientras más se acerque usted a Dios buscando intensamente su aprobación, más se acercará él a usted. (Santiago 4:8.)

[Fotografía en la página 31]

Este modelo de Meguidó muestra las puertas fortificadas y las murallas protectoras de ciudades de la antigüedad

[Reconocimiento]

Pictorial Archive (Near Eastern History) Est.

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