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  • Me tragué el orgullo y hallé la felicidad

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  • Me tragué el orgullo y hallé la felicidad
  • La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1992
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La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1992
w92 1/8 págs. 26-27

Me tragué el orgullo y hallé la felicidad

EN 1970 tenía 23 años de edad y era ambiciosa. Se me nombró encargada de los empleados de un club de automóviles de Ivrea, Italia. Me resolví a ser alguien importante. Sin embargo, estaba muy deprimida y triste. ¿Por qué?

Mi esposo pasaba la mayoría de su tiempo en los bares jugando a las cartas con sus amigos, y me dejaba encargada de casi todas las responsabilidades de familia. Nuestra relación comenzó a deteriorarse. Discutíamos por cosas insignificantes. Como consecuencia, mi mente se llenó de pensamientos negativos.

‘Nadie se interesa en ti. Solo quieren aprovecharse de tu puesto —me decía a mí misma—. Es imposible que Dios exista, porque de ser así, no permitiría tanto sufrimiento e iniquidad. La vida es simplemente una carrera hacia la muerte.’ No comprendía por qué las cosas eran así.

El principio de un cambio

En 1977 dos testigos de Jehová tocaron a nuestra puerta. Mi esposo, Giancarlo, los invitó a entrar, y pasaron a la sala para conversar. Él quería convencerlos de que debían hacerse evolucionistas como él, ¡pero fueron ellos quienes cambiaron el modo de pensar de mi esposo!

En poco tiempo Giancarlo incluso empezó a hacer cambios en su vida. Era más paciente, pasaba más tiempo con nuestra hija y conmigo y nos prestaba más atención. Trataba de compartir conmigo lo que estaba aprendiendo, pero yo siempre ponía fin a la conversación con un comentario cortante.

No obstante, un día, cuando vinieron los Testigos, me senté y presté mucha atención. Hablaron del fin de este sistema de cosas y acerca del Reino de Dios, un Paraíso en la Tierra y la resurrección de los muertos. ¡Quedé atónita! ¡Pasé las siguientes tres noches sin dormir! Quería saber más, pero el orgullo me impedía hacer preguntas a mi esposo. Así que un día me dijo con firmeza: “Hoy vas a escuchar. Tengo respuestas para todas tus preguntas”. Y empezó a explicarme muchas verdades bíblicas.

Giancarlo me dijo que Jehová es el nombre del Creador, que su atributo principal es el amor, que envió a su Hijo como rescate para que pudiéramos alcanzar la vida eterna y que, después de la destrucción de los inicuos en Armagedón, Jesucristo resucitará a los muertos durante su Reinado de Mil Años. Dijo que los resucitados alcanzarán perfección mental y física, y tendrán la oportunidad de vivir para siempre en un Paraíso en la Tierra.

Al día siguiente acompañé a mi esposo al Salón del Reino por primera vez. Después le dije: “Estas personas se aman unas a otras. Quiero seguir viniendo aquí porque ellas de veras son felices”. Comencé a asistir regularmente a las reuniones y a recibir un estudio bíblico. Meditaba mucho sobre lo que aprendía, y pronto quedé convencida de que había hallado al verdadero pueblo de Dios. En 1979 mi esposo y yo simbolizamos nuestra dedicación a Jehová cuando nos bautizamos.

El ministerio de tiempo completo

Ese mismo año se presentó un discurso en la asamblea de circuito en el que se nos animó a emprender la obra de predicar de tiempo completo. Yo quería participar, así que oré a Jehová sobre ello. Pero entonces quedé encinta, y tuve que suspender mis planes. Durante los siguientes cuatro años tuvimos tres hijos. Dos de ellos desarrollaron en diferentes ocasiones defectos físicos que pusieron en peligro su vida. Felizmente, ambos se recobraron por completo.

Entonces sentí que no podía continuar aplazando mis planes para emprender el ministerio de tiempo completo. Abandoné mi trabajo seglar para concentrarme más en mis responsabilidades de esposa y madre. Mi esposo y yo hicimos planes para vivir solo con sus ingresos, lo cual significó sacrificar todo lo que no fuera esencial. Sin embargo, Jehová nos bendijo abundantemente y nunca permitió que cayéramos en la pobreza o que pasáramos necesidades.

En 1984, mi hija de 15 años, que se había bautizado recientemente, emprendió el ministerio de tiempo completo como precursora. A la misma vez, mi esposo fue nombrado anciano. Y ¿qué hay de mí? Pensando que aún no podía ser precursora, me puse la meta de predicar 30 horas al mes. La alcancé, y me dije a mí misma: ‘¡Excelente! Estás haciendo bastante’.

Lamentablemente, dejé que el orgullo me afectara de nuevo. (Proverbios 16:18.) Opinaba que estaba cumpliendo bien con mis responsabilidades y que no tenía que progresar más en sentido espiritual. Pero mi espiritualidad comenzó a menguar, y hasta empecé a perder las buenas cualidades que había cultivado. Entonces recibí la disciplina que necesitaba.

En 1985, dos superintendentes viajantes y sus respectivas esposas se alojaron en nuestro hogar durante su visita periódica a nuestra congregación. El observar a estos cristianos humildes y abnegados me hizo meditar de veras sobre mi vida. Busqué información sobre la cualidad de la humildad en las publicaciones de la Sociedad Watch Tower. Reflexioné sobre la gran humildad que muestra Jehová en sus tratos con nosotros, seres humanos pecaminosos. (Salmo 18:35.) Sabía que tenía que cambiar mi modo de pensar.

Imploré a Jehová que me ayudara a cultivar humildad para servirle como él quería y que me guiara a fin de utilizar mis dones para Su gloria. Llené una solicitud para el servicio de precursor, y empecé a servirle en el ministerio de tiempo completo en marzo de 1989.

Ahora puedo decir que soy verdaderamente feliz y que el haberme tragado el orgullo contribuyó a mi felicidad. He hallado un verdadero motivo para vivir: ayudar a los necesitados a llegar a conocer que Jehová, el Dios verdadero, no está lejos de los que lo buscan. (Según lo relató Vera Brandolini.)

[Fotografía de Vera Brandolini en la página 26]

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