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  • Conozca al alfiletero trepador de la creación
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  • Su habitación y alimento
  • El ciclo de la vida
  • Mis modales pacíficos
  • Preparado para la riña
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¡Despertad! 1976
g76 8/8 págs. 20-23

Conozca al alfiletero trepador de la creación

PERMÍTAME presentarme. Soy uno de los alfileteros trepadores de la creación. Probablemente usted haya oído del viajero Marco Polo del siglo trece. Bueno, mientras viajaba por el sur de Asia, Marco se topó con algunos de nosotros, y esto es lo que dijo: “Aquí se hallan puerco-espines que se enroscan cuando los cazadores sueltan sus perros sobre ellos, y con gran furia disparan púas o espinas con las cuales está provista su piel, hiriendo tanto a hombres como a perros.”

Cinco siglos después todavía había muchos que sostenían esta opinión. En 1744, alguien de nombre Churchill dijo de nosotros: ‘Si se les molesta, pueden por medio de contraerse arrojar sus púas con tal fuerza que pueden matar a un hombre o bestia.’

Ahora bien, ¿realmente cree usted que podemos hacer cosa semejante? ¿Podemos disparar nuestras púas? De hecho, ¿precisamente cuánto sabe usted acerca de nosotros?

Para comenzar, permítame decir que somos mamíferos y se nos llama roedores. ¡Y verdad que roemos! Tenemos dientes incisivos muy apropiados para esa tarea.

Ustedes los seres humanos nos han clasificado como puerco-espines del Viejo Mundo y puerco-espines del Nuevo Mundo. Mis parientes del Viejo Mundo viven en el sudeste de Europa y África y en el sur de Asia. La mayoría de ellos miden unos noventa centímetros de largo, si uno incluye su cola. Algunos pesan hasta más de veinticinco kilos. Ciertas especies de mis parientes del Viejo Mundo tienen un crin de cerdas largas sobre la cabeza, cuello y lomo.

Los puerco-espines del Nuevo Mundo, a los cuales yo pertenezco, son residentes de América del Norte y del Sur. Yo soy norteamericano (o, canadiense, si lo prefiere), de aproximadamente noventa centímetros de largo, incluso la cola, y peso poco menos de diez kilos. Algunos de mis parientes del Nuevo Mundo pesan tanto como dieciocho kilos. Aquí se nos llama puerco-espines arbóreos porque vivimos principalmente en los árboles. Nuestras patas traseras están diseñadas con garras apropiadas para trepar los árboles.

Quizás debería mencionar mi color. Bueno, mi piel es negra pardusca. ¿Y qué hay de esas temibles púas? Son blancas amarillentas. He oído decir que un cuadro vale más que diez mil palabras. Por eso, para su beneficio se ha reproducido aquí mi retrato hecho por un renombrado artista.

Una palabra acerca de nuestras púas

A pesar de nuestro nombre, no somos puercos, pero sí tenemos espinas o púas, como usted sabe. En realidad tenemos miles de esas púas en nuestra cola, lomo y en los costados de nuestro cuerpo. De hecho, las púas son cerdas o sedas, pelos gruesos que han crecido juntos, habiéndose fusionado. Algunas de mis púas son de cinco a ocho centímetros de largo y muy agudas. Eso es bueno... para mí. Yo me defiendo con ellas.

Algunos de nosotros tenemos púas con lengüetas. Es cierto. Las espinas tienen pequeñas proyecciones dirigidas hacia atrás. Una vez que penetran la carne de un atacante, las púas se hinchan, empujando las lengüetas hacia afuera. Es casi imposible sacar esas dolorosas espinas porque las lengüetas se enganchan en la carne del atacante. Lo que es más, debido al modo en que esas lengüetas están inclinadas, las púas penetran más adentro al moverse la víctima.

Su habitación y alimento

¿Dónde vivimos y qué comemos? Bueno, nuestros gustos y aversiones varían. Por ser norteamericano, vivo en los árboles, aunque algunos de mis parientes del Nuevo Mundo se contentan con residir entre las rocas o en hoyos en el suelo. Mis primos del Viejo Mundo no trepan los árboles. Varios de ellos pueden vivir en una sola madriguera subterránea que posiblemente tenga media docena de entradas.

No me gusta viajar mucho. Por eso, quizás viva alrededor de tres o cuatro árboles por toda una temporada. Sencillamente me acomodo en un árbol y mastico la corteza.

Eso trae a colación el asunto de comida. Mi pariente, el puerco espín con crin del Viejo Mundo, se escabulle de noche (y algunas veces a la luz del día) para comer tales cosas como corteza, raíces y fruta caída. Sin embargo, tengo que confesar que puede arruinar las cosechas, pues le encanta comer tales bocados exquisitos como las batatas.

En la primavera, los puerco-espines arbóreos del Canadá, como yo, quizás nos alimentemos de espigas de minúsculas flores que se hallan sobre los álamos y otros árboles. Más tarde, quedamos contentos con las hojas de los tiemblos u otras hojas. Hay varias plantas que nos satisfacen pero en el invierno la corteza figura prominentemente en nuestro menú.

Si salgo en una expedición en busca de alimento, probablemente sea de noche. Y bien puede ser que me presente en algunos lugares inesperados. Tal vez usted tenga una cabaña en el bosque y haya dejado un poco de mantequilla salada donde yo pueda alcanzarla. Tiene un sabor que me encanta y me encargaré de todo lo que me deje. Quizás hasta pueda volcar el salero, desparramando su sabroso contenido. Tengo unos deseos tremendos por la sal. ¡Hasta se ha sabido que he mascado los mangos de las hachas debido a los restos del sudor salado que se hallan en ellos!

Durante nuestras comidas nocturnas, quizás se puedan oír unos ruidos insólitos. Algunos de mis parientes han tratado de roer las botellas de vidrio. Y, ¡créalo o no, hasta se ha sabido que han comido cartuchos de dinamita! Me imagino que eso puede causar una buena indigestión.

El ciclo de la vida

De algún modo, a pesar de una dudosa dieta a veces, nos las componemos para sobrevivir. Es probable que yo viva de seis a diez años. En cautiverio el puerco espín con crin ha vivido más o menos veinte años. Y nosotros los alfileteros trepadores hemos estado presentes hace mucho tiempo. De hecho, se nos menciona en la Biblia, el libro más antiguo de la Tierra. En ésta se predijo que el puerco espín tomaría posesión de las desoladas Babilonia, Edom y Nínive. ¡Y así sucedió! Un explorador de las ruinas de Babilonia halló “cantidades” de púas de puerco espín” allí.—Isa. 14:23; 34:11; Sof. 2:14.

No somos muy prolíficos. En cuanto al puerco espín del Nuevo Mundo, por lo general nuestras hembras tienen un pequeño por año, en la primavera. Las especies con crin del Viejo Mundo tienen dos o tres. Y créalo o no, ¡nuestros pequeños nacen con púas! ¿Le parece terrible? Bueno, al principio esas espinas son blandas. En el caso del puerco espín con crin, se endurecen a los diez días.

Cuando llega el hijuelo a la familia del puerco espín del Nuevo Mundo, a menudo tiene veintiocho centímetros de largo. Eso es más grande que un oso negro recién nacido. ¡Imagínese a una hembra puerco espín de setenta y seis centímetros teniendo un hijuelo cerdoso tan grande! En proporción a nuestro tamaño, nosotros producimos la prole más grande de todos los mamíferos. Si los bebés humanos comparativamente fueran tan grandes, ¡al nacer pesarían unos treinta y seis kilos!

Mis modales pacíficos

Algunas personas piensan que el puerco espín es agresivo, guerrero o belicoso, siempre buscando una pelea. Pero, eso no es cierto. Sencillamente obsérveme. Ando pacíficamente y sin esfuerzo, por lo general hablándome a mí mismo con chillidos y gruñidos, olfateando mientras camino. Hablando de olfatear, tengo un hocico muy sensible. Por más formidable que sea nuestra armadura, nos han matado de un golpe al darnos en el hocico.

Cuando no estoy vagando a un paso tranquilo, se me puede hallar arriba en un árbol, descansando de cualquier esfuerzo. Allí estoy, un cuadro de la placidez. Bueno, ¿quién pensaría que soy un guerrero peligroso? Por supuesto, de pronto, quizás deje salir un grito. De hecho, puede que me quede sentado allí gimiendo por una hora. Ustedes las criaturas humanas no entienden por qué hago esto, y creo que me quedaré callado y dejaré que esto sea un misterio por ahora.

Preparado para la riña

Por otra parte, si estoy allá abajo en el suelo y un gato montés u otro atacante se me acerca, estoy bien preparado para ser su contrincante. Meto mi cabeza y ese delicado hocico debajo de un tronco. Entonces, por medio de afirmarme con las patas estrechamente juntas, me aseguro de que tengo protegida mi parte inferior. Luego agito ruidosamente las púas de mi cola. Eso es una advertencia, y suena muy parecido a la señal de peligro que da la serpiente de cascabel.

Para ahora mis púas se han erizado y parezco dos veces mi verdadero tamaño. Es tiempo para que mi cola verdaderamente entre en juego, sacudiéndose furiosamente hacia atrás y adelante. En ese momento, ¡cuídese!

Si mi atacante es lo suficientemente tonto como para persistir, quizás saque mi nariz del escondite y la meta debajo de mí lo mejor que pueda. Entonces, mientras mi cola se sacude con violencia, retrocederé, directamente a la riña. Sé que esto no se puede llamar un ataque frontal, pero ciertamente es muy eficaz. Si éste que busca la manera de vejarme no carece por completo de sentido, me concederá un buen trecho hasta que suba a un árbol.

Si un gato montés es estúpido, quizás se requieran veinte de mis espinas para alejarlo. Sin embargo, tengo suficientes de esas púas —unas 30.000— y las que pierda en la batalla serán reemplazadas en unos cuantos meses. Algunos animales mueren porque una de nuestras espinas agudas logra penetrar su cuerpo y perforar algún órgano vital. De cuando en cuando, una púa se mete en la quijada del atacante, cosiéndosela. Al no poder comer, con el tiempo el desafortunado muere de hambre. Además, los gérmenes en nuestras púas pueden causar infecciones fatales.

Hasta los pumas y osos han sido muertos por nuestras púas. Pero nadie tiene motivo para temer si se mantiene a distancia. A pesar de lo que dijo Marco Polo, nosotros no disparamos nuestras púas. Por supuesto, si alguien me alarma y mi cola comienza a sacudirse, quizás golpee contra algo y se arrojen algunas espinas sueltas. Pero cálmese, no le descargo a nadie mis púas desde lejos.

A veces una marta del Canadá —un animal emparentado con la comadreja— se las arregla para voltearnos y hundir sus dientes en nuestra parte inferior que no tiene protección. O ese “monstruo” escarba debajo de la nieve y nos ataca fatalmente desde abajo. Sin embargo, por lo general, salimos victoriosos.

De cuando en cuando, nosotros los puerco-espines norteamericanos venimos a parar en una mesa de comedor. Pero la mayoría de los individuos no nos hallan lo suficientemente sabrosos o quizás les parezca que es demasiado trabajo tratar de conseguir carne de una fortaleza ambulante con púas.

Bueno, ésa es mi historia. Quizás algún día nos volvamos a encontrar. Si no, ¿por qué no me admira desde cierta distancia? Me puede llamar un alfiletero, pero no soy de la clase corriente. Pues, según su modo de ver las cosas, todos mis “alfileres” van en la dirección contraria.

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