Fui rescatada de la prostitución
COMENZABA un nuevo día. Estaba echada en la cama, transpirando. Traté de sentarme, pero un mareo me derribó. Yo sabía que estaba enferma. Pero de repente alguien tocó fuertemente a la puerta, y una mujer de mediana edad, una de mis patronas, entró.
“¿Qué te pasa, chica? ¿Aún no te has levantado?”
“Señora, estoy muy enferma”, le imploré. “¿No puedo descansar tan solo hoy? Le aseguro que mañana estaré bien.”
“Mira. Conozco bien esta maña de hacerse la enferma. Ahora vamos. Parece que el negocio estará bueno esta noche.”
El lector acaba de enterarse un poco de cómo era mi vida en las cámaras interiores de un burdel. Sí, fui prostituta... profesión que ciertamente no inspira orgullo. Por el largo período de nueve años lucí sonrisas fingidas desprovistas de sentimiento, y regateé desvergonzadamente. Después, durante mis raros momentos de soledad, derramé muchas lágrimas de remordimiento, pues me sentía desamparada. Oh, ¡yo quería desesperadamente escapar de aquella situación! Pero parecía como si yo hubiese estado firmemente atada a ella, de modo que jamás me liberaría. Tal vez el lector se pregunte cómo llegué a ser prostituta.
Bueno, hace 29 años nací en una aldeíta montañosa situada en la cordillera central del Himalaya. Cuando yo tenía solo tres años de edad, mi padre murió. Poco después de esto, mi madre empezó a vivir con otro hombre, y yo quedé bajo el cuidado de mi hermana mayor y su esposo.
Cuando yo tenía 14 años de edad, hicieron arreglos para que me casara con un hombre que era 25 años mayor que yo. Se me llevó a la casa de mi esposo, donde los padres de él me trataron con desdén debido a que yo no tenía ningún dote que ofrecerles... excepto mi propia persona menesterosa. Aunque esta fase de mi vida duró poco tiempo —solo dos años— fue suficiente como para ensombrecer mi mente por largo tiempo con serias dudas y preguntas.
Mi esposo había empezado a tener relaciones con otra mujer del vecindario. Pero, a pesar de su mala conducta, solía ir a templos religiosos semanalmente, y sacerdotes, llamados brahmanes en la India, visitaban nuestro hogar siempre que él los invitaba. ¡Pero nunca le decían ni una sola palabra de reproche!
Se me vende para la prostitución
Cierta noche el hombre con quien estaba viviendo mi madre vino a verme para proponerme algo. Dijo que le parecía que la vida se me estaba haciendo intolerablemente difícil y quería ayudarme. Él podía conseguirme un empleo muy bueno que exigía poco trabajo y, no obstante, rendía mucho dinero. Pero yo, junto con varias otras “bellezas” de la aldea, tendría que viajar con él a una ciudad distante. En casa no me sentía vinculada a nadie por razones emocionales, ni había atractivos materiales para impedir que me fuera, de modo que concordé en hacer el viaje. Así, dentro de unos cuantos días emprendimos el viaje a una ciudad de la cual yo nunca había oído hablar, para iniciar un estilo de vida del cual jamás había soñado.
Cuando llegamos a Bombay, él nos llevó a una casa llena de muchas jóvenes como nosotras... pero ellas estaban mucho mejor vestidas que nosotras y tenían la cara muy maquillada. Cuando entramos se nos presentó a dos mujeres que nos miraron de arriba a abajo con placer maligno. Entonces el hombre que nos había llevado allí se fue, prometiendo regresar más tarde.
¡Se nos había vendido! ¡Él nos había vendido por 500 rupias (aproximadamente $56, E.U.A.) cada una! Tan pronto como él se fue, se nos dijo que tendríamos que pagar de vuelta el dinero que él se había llevado... ¡no, no se trataba de 500 rupias, sino de 5.000 rupias ($560, E.U.A.)!
“¿Por qué?”, preguntamos.
“¡Ésa es la regla!”, anunciaron ellas en tono definitivo.
Entonces recurrieron a amenazas, en caso de que tratáramos de escapar. Pero yo no podía escapar. ¡No tenía adónde ir! Así, acepté aquella deuda inicial de 5.000 rupias, a la que dentro de poco tiempo se le agregó interés. Solo me quedaba un recurso para librarme de aquella deuda, y era hacer el “trabajo” que ellas tenían para mí... ¡el de ser prostituta!
La hipocresía religiosa
Pero, aunque parezca sorprendente, fue durante aquellos nueve años como prostituta que llegué a ver claramente y de cerca el fruto del “árbol” de mi religión. ¡La inmoralidad acompañaba a la hipocresía! Por ejemplo, una de mis patronas era una musulmana devota, y cada año observaba el largo ayuno de Ramadán. Devotamente daba limosnas a los mendigos de la mesquita. Compañeros de creencia islámicos libremente se asociaban con ella y, a pesar de las prácticas totalmente corruptas de ella, la aceptaban como parte de la comunidad religiosa.
Además, sucedía lo mismo en el caso de mis otras patronas. Una de ellas frecuentaba el templo hindú, mientras que la otra asistía a una de las iglesias de la cristiandad. Sus amistades y sus respectivos líderes religiosos no estaban en ignorancia en cuanto a la vida privada que ellas llevaban, y, no obstante, cada una de ellas también figuraba entre los miembros respetados de su comunidad religiosa. En fin, tácitamente se les consentía a todas ellas que practicaran lo que sus respectivas religiones abiertamente condenaban... la prostitución. ¿No es eso hipocresía?
En poco tiempo me contagié de dicha hipocresía. Así, cada sábado por la mañana me bañaba y, junto con mis amigas, visitaba el templo de la diosa Mahalaxmi para ofrecerle dulces y dinero, ¡y entonces regresábamos al burdel con la conciencia aliviada! Cuando se lo pedíamos, los brahmanes solían visitarnos para llevar a cabo ritos religiosos, y entonces aceptaban cualquier suma que les dábamos de pago, y entonces se iban. Nunca nos daban ningunos consejos edificantes para hacernos salir de nuestra condición degradada, ni nos reprendían como padres, que era lo que hubiéramos querido que hicieran.
A la cárcel
A principios de mi noveno año en el burdel, mis patronas se pelearon entre sí. Una de ellas secretamente informó a la policía, y ésta hizo una redada en nuestro burdel. A todas se nos llevó a la comisaría de policía... es decir, a todas con la excepción de nuestras patronas. Ellas se ocultaron dentro de sus casas grandes y “respetables”.
Durante las próximas dos semanas, el piso frío de la prisión era nuestra cama, y nuestro alimento, que en realidad no se prestaba para consumo humano, consistía en pan duro, medio crudo, que ocasionalmente se servía con un surtido de verduras.
Nuestras únicas visitas eran unas mujeres bien intencionadas que querían ayudarnos por medio de enseñarnos himnos hindúes. ¡Pero fracasaron pésimamente! Lo que realmente nos hacía falta era saber la verdad acerca del propósito de la vida y la verdad acerca de Dios, saber si existía un Creador, o no. Además de saber si existía, necesitábamos saber si se interesaba en nosotras. Si tal era el caso, ¿por qué permitía que existieran prácticas inmundas como la nuestra? Pero aquellas mujeres, por bien intencionadas que hayan sido, no sabían las respuestas a estas preguntas.
El pasar 14 noches en la cárcel me costó caro, pues caí gravemente enferma. Me llevaron al hospital, donde quedé postrada en cama por los siguientes 17 días. ¡Enflaquecí hasta el grado de pesar la mitad de lo que pesaba normalmente! Cuando salí del hospital, mis patronas me dieron algún tiempo libre para que me recuperara. Así decidí hacer un viaje a casa, pasar algún tiempo con mi gente, recuperarme en el aire de las montañas y finalmente regresar al lugar donde yo creía que pertenecía... ¡el burdel!
Un punto decisivo
En mi hogar, en la aldea, nada había cambiado mucho, con la excepción de que ahora la que era la amante de mi esposo había llegado a ser su esposa y madre de sus hijos. Mis hermanas, como de costumbre, trabajaban en los campos desde el amanecer hasta el anochecer. Pasé los primeros cuantos días haciendo visitas sociales y distribuyendo los regalitos que había recordado llevar conmigo. Pero dentro de poco la novedad de aquellos días fue disipándose y me quedé haciéndome muchas preguntas. ¿Qué era lo que yo realmente quería sacar de la vida? ¿Quería yo una vida como la que mi gente llevaba en la aldea, o la clase de vida que me ofrecía la ciudad? Cada modo de vivir era diferente y, no obstante, ambos carecían de significado y de verdadero propósito.
Fue más o menos entonces cuando dos mujeres llegaron a nuestra puerta. Les pedimos que se sentaran y les ofrecimos algo de tabaco (como se acostumbra hacer). Pero ellas no aceptaron el tabaco, y les preguntamos por qué. Dijeron que acababan de regresar de la ciudad, donde habían oído algo maravilloso. Así mi hermana y yo les pedimos que nos relataran de qué se trataba.
Nos dijeron que los dioses que habíamos estado adorando eran enteramente diferentes del Dios verdadero, nuestro Creador. Éste se llama Jehová y nos ama a todos. Dentro de poco Jehová eliminará toda forma de iniquidad, explicaron ellas, y establecerá un nuevo orden de justicia, paz y seguridad sobre esta mismísima Tierra. También nos dijeron que a todos se les ofrecía la oportunidad de vivir en aquel nuevo orden. Pero el aceptar dicha invitación significaba que era necesario hacer ciertos ajustes en nuestra vida ahora.
“¿Cómo sabemos que lo que ustedes están diciendo es la verdad?”, interrumpimos nosotras. “¿Y cuáles son los cambios que tenemos que hacer?”
“Tienen que estudiar la Biblia, el único libro de Dios, que contiene la verdad”, dijeron ellas a continuación. “De las páginas de éste aprenderán todo lo que necesitan saber. En lo que respecta a los cambios, éste es uno que nosotras ya hemos hecho... ¡hemos dejado de fumar cigarrillos!”
“Pero ¿qué tiene que ver Dios con el fumarse un cigarrillo?”, pregunté yo.
“En la Biblia —respondieron ellas inmediatamente— se nos dice: ‘Tienes que amar a tu prójimo como a ti mismo’. Pero ¿cómo podemos decir que nos amamos a nosotras mismas si nos llenamos los pulmones de humo de tabaco, que es dañino? Ésta es una práctica inmunda, y Jehová Dios quiere que seamos limpias.” (Mateo 22:39; 2 Corintios 7:1.)
¡Quedé asombrada! No sé dónde en lo profundo de mi mente infeliz empezó a surgir un indescriptible sentimiento de gozo. Me deshice de los cigarrillos y nunca volví a tocarlos. ¡Éste fue un cambio muy significativo, dado que acostumbraba fumar 20 cigarrillos diariamente!
Se contestan mis preguntas
Inmediatamente mis hermanas y yo empezamos a hacer planes para ir a la ciudad y enterarnos más ampliamente de este Dios, Jehová, y de sus propósitos. Los miembros de la familia a la que se nos presentó eran testigos de Jehová. Yo nunca había oído de los testigos de Jehová. Decidí trabajar y vivir en aquella ciudad a fin de poder estudiar la Biblia con aquella familia, la cual gustosamente me hospedó. Cada mañana considerábamos la Biblia por lo menos una hora. Poco a poco empezaron a desaparecer las preguntas y las dudas que por mucho tiempo habían ensombrecido mi corta vida de casada y mis años de esclavitud en el burdel.
Por primera vez me enteré de que la vida tiene propósito. Descubrí que la Biblia enseña que Dios creó al hombre para que viviera sobre la Tierra eternamente en paz y felicidad duraderas; además, aprendí que la muerte no era parte del propósito original de Dios para los humanos. Más bien, la maravillosa perspectiva que tenían por delante nuestros primeros padres humanos y las criaturas que habían de ser su prole era pasar sus días adquiriendo conocimiento de su Magnífico Creador y disfrutando de la obra de sus manos. (Génesis 1:28; 2:16, 17; Salmo 37:29.)
También supe por qué Dios ha permitido la iniquidad y las prácticas inmundas hasta ahora. Nuestros primeros padres humanos optaron por rebelarse contra Dios y prefirieron dejarse guiar por Su adversario, Satanás el Diablo (Génesis, capítulo 3). Por lo tanto, Jehová, el Gran Juez, permitió que con el pasar del tiempo se probara más allá de toda duda que el régimen del hombre, independiente del régimen de Dios, no puede tener éxito de modo alguno. No pude contener el gozo cuando me enteré de que el tiempo que Dios ha permitido para el régimen humano bajo la dominación de Satanás está acercándose rápidamente a su fin. Pero ¿qué sería de mí, una ex prostituta?
Relaté todos mis antecedentes a la familia con quien estaba estudiando, y me explicaron con la Biblia cuáles eran los misericordiosos beneficios del sacrificio rescatador de Jesucristo. A medida que yo escuchaba, lágrimas de gozo me corrían por la cara. ¡Se me podía perdonar mi pasado, y éste se podía borrar! Se me invitaba a abrigar la esperanza de vivir para siempre bajo condiciones justas. Y hasta que se realizara dicha grandiosa esperanza, podía vivir entre personas limpias y honradas, que hacen todo lo posible por practicar lo que la Biblia enseña, gente que no tolera la corrupción entre los suyos.
A medida que fui estudiando la Biblia, los meses pasaron volando y no tardé en simbolizar mi dedicación a Jehová Dios por medio del bautismo en agua en 1979. Desde entonces he tenido el gozo de participar en el privilegio de la predicación cristiana y de compartir con otras personas las verdades consoladoras que he aprendido de las Escrituras.
No tiene límite la gratitud que siento para con nuestro Padre celestial, Jehová, y su hijo, Cristo Jesús. Pues, ¡gracias a ellos, realmente fui rescatada de la prostitución!—Contribuido.
[Comentario en la página 24]
¡Se nos había vendido! ¡Él nos había vendido a nosotras las chicas por 500 rupias cada una!
[Comentario en la página 25]
No podía irme. ¡No tenía adónde ir!
[Comentario en la página 26]
Durante mis raros momentos de soledad derramé muchas lágrimas de remordimiento, pues me sentía desamparada
[Comentario en la página 27]
¡Lágrimas de gozo me corrían por la cara cuando supe que se me podía perdonar mi pasado!