Un desafío y una emoción aún mayores
“NUNCA podríamos costearlo.” La calmada pero franca respuesta de mi padre me dejó cabizbajo. Le acababa de decir que quería ser piloto de motocicletas. Desde muy niño esta había sido mi meta en la vida. Pero mi padre estaba siendo realista, y yo, con solo catorce años de edad, era joven e inexperto.
Mi interés en las motocicletas se lo debía a mi padre. Varias veces me había llevado a la isla de Man para presenciar el Tourist Trophy.a Pero aquel año, 1950, fue algo especial. Asistimos juntos a la primera victoria de Geoff Duke, sobre una Norton, en la prueba de 500 cc (Senior Tourist Trophy), en la que batió el récord de la vuelta más rápida a la pista a una velocidad de 150,20 kilómetros por hora... ¡y después le vimos quedar segundo en la prueba de 350 cc (Junior Tourist Trophy)!
Aquello infundió en mí el deseo de sentir la emoción de competir en la isla de Man. Me había determinado a conseguirlo. Poco me imaginaba entonces que diez años después mi sueño se haría realidad. Pero no fue un desafío sencillo.
El dominio de la máquina
Existen tres especialidades básicas en las carreras motociclistas. Speedway, que se corre sobre una pista ovalada de ceniza, lo que requiere mucha habilidad por parte de los pilotos cuando hacen derrapar las máquinas para tomar las curvas. En el motocrós, que se corre sobre un circuito escabroso, las motocicletas están especialmente equipadas con neumáticos de dibujo más profundo. Por otra parte, las carreras de velocidad sobre pista de asfalto en la isla de Man ponen a prueba la habilidad y experiencia de cada piloto contra los demás competidores. Es una carrera contra reloj en la que el ganador es el piloto más rápido.
Cuando comencé a correr, una motocicleta de competición costaba alrededor de 480 libras (860 dólares [E.U.A.]). Actualmente una máquina como aquella costaría alrededor de 15.000 libras (26.800 dólares [E.U.A.]). Además, los motores tienen diversas cilindradas, desde 50 a 500 cc. Pero el secreto del éxito no estriba tanto en el precio de la máquina o en la potencia de su motor como en la habilidad para ponerla a punto. Muchas veces me quedé a trabajar hasta las dos de la mañana ajustando mi motocicleta.
Pilotar en una carrera tampoco es tan fácil como parece. A la velocidad a que se corre se concentra una tremenda presión en el manillar. Manejar una motocicleta pesada y potente a una velocidad de más de 160 kilómetros por hora requiere mucho aguante y fortaleza física. Solía perder dos o tres kilogramos de peso al comenzar cada temporada. Otro factor que hay que tomar en cuenta es la intensa tensión que se siente.
Éxito y peligros
En 1963 llegué al profesionalismo, y aquel mismo año obtuve dos primeros puestos en Irlanda del Norte, corriendo sobre máquinas Norton. En las Carreras Internacionales de Zolder (Bélgica) también llegué primero tanto en 500 como en 350 cc. En 1966 y 1967 disfruté de una emocionante asociación con la marca de motocicletas Paton, máquinas bellamente diseñadas y hechas a mano. Patrocinado por Bill Hannah, de Liverpool, primero monté el prototipo de 350 cc y más tarde, el modelo de 500 cc.
Algunos de mis mejores resultados en una temporada los obtuve en 1967 sobre estas máquinas. Quedé primero tanto en 350 como en 500 cc en el North West 200, de Irlanda. En la categoría de 500 cc fui segundo en el Gran Premio de Austria, tercero en el Gran Premio de Bélgica y quinto en el Tourist Trophy, que se celebra en la isla de Man.
Participé nueve años en esta prestigiosa carrera, y llegué tercero en dos ocasiones. En 1907, cuando se celebró la primera de esas carreras, la vuelta más rápida a la pista se corrió a la velocidad de 69,06 kilómetros por hora; pero en la temporada de 1957, Bob McIntyre fue el primer piloto que alcanzó la velocidad de 162,73 kilómetros por hora (más de 100 millas por hora). Desde entonces la velocidad se ha ido incrementando paulatinamente hasta llegar a los casi 200 kilómetros por hora de hoy en día.
Con una participación de casi un centenar de pilotos, el Tourist Trophy es sin duda una carrera peligrosa, y esa es una de las razones por las que desde 1977 ha sido excluida del Mundial de motociclismo. De hecho, fue en este circuito, en 1965, donde sufrí mi peor accidente. El piloto que me seguía intentaba rebasarme, pero mi freno trasero me estaba dando problemas y tuve que reducir la velocidad al acercarme a la chicane (una curva en zig-zag). Por supuesto, él no sabía esto, de manera que no lo tuvo en cuenta. Como resultado, golpeó mi rueda trasera y me hizo caer.
Salí despedido por la pista un largo trecho, pero solo sufrí contusiones y rozaduras. Sin embargo, no quiero ni pensar lo que podría haberme sucedido si me hubiera golpeado contra el muro de protección de ladrillo a aquella velocidad. Más tarde sentí mucho enterarme de que mi motocicleta, que también había salido despedida delante de mí, había atropellado a un juez de carrera y le había roto las dos piernas, lo que le obligó a estar internado en el hospital muchos meses.
Emoción y muerte
Para entonces corría en el Mundial de motociclismo. Esto significaba acudir a unos veinte Grandes Premios todos los años y competir en unas treinta y cinco carreras en países tan lejanos como Canadá o Japón. También viajé extensamente por Europa, desde Suecia y Finlandia al norte, hasta España e Italia al sur, y mi itinerario me llevó a menudo a países de Europa del Este. ¡Qué emocionante era competir contra las máquinas MZ de Alemania oriental, las respetadísimas Jawas de Checoslovaquia y las Vosticks de la Unión Soviética!
Aunque se conceden premios en metálico hasta por llegar en décimo lugar, el principal objetivo del Mundial de motociclismo es obtener tantos puntos como sea posible. Entonces, al final de cada doce meses de carreras, los puntos obtenidos en los diversos Grandes Premios se suman y se publica una lista de los mejores seis pilotos del año. Obtuve mi mejor clasificación en 1965, cuando quedé cuarto en el Mundial de 500 cc.
Con el transcurso de los años, varios de mis competidores murieron en accidentes. Pero formaba parte del reto de este deporte, y todos lo aceptábamos. Sin embargo, hubo una tragedia que me afectó hondamente. Estaba corriendo en Finlandia cuando un amigo especialmente íntimo se cayó de su máquina y se fracturó el cráneo. No llegó a recobrar el conocimiento. Mi esposa —Grace— y yo nos quedamos con él y con su mujer hasta que murió.
Una familia viajera
Grace y yo nos casamos en 1960. A ella también le gustaba el motociclismo y le encantaba que la llevase en el asiento trasero de mi moto. Me acompañó a las carreras hasta que nació nuestro primer hijo, en 1961. A partir de entonces empecé a ir a las carreras solo. Cuando miro atrás, me doy cuenta de que después del nacimiento de nuestro hijo Robert, llevaba una vida muy egoísta. Solía dejarles a los dos en casa durante interminables meses hasta que finalmente Grace comenzó a sentirse tan sola que le insistí en que se reuniera conmigo. Compramos una furgoneta, y después de aquello viajamos a todas partes juntos como familia. Pese a que tuvimos otros dos hijos, seguimos viviendo de la misma manera.
Un cambio de idea
A finales de 1967 decidí retirarme del motociclismo y compré un garaje en Southport. Entonces me sentí fascinado ante la idea de conducir un automóvil de carreras, un monoplaza Lotus de fórmula Ford. Pero en seguida me di cuenta de que pasar de montar una motocicleta de carreras a pilotar un coche de carreras requiere desarrollar técnicas totalmente diferentes.
Todo esto representaba para mí un nuevo y estimulante desafío. A Grace, sin embargo, le disgustaba mi nueva aventura, y no se interesó en ella en absoluto. De forma que con el tiempo, al echar en falta la unidad familiar de la que había disfrutado por tanto tiempo con el motociclismo, decidí dejar aquel deporte por completo.
Resulta un tanto extraño, pero más tarde me di cuenta de que había otra razón subyacente. Estábamos comenzando a interesarnos en algo que nos proporcionó una nueva escala de valores. La manera de pensar de Grace y la mía estaban cambiando más de lo que nos imaginábamos.
Un nuevo interés
Grace y yo nos habíamos confirmado como miembros de la Iglesia de Inglaterra, pero puesto que viajábamos tanto, la religión quedó relegada forzosamente a un segundo plano. De manera que cuando Grace se interesó en el mensaje de los testigos de Jehová, ya en 1960, nuestro modo de vida nómada siguió siendo un obstáculo. Pasarían diez años antes de que tuviéramos alguna consideración significativa acerca de la Biblia y de su mensaje para nuestro tiempo.
Cuando por fin nos establecimos, Grace contactó de nuevo con los testigos de Jehová; concertó una cita con ellos para tener una consideración bíblica sobre la “señal de los tiempos” y prometió que yo estaría presente. Formaba parte de una campaña especial: un curso de seis meses de estudio bíblico gratuito en el hogar con un librito azul titulado La verdad que lleva a vida eterna. Recuerdo perfectamente que a medida que se acercaba el día de nuestra primera cita, yo pensaba: “¡Vaya un lío en que nos hemos metido! ¡Qué tarde más aburrida vamos a pasar!”. Pero estaba equivocado.
Lo que más me impresionó de aquel primer encuentro con los testigos de Jehová fue el texto bíblico de 2 Timoteo 3:1-5. Aún recuerdo lo sorprendido que quedé al descubrir que un cuadro tan exacto de la ‘señal de los tiempos’ se había registrado dos mil años atrás. Grace y yo pensábamos igual, estábamos deseosos de aprender, y en menos de un año nos habíamos bautizado.
Todavía tenía cuatro hijos pequeños que cuidar, pero Grace y yo nos habíamos decidido a poner lo más importante en primer lugar. De forma que, apoyado por ella, vendí mi negocio, obtuve un empleo de media jornada y comencé a dedicar todo mi tiempo a predicar como ministro precursor. (Mateo 6:33.) Mis años de motociclismo me habían proporcionado emociones indescriptibles; pero ahora, al haber adquirido una visión más clara de lo sagrado de la vida, me encontraba encarándome a un desafío aún mayor. Poco me imaginaba entonces que eso me llevaría a emociones aún mayores.
Un desafío emocionante
Grace y yo descubrimos muy pronto que cada individuo que encontramos en nuestro ministerio cristiano supone un reto diferente. En primer lugar tenemos que discernir sus necesidades espirituales y entonces tratar de satisfacer esas necesidades utilizando la Biblia apropiadamente. ¿Puede imaginarse lo emocionante que es ver a un ateo convencido cambiar su manera de pensar y llegar a ser un siervo dedicado de Jehová Dios? Grace y yo hemos disfrutado de esa experiencia. Nos llevó horas de razonamiento paciente y estudio sistemático de la Biblia con él y su esposa; pero ¡qué gran gozo fue verles bautizarse a los dos!
Cuando corría, todo dependía de mí, de mi experiencia y habilidad. Pero he tenido que aprender que en el ministerio cristiano no basta con recurrir a mis propias habilidades naturales. La confianza en Jehová, pidiéndole en oración la guía de su espíritu, es esencial. (2 Corintios 4:7.)
En el transcurso de los años hemos disfrutado como familia de muchos privilegios de servicio, y hemos podido ayudar a varios amigos, parientes y vecinos a aceptar la verdad de la Biblia. Durante cuatro años aceptamos la desafiadora asignación de pasar nuestras vacaciones anuales viajando por el noreste de Escocia. Dejamos muchas ayudas para el estudio de la Biblia y empezamos algunos estudios bíblicos con sus hospitalarios habitantes.
Cuando miro atrás, me resulta evidente que al decidirme a comenzar el precursorado, puse un buen ejemplo a nuestros cuatro hijos. Todos ellos decidieron entrar en el servicio de tiempo completo cuando dejaron la escuela y han continuado en él desde entonces. Los tres que se han casado tienen cónyuges que comparten su vocación.
Hace dos años, cuando nuestra hija más joven terminó su educación escolar, Grace pudo unirse a mí como compañera de precursorado. Entonces me fue posible aceptar otro privilegio: la asignación de servir de superintendente de circuito sustituto. De manera que ahora a menudo nos trasladamos desde nuestra casa para visitar congregaciones cercanas y suministrarles ayuda y estímulo.
Actualmente llevamos una vida muy plena. Grace ya no se limita a darme apoyo y mirar, como sucedía cuando corría, sino que ahora participamos juntos en la obra de hacer discípulos, y nuestra felicidad como familia es completa. Todos los días agradecemos a Jehová el desafío y el emocionante privilegio que supone permanecer activos como Testigos suyos.—Según lo relató Fred Stevens.
[Nota a pie de página]
a El Tourist Trophy, que tiene lugar en la isla de Man, se ha venido celebrando anualmente desde 1907 (excepto en tiempo de guerra). Sigue siendo una de las principales pruebas motociclistas del mundo.
[Fotografía en la página 18]
Fred y Grace Stevens