Creíamos que el sistema podía ser cambiado
MILLONES DE JÓVENES HAN OPINADO QUE SE NECESITA UN CAMBIO. CONCUERDE USTED CON ELLOS O NO, LE SERÁ ESCLARECEDOR ENTENDER POR QUÉ ELLOS CONSIDERAN LOS ASUNTOS COMO LO HACEN. ÉSTE ES UN RELATO DE CÓMO UNA PAREJA DE JÓVENES PROCURÓ EFECTUAR UN CAMBIO, Y CÓMO DESCUBRIERON LA ÚNICA MANERA EN QUE SE PUEDE LOGRAR.
MIENTRAS más de 10.000 de nosotros nos reuníamos en el parque Grant de Chicago el miércoles por la tarde, apenas podíamos creer lo que nuestros ojos veían. Había armas de fuego apuntando a nosotros desde las azoteas de edificios cercanos. Había guardas nacionales con bayoneta calada en las aceras. Y por todos lados había policías con cascos. ¿Por qué? ¿Qué acontecía?
Corría agosto de 1968. Y a seis kilómetros de distancia, en el Anfiteatro, se celebraba la Convención Nacional Demócrata. Esto era lo que nos había atraído a Chicago. Esperábamos que nuestra presencia en masa tuviera algún efecto en las decisiones que se tomaran en aquella convención. En particular queríamos que se le pusiera fin a la guerra de Vietnam.
Pero ¿por qué las ametralladoras, las bayonetas caladas y la policía con cascos?
Recuerde que era agosto de 1968. El envolvimiento de los Estados Unidos en la guerra todavía crecía; Vietnam del Norte todavía estaba siendo bombardeado. Muchos líderes políticos favorecían dar expansión a la guerra. Querían un triunfo militar, y algunos hasta consideraban culpables de traición a los que defendían con franqueza la paz.
Sin embargo, este tremendo despliegue de fuerza nos parecía totalmente innecesario. Nosotros los que estábamos en el parque Grant estábamos desarmados. La mayoría de nosotros simplemente opinábamos que los líderes de los Estados Unidos estaban prestando atención a consejo malo. Y ahora pensábamos efectuar una manifestación pacífica marchando hacia el Anfiteatro. Pero lo que nos hicieron a mi amiga Jeanne y a mí aquel día sacudió nuestro entero modo de pensar, y afectó profundamente nuestra vida.
Sé que habrá quienes digan: “No tenían para qué estar en manifestaciones en Chicago. Lo que hayan recibido se lo merecían.”
Sin embargo, en aquel tiempo Jeanne y yo pensábamos que lo que estábamos haciendo estaba bien hecho. Pero ahora podemos ver que aquél no era el modo correcto de lograr cambio, y deploramos las cosas que hicimos. Pero ¿por qué había miles —sí, decenas de miles— de jóvenes propugnando con tanto ahínco un cambio en aquellos años? Creo que mi propia experiencia le ayudará a entender.
UN FUTURO APARENTEMENTE BRILLANTE
Nací de padres blancos, de clase media, en Minneapolis, Minnesota, en 1947. En 1952 nos mudamos a Hawai, donde mi padre prosperó como contratista. Viviendo en un hermoso hogar frente al océano, teníamos todo lo que necesitábamos en sentido material. Los Estados Unidos parecían ser el país donde los sueños podían realizarse; el porvenir parecía brillante.
Mi vida estaba llena de cosas que me producían placer... jugar de medio en nuestro equipo campeón de fútbol, correr en la pista, nadar en el azul Pacífico en nuestro traspatio, participar en el gobierno escolar. Y pronto pensaba matricularme en la universidad en el continente.
FRENTE A TORVAS REALIDADES
En septiembre de 1965 me matriculé en el Colegio de Williams, en Massachusetts. Aquí, teniendo más tiempo para leer y meditar, algo empezó a molestarme. En Hawai me había acostumbrado a ver que a los grupos raciales se les trataba con igualdad, pero en el continente la situación era diferente.
Durante las vacaciones de primavera de 1966 fui en avión a Chicago a visitar a mi hermano mayor, que era uno de los directores de los Hospitales de la Universidad de Chicago. Al pasar en auto por las barriadas pobres de Chicago meridional, apenas podía creer lo que veía. “¿Cómo puede la gente vivir así?” me preguntaba. Pero la realidad de que sí vivían así, y que estas personas por lo general eran de piel oscura, me afectó intensamente.
Quise saber qué pensaba de su condición la gente de color, de modo que me puse a leer libros escritos por ellos, incluso varias autobiografías. Al leer acerca de las injusticias que habían sufrido —la trata de esclavos, el que se les tratara como si fuesen inferiores, el no permitírseles el uso de los excusados públicos, el que se les linchara por delitos inventados o leves— a menudo se me llenaban de lágrimas los ojos. Aquello me enfureció, y empecé a preguntarme qué podía hacer para efectuar un cambio y traer condiciones mejores.
Comencé a considerar otras cosas, también, desde un punto de vista racial, como la guerra de Vietnam. Leía en la prensa que los estadounidenses se referían con desdén a los vietnamitas como “cobrizos,” y me preguntaba si estaríamos arrojando contra ellos aquellas bombas con tanta liberalidad si fuesen blancos. También oía informes de enormes ganancias que el llamado “complejo industrial militar” estaba segando de la producción de material bélico. Esto hizo que me preguntara: ¿Sería posible que tras la expansión de la guerra hubiera hombres inclinados al lucro, que estuvieran dispuestos a sacrificar la vida de personas de ojos oblicuos? Empecé a pensar así cuando oí decir que a menudo los candidatos presidenciales dependían del dinero de industriales de ese tipo para financiar sus campañas.
El presidente Johnson hizo su campaña en 1964, con la promesa de traer paz en Vietnam. Sin embargo más tarde, mes tras mes, la guerra se fue expandiendo en directa contradicción de lo que él le había dicho a la gente. Los medios de comunicación públicos decían mucho acerca de los esfuerzos de la administración por engañar al público. La “brecha en la credibilidad” se estaba ensanchando. Por eso, ¿puede usted ver por qué muchos de nosotros los jóvenes ya no pensábamos que podíamos confiar en nuestros líderes?
Pero ahora, con la expansión de la guerra, se empezó a reclutar a los estudiantes universitarios. Esto me obligó a tomar una decisión difícil.
¿QUÉ HACER SOBRE EL RECLUTAMIENTO?
Por meses luché con las preguntas: ¿Puedo apoyar el esfuerzo bélico? ¿Puedo tomar las armas y matar vietnamitas?
Finalmente llegué a la conclusión de que no podía hacerlo. Para mí, aquello era incorrecto. Sé que hay quienes dirían: “Pues usted no era más que un cobarde que quería huir del reclutamiento. Cuando su país le dice que haga algo, lo único lícito y recto que hay que hacer es obedecer.”
En aquel tiempo yo analicé este asunto muy cuidadosamente. Me di cuenta de que los alemanes de los juicios de Nuremberg, así como Adolf Eichmann más tarde, trataron de excusarse por los crímenes que cometieron por medio de alegar que ellos simplemente estuvieron obedeciendo órdenes oficiales. Pero, con todo y eso, ¡se les halló culpables y se les ejecutó! Se les consideró responsables de sus actos, aunque su país les había ordenado cometer estos hechos viles.
Para mi modo de pensar el pueblo de los Estados Unidos estaba en una situación similar. Las historias trágicas que se publicaban en la prensa norteamericana acerca del ataque con napalm a hombres, mujeres y niños —quemándolos hasta morir horriblemente— me parecía similar a las exterminaciones en masa de la gente en los hornos de los campos de concentración alemanes. Esta idea fue reforzada en mí cuando el líder vietnamita, el primer ministro Ky, aparentemente mantenido en el poder por las tropas de los Estados Unidos, declaró que su único héroe era Adolfo Hitler.
ESFUERZOS POR CAMBIAR EL SISTEMA
Mi decisión de negarme a entrar en el servicio militar no fue una ‘evasiva.’ Más bien, yo amaba intensamente a mi patria, y por eso me puse a pensar en lo que podría hacer para cambiarla, para llevarla a mejores condiciones. Me pareció que como sociólogo ayudaría a resolver los penosos problemas raciales de los Estados Unidos, y hasta los problemas internacionales. De modo que en 1967 me trasladé a la Universidad de Hawai para mi penúltimo año a fin de tomar las asignaturas necesarias que me prepararan para aquel campo.
En la escuela una noticia en la tablilla de información me llamó la atención. Se invitaba a los que estaban opuestos a la guerra de Vietnam a una reunión de los Estudiantes para una Sociedad Democrática (SDS). Para este tiempo conocí a Jeanne, una condiscípula, que se unió a mí en las actividades de oposición a la guerra.
Para entonces hasta las noticias regulares desenmascaraban las declaraciones oficiales engañosas acerca de la guerra. De modo que, para principios de 1968, según las encuestas de la opinión pública, la minoría que se oponía a la guerra se había convertido en mayoría, y nosotros empezamos a ver una verdadera posibilidad de que nuestros esfuerzos por cambiar el sistema tuvieran buen éxito. Esta posibilidad pareció confirmarse cuando el presidente Johnson, el 31 de marzo de 1968, anunció que no buscaría la reelección. Parecía que la opinión pública lo estaba echando del cargo.
Unos cuantos días después nuestro presidente del SDS pronunció un discurso emotivo, y quemó su tarjeta de inscripción militar ante las cámaras de TV como protesta contra la guerra. Junto con otros estudiantes, hice lo mismo... algo que jamás haría ahora. Aquella noche esto fue noticia que recibió prominencia especial en la TV, y se publicó en los periódicos la mañana siguiente.
En abril, estudiantes de la ciudad de Nueva York que se oponían a la guerra se apoderaron de los edificios de la Universidad de Columbia y cerraron la escuela. En la Universidad de Hawai, los estudiantes celebraban mítines contra la guerra casi a diario. Y después, en mayo, cuando la Universidad despidió al profesor Oliver Lee, un franco opositor de la guerra, los estudiantes se apoderaron de ciertos lugares de la universidad por varios días.
Jeanne y yo estuvimos entre los centenares de estudiantes que ocuparon el Salón de Bachman, demandando que Lee fuese reinstalado. Con el tiempo la policía nos sacó de allí bajo las deslumbradoras luces de las cámaras de TV. Nos arrestaron, pero fuimos puestos en libertad bajo fianza la mañana siguiente.
Unos días después los estudiantes se dispersaron para las vacaciones del verano. ¿Qué podíamos hacer ahora? En aquel año de elecciones los ojos de los Estados Unidos estarían puestos en la Convención Demócrata de Chicago. ¿Podríamos efectuar un cambio donde realmente valía, e influir en los líderes que estaban en el poder para que detuvieran la guerra? En aquel tiempo pensábamos que podríamos, y decidimos probar.
“LA CARNICERÍA DE LA AVENIDA MICHIGAN”
Lo que sucedió el miércoles de la Convención Demócrata ha sido llamado desde entonces “la Carnicería de la Avenida Michigan.” Millones de personas vieron aquello por TV. Un estudio federal lo llamó “motines policíacos.” Este estudio hizo notar que la violencia policíaca “fue infligida a menudo contra personas que no habían violado ninguna ley, no habían desobedecido ninguna orden, no habían hecho ninguna amenaza.” Y podemos confirmar esto, aunque algunos manifestantes sí provocaron a la policía insultándolos.
Cuando tratamos de empezar nuestra marcha después de escuchar discursos en el parque Grant, la policía atacó. El gas lacrimógeno nos hizo huir en toda dirección. Había soldados con bayoneta calada en todo lugar, cerrando el paso en los puentes que conducían a la parte principal de la ciudad. Finalmente encontramos un puente con muy pocos guardas y nos abrimos paso.
Fuimos creciendo en número a medida que más lograban pasar por los puentes y unírsenos en la avenida Michigan. Precisamente cuando parecía que la marcha tendría buen éxito, la policía y los soldados bloquearon nuestro avance, y se pusieron a atacar con gas lacrimógeno, Mace y garrotes. Los que estaban directamente enfrente de ellos fueron pisoteados, y la sangre salió a chorros de las cabezas golpeadas. Jeeps con cercas de alambre de púas aseguradas a su parte delantera empezaron a entrar como arados por entre la muchedumbre. Hubo un apretujamiento de cuerpos, unos contra otros. Agarré por un brazo a Jeanne y traté con desesperación de halarla a lugar seguro.
Finalmente Jeanne, su hermana y yo nos abrimos paso por entre la barrera de policías y corrimos hasta alejarnos por larga distancia de la zona de las dificultades. Eran aproximadamente las nueve de la noche y teníamos hambre, de modo que cenamos en un restaurante. La única manera en que sabíamos regresar a donde estábamos hospedados era tomando un tren cerca de la avenida Michigan.
POR QUÉ DESISTIMOS
Nos acercábamos a la estación cuando una partida de policías se presentó apresuradamente, dando vuelta a la esquina. “Queremos tomar un tren,” dije. Nos maldijeron, y sin provocación por parte de nosotros nos agarraron, y se pusieron a pegarle con garrotes a la hermana de Jeanne cuando ésta opuso resistencia. Nos metieron en la camioneta de los arrestados. En la comisaría, a más de cien de nosotros nos mantuvieron toda la noche en un cuarto al que llamaban “el tanque.”
A la mañana siguiente me presenté ante el juez. Pero él nunca me dio la oportunidad de decir ni una sola palabra en explicación; ¡ni siquiera levantó los ojos para mirarme! Yo no podía, con buena conciencia, declararme culpable, de modo que decidí probar que las acusaciones eran falsas.
En el ínterin Jeanne regresó a la escuela en Hawai, y yo volví a Massachusetts para mi último año de enseñanza superior. En los meses que siguieron hice repetidos viajes en avión a Chicago para presentarme ante el tribunal. Sin embargo, en cada ocasión el policía que se suponía que presentara los cargos no se presentaba, de modo que el juez señalaba el caso para el mes siguiente. Después que hube gastado varios centenares de dólares, mi abogado me dijo que todo era inútil... sencillamente seguirían haciendo esto indefinidamente hasta que yo no me presentara y entonces me declararían culpable.
Estas experiencias me hicieron pensar que el sistema no podía ser reformado. Desistí de tratar de cambiarlo... ‘comer, beber y divertirme’ llegó a ser mi filosofía. Asistí a la escuela solo lo suficiente para graduarme. Jeanne vino de Hawai, y vivimos juntos y llegamos a estar sumamente envueltos en el uso de drogas. Sin embargo el vivir así solo para placer personal tampoco fue satisfaciente.
¿PODRÍA HABER ESPERANZA DESDE OTRO ÁNGULO?
Por nuestra indumentaria, apariencia y comportamiento nos parecía que estábamos demostrando nuestra rebelión contra la hipocresía y las injusticias del llamado “establecimiento.” Pero ¿eran las drogas, la franca promiscuidad sexual y otros rasgos de nuestro estilo de vida algo mejor? Me puse a pensar. Muchos jóvenes consideraban anticuado el matrimonio, sin embargo yo podía ver que el cambio de un compañero sexual a otro no les estaba trayendo verdadera felicidad. Yo no quería esto para Jeanne y para mí, de modo que en el verano de 1969 nos casamos.
Aunque me parecía que los esfuerzos por cambiar el sistema eran inútiles, todavía quería ayudar a la gente, de modo que decidí hacerme maestro de escuela. Puesto que quise ir donde los niños necesitaran ayuda especial, empecé a enseñar el tercer grado en una barriada pobre de personas de color en Filadelfia septentrional.
Al estudiar escrupulosamente los registros médicos de los estudiantes, descubrí que la mayor parte estaban desnutridos y no alcanzaban el peso normal. Muchos vivían en lugares increíblemente insalubres, donde había demasiadas personas juntas. Llegué a enterarme de que algunos ya estaban envueltos en inmoralidad con el sexo opuesto. Unos cuantos eran agentes de drogas para sus padres. La mayoría no podía sumar 2 + 3, ni reconocer las letras del alfabeto. Nunca creí que las condiciones pudieran ser tan malas; ¡parecía desesperanzado! Causaba frustración el pensar que, después de haber gastado uno todos sus esfuerzos, pudiera lograr tan poco bien duradero. ¿Dónde podríamos hallar una actividad remuneradora, satisfaciente?
Habíamos ahondado mucho en la astrología, el ocultismo y las religiones orientales y no habíamos encontrado allí nada que satisficiera. Entonces leí por casualidad The Population Bomb (La bomba demográfica) por el profesor de la Universidad de Stanford Paul Ehrlich. Cuando Ehrlich visitó a Filadelfia, también fuimos a su discurso. Él dijo que ya era demasiado tarde, que la humanidad se enfrenta a calamidades finales de dimensiones sin precedente debido a que ha abusado del ambiente y ha manejado mal los asuntos de la Tierra. Pero quizás, pensé yo, había esperanza en el creciente movimiento ecológico.
Recordando las frustraciones en las cuales había resultado nuestro envolvimiento en el movimiento de oposición a la guerra, aceptamos, pero con titubeo, una invitación a una reunión de organización del movimiento ecológico en la Universidad de Temple. Cuando entramos en una habitación llena de humo de cigarrillos y escuchamos una consideración del tema de la contaminación del aire, nos convencimos de que este movimiento quedaría en nada. No obstante, empecé a leer muchos libros sobre ecología y me matriculé en un programa para licenciarme en educación ambiental. Estaba convencido de que pronto la sociedad industrializada se desplomaría, y empecé a prepararme para la vida después de aquello.
Mi padre poseía cuarenta hectáreas de bosque virgen de helechos en la isla de Hawai. Allí nos pusimos a forjar planes para una comunidad que por completo se bastara a sí misma y estuviera en equilibrio ecológico con la zona circundante. Buscábamos en serio estilos de vida diferentes, puesto que estábamos convencidos de que el sistema actual estaba destinado a la destrucción. Sin embargo, de una fuente totalmente inesperada empezaron a provenir respuestas que habíamos estado buscando.
VERDADERA ESPERANZA DE CAMBIO PROVECHOSO
Llegadas las vacaciones del verano y cerradas las escuelas, mi hermano más joven, David, vino del Hawai y nosotros tres hicimos un corto viaje de campismo. David, que estaba considerando el ministerio como carrera, trajo consigo una Biblia, y cada noche, cuando nos sentábamos alrededor de la hoguera, nos leía capítulos selectos. Escuchando relatos acerca de José y sus hermanos y de David y Goliat, nos sorprendimos al descubrir lo interesante que puede ser la Biblia. Y cuando leímos el libro de Eclesiastés, las conclusiones a las que se llega allí en cuanto a las vanidades de la vida en este sistema de cosas parecieron estar muy al día.
Aquel verano Jeanne y yo tuvimos mucho tiempo disponible. Nuestro único proyecto era un esfuerzo por cultivar suficiente alimento para nuestro sostén en la porción de terreno de 16 metros cuadrados que teníamos en Filadelfia. De modo que conseguimos la Biblia Authorized Version y empezamos a leérnosla en voz alta por turno. Primero, leímos los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles. Al escuchar las severísimas denuncias de Jesús contra los líderes religiosos de su día (Mateo, capítulo 23), no pudimos evitar que nos vinieran al pensamiento los clérigos del día actual. Su hipocresía nos había repugnado. Un ejemplo fue el apoyo activo que dieron a la guerra de Vietnam cuando la opinión pública favorecía la guerra, y la protesta que levantaron contra ella solo después que la opinión pública había cambiado y estaba contra la guerra.
También, leímos las profecías de Isaías, las cuales nos impresionaron en particular. Al encontrar las palabras que decían que “batirán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en podaderas: nación no levantará espada contra nación, ni aprenderán más la guerra,” le dije a Jeanne: “Oye, este Isaías protestaba contra la guerra. De hecho, sabía de ecología; quería dedicar los fondos de guerra a la agricultura.”—Isa. 2:4, AV.
Entonces observamos las palabras inmediatamente precedentes, de que “sucederá en los últimos días,” y nos preguntamos si de alguna manera estas palabras eran para nuestro día. Cuando seguimos leyendo, pudimos ver que Isaías estaba hablando de Judá y Jerusalén de la antigüedad, pero sencillamente no podíamos dejar de maravillarnos ante la notable similitud entre aquello y las condiciones del siglo veinte. Mientras más leímos más convencidos quedamos de que estas profecías tenían que aplicar de algún modo a nuestro sistema mundial presente.
Si esto era cierto, entonces quería decir que el sistema corrupto actual ha de ser destruido, como una profecía pasaba a predecir: “La tierra también está contaminada bajo los habitantes de ella; porque han violado las leyes, han cambiado la ordenanza, han roto el pacto eterno. Por lo tanto la maldición ha devorado la tierra, y los que moran en ella están desolados: por lo tanto los habitantes de la tierra son quemados, y pocos hombres son dejados.”—Isa. 24:5, 6, AV.
¿Podíamos creer estas profecías? Creíamos en un Dios Todopoderoso. Y nos maravillábamos de su creación de la vida y los ciclos naturales sobre la Tierra. Nos asombraba ver cómo las menudas semillas que metíamos en el suelo pronto producían una variedad tan grande de alimentos. ¿Podría el Creador que era responsable de aquellos milagros ser el Dios que le dio a Isaías este mensaje que parecía encajar tan bien con nuestro día?
Empezamos a pensar que sí. Pero si, como la Biblia indicaba, este sistema sería destruido, ¿lo reemplazaría algo bueno? Queríamos saber esto. Como ayuda para nuestra investigación obtuvimos una versión en lenguaje moderno, la Biblia de Jerusalén, y a veces pasábamos todo el día leyéndola juntos.
UN DIOS PERSONAL CON PROPÓSITO
En una página tras otra de esta Biblia de Jerusalén aparece el nombre “Yahvéh” en vez de los títulos “Señor” y “Dios.” Yo recordé por una asignatura sobre religión en la universidad que Yahvéh (o la forma más popular Jehová) es el equivalente, en nuestro idioma, del nombre de Dios que aparece en los manuscritos bíblicos en los lenguajes originales. El leer el nombre de Dios vez tras vez empezó a influir en nosotros. Empezamos a considerar a Dios como verdadera persona, como alguien con quien podíamos comunicarnos y como alguien que tenía un propósito. Pero nos preguntábamos: ¿Qué clase de persona es este Yahvéh?
Nuestro aprecio de Yahvéh aumentó a medida que leímos acerca de sus propósitos. Habíamos prestado atención especial a lugares donde la Biblia predice la destrucción de este sistema corrupto, puesto que esto corroboraba lo que creíamos. Pero ahora empezamos a notar que también hablaba de un nuevo sistema. El leer profecías como la que se encuentra en la parte final del capítulo 65 de Isaías nos hizo pensar que quizás había esperanza de un futuro mejor. Ésta dice:
“Yo creo cielos nuevos y tierra nueva . . . Edificarán casas y las habitarán, plantarán viñas y comerán su fruto. . . . No se fatigarán en vano ni tendrán hijos para sobresalto, pues serán raza bendita de Yahvéh ellos y sus retoños con ellos. Antes que me llamen, yo responderé; aún estarán hablando, y yo les escucharé. Lobo y cordero pacerán a una, el león comerá paja como el buey . . . no harán más daño ni perjuicio en todo mi santo monte —dice Yahvéh.”—Isa. 65:17-25, BJ.
¿Podría este Yahvéh crear en realidad un nuevo sistema en el cual llegara a ser realidad un modo de vida tan atrayente? Pensábamos que si él era el Mismo que había creado este maravilloso universo, entonces quizás sí podía cumplir estas promesas. Pero nos preguntábamos: ¿Va a preservar Yahvéh a algunas personas a través de la venidera destrucción mundial e introducirlas en un nuevo sistema? Si así es, ¿quiénes son estas personas?
Ninguna de las iglesias que conocíamos parecía encajar en el cuadro. Hasta donde podíamos ver, los hombres corruptos que estaban manipulando la política y los negocios eran, en su mayor parte, miembros respetados de estas iglesias. Y eran los miembros de estas iglesias los que estaban peleando la guerra en el sudeste de Asia. Mientras más leíamos la Biblia, más parecía que las iglesias estaban condenadas por el mismísimo libro que alegaban seguir.
En unos cuantos días yo estaría enseñando nuevamente y empezaría a trabajar en obtener mi licencia en la universidad. Además, estábamos desanimándonos en nuestra lectura de la Biblia, puesto que teníamos tantas preguntas sin respuesta. En un momento de desesperación hicimos algo que nunca antes habíamos hecho. Jeanne y yo inclinamos la cabeza y oramos en voz alta a Yahvéh, pidiéndole guía sobre a dónde dirigirnos y qué hacer.
APRENDIENDO CÓMO VENDRÁ EL CAMBIO
Habiendo orado, encendimos cigarrillos de mariguana. Pero casi inmediatamente sonó el timbre de la puerta. ¿Sería la policía? Mientras Jeanne corría como desesperada por la casa ocultando las drogas y rociando el aire con desodorante en aerosol, yo salí por la puerta, y la cerré con llave tras de mí.
De pie estaba allí una joven de color que se identificó como testigo de Jehová. Empezó a hablarme acerca de las mismísimas cosas por las cuales acabábamos de orar. Me ofreció el libro La verdad que lleva a vida eterna, el cual acepté. También pregunté: “¿Dónde puedo observar directamente a los testigos de Jehová?” Ella nos invitó a su reunión en el Salón del Reino local, y también nos dio ejemplares de las revistas La Atalaya y ¡Despertad!
Era sábado al mediodía, y Jeanne se sentó en una habitación a leer La Atalaya y ¡Despertad!, y yo empecé a leer el libro en otra habitación. Al poco rato empezamos a gritarnos el uno al otro: “¡Oye, escucha esto!” “¡Esto es asombroso!” Ya avanzada aquella noche yo había terminado el libro. Durante los dos meses anteriores había leído toda la Biblia, y ahora el entendimiento de sus porciones relacionadas empezó a cobrar forma en mi mente.
Desde mi juventud en adelante yo había orado de la manera en que Jesús enseñó a sus discípulos: “Padre nuestro que estás en el cielo, Santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad en la tierra, como se hace en el cielo.” (Mat. 6:9, 10, Authorized Version) Yo pensaba que el reino de Dios era una condición de paz en la mente y el corazón. ¡Pero no! ¡Por supuesto! ¡Ahora pude ver que el reino de Dios es un gobierno verdadero! ¡Es el instrumento que Dios usará para eliminar a este sistema corrupto!
Esto se me hizo patente cuando consideré nuevamente Daniel 2:44, que dice: “En los días de estos reyes el Dios del cielo establecerá un reino, que nunca será destruido . . . Desmenuzará y consumirá a todos estos reinos, y él permanecerá para siempre.” (AV) Así, llegué a comprender que mis esfuerzos anteriores por cambiar este sistema por medio de participar en manifestaciones públicas no solo eran inútiles, sino contrarios a lo que la Biblia dice en Romanos 13:1-7. Ahora pude ver que los cristianos verdaderos permanecen neutrales en lo que toca a los asuntos políticos, y esperan hasta que Dios mismo cambie el sistema destruyéndolo.
También empecé a entender que después que el gobierno de Dios destruya a este sistema mundial, Dios se encargará de que se cumpla su propósito original de que la Tierra sea un paraíso, como lo indicaban las profecías que habíamos leído. Pero ahora aprendí algo maravilloso que yo había pasado por alto... ¡Dios le concederá algunos vivir para siempre en ese paraíso terrestre! Textos como éste en realidad me impresionaron: “Los justos heredarán la tierra, y morarán en ella para siempre.”—Sal. 37:29, AV.
Pero empecé a ver que la clave es EL REINO DE DIOS. Sí, Dios se interesa, y tiene un gobierno verdadero por medio del cual cumplirá sus propósitos. El capítulo del libro La verdad intitulado: “¿Por qué ha permitido Dios la iniquidad hasta nuestro día?” me ayudó a entender por qué aparentemente obra con lentitud. Éste aclaró que hay cuestiones vitales, que afectan hasta la región de los espíritus, que tienen que ser zanjadas antes de que él destruya a este sistema corrupto.
Sin embargo, ¿era todo esto simplemente teoría? ¿Había alguna prueba tangible de que el gobierno de Dios existiera en realidad? Yo quería saber eso.
LO QUE HABÍAMOS BUSCADO
Al día siguiente, el 6 de septiembre de 1970, Jeanne y yo fuimos al Salón del Reino, y llegamos cuando ya la reunión había comenzado. Notamos que todos estaban aseados, y parecían muy felices. Hasta los niñitos participaban, leyendo con facilidad pasajes de la Biblia. Puesto que conocía la situación que existía en el sistema escolar, me di cuenta de que sus padres tenían que estar realmente interesados en ellos. Quedé impresionado, también, por el conocimiento bíblico que desplegaban aquellas personas. Pero lo que más nos impresionó sucedió al terminar la reunión.
Más de cien personas, desde pequeñitos hasta viejos, vinieron y nos dieron el saludo más amigable que hasta entonces habíamos recibido. Nos sorprendimos especialmente en vista de que yo tenía el pelo largo y una barba, y Jeanne estaba vestida de un modo que identifica a hippies. También, casi todos eran personas de color, pues ésta era una comunidad de personas de color. En la escuela donde yo enseñaba pasó bastante tiempo antes de que las personas de color me aceptaran. Parecía que sospechaban de los blancos; pero esto de ninguna manera sucedió en el Salón del Reino.
Nos invitaron a regresar el jueves para la Escuela Teocrática. Cuando llegamos, todos nos trataron como viejos amigos. Lo que nos impresionó fue que claramente el propósito de estas reuniones era conseguir un entendimiento más profundo de la Biblia. También pudimos ver que lo que estas personas aprendían en realidad afectaba su vida. Una pareja nos invitó a comer con ellos, y el esposo nos animó a aceptar la oferta de un estudio bíblico semanal gratis, lo cual hicimos.
Después de unas cuantas semanas Jeanne y yo sabíamos que habíamos encontrado lo que habíamos estado buscando. Aquí estaba una gente en la cual verdaderamente había amor mutuo, y que en confianza se estaba preparando para vivir en un nuevo sistema. Todo aspecto de su vida estaba gobernado por las leyes de Dios en la Biblia... por consiguiente, ciertamente eran súbditos del gobierno de Dios. Y a medida que continuamos estudiando, el cumplimiento de la profecía bíblica nos convenció de que estábamos viviendo cerca de la parte final de la generación que verá al gobierno de Dios aplastar al entero sistema de cosas inicuo.—Mat. 24:3-14.
Inmediatamente pudimos ver la urgencia de que todas las personas oyeran esta información vital acerca del reino de Dios, de modo que quisimos participar con los Testigos en contar a otros acerca de ello. Habíamos cesado de usar drogas, y poco después cambiamos nuestra apariencia y modo de vestir. En enero de 1971 fuimos bautizados por los testigos de Jehová en símbolo de que nos dedicábamos a servir a Jehová Dios. Renuncié a mi trabajo docente, obtuve otro empleo, y Jeanne y yo entramos en la obra de predicación de tiempo cabal. Esto nos ha llevado de una experiencia remuneradora a otra.
Habiendo recibido entrenamiento misional en la Escuela Bíblica de Galaad de la Watchtower en la ciudad de Nueva York, vamos al África a predicar las buenas nuevas del reino de Dios. ¡Qué excelente será poder mostrar a la gente, con la Palabra de Dios, la Biblia, que la pobreza, las guerras, los prejuicios y las injusticias de este sistema pronto terminarán, y serán reemplazados por condiciones de justicia bajo el régimen gubernamental del reino de Dios! (2 Ped. 3:13)—Contribuido.
[Comentario de la página 422]
“Al leer acerca de las injusticias . . . a menudo se me llenaban de lágrimas los ojos.”
[Comentario de la página 423]
“Hasta las noticias regulares desenmascaraban las declaraciones oficiales engañosas acerca de la guerra.”
[Comentario de la página 424]
“La policía y los soldados bloquearon nuestro avance, y se pusieron a atacar con gas lacrimógeno, “Mace” y garrotes.”
[Comentario de la página 425]
“Muchos jóvenes consideraban anticuado el matrimonio.”
[Comentario de la página 426]
‘El clero protestó sólo después que la opinión pública cambió y se puso contra la guerra.’
[Comentario de la página 427]
“Mientras más leíamos la Biblia, más parecía que las iglesias estaban condenadas por el mismísimo libro que alegaban seguir.”
[Comentario de la página 429]
“Aquí estaba una gente en la cual verdaderamente había amor mutuo.”
[Ilustración de la página 428]
Jeanne y yo estábamos encontrando respuestas que habíamos estado buscando