Recordando la guía de Jehová
Según lo relató Martin Poetzinger
NACÍ poco después de empezar el siglo veinte en una ciudad que yace a ambos lados del hermoso río Isar. La ciudad es Munich, capital bávara, centro de catolicismo, escena de muchos acontecimientos históricos y en otro tiempo capital del movimiento nazi.
A los diez años de edad ya me interesaba en preguntas a las cuales mi maestro católico no podía ofrecer respuestas satisfactorias: ¿Por qué muere la gente? ¿Significa la muerte el fin de la existencia?
No fue sino hasta 1926 que tuve mi primer encuentro con la verdad bíblica genuina, porque fue entonces que mi propio hermano me habló acerca de una reunión de un grupo de investigación bíblica a la que había asistido. Comencé a asistir también, y poco después adquirí una Biblia, una versión católica.
Así llegué a ser lector de la Biblia, y uno de los primeros textos que verdaderamente me impresionó fue Amós 8:11, donde el profeta habla de una gran hambre de oír las palabras de Jehová. Comprendí que yo era uno de la multitud que tenía hambre, y aquí al fin estaba obteniendo alimento satisfactorio para la mente.
PERCIBIENDO UNA RESPONSABILIDAD
‘¿Puede cualquiera que ama a Dios participar en anunciar su reino?’ fue una de mis primeras preguntas. La respuesta fue: Sí. De modo que pedí que se me asignara un distrito, llené mi bolsa con cincuenta folletos, ayudas para el estudio de la Biblia, y salí solo a mi primera experiencia en el ministerio de casa en casa. En muy poco tiempo solo me quedaron doce folletos. Esa fue la primera de muchas horas felices en servicio de predicar el Reino.
Estoy convencido de que en el otoño de aquel mismo año Jehová me condujo al punto de dar otro paso importante. Se habían hecho arreglos para celebrar una reunión grande en la enorme tienda del “Circo Krone,” donde se presentó un discurso sobre el tema de Isaías 6:8. Entonces el orador pidió a los que habían oído y entendido que se levantaran y juntos hicieran una declaración solemne a Jehová: “¡Aquí estoy yo! Envíame a mí.” Lleno de la Palabra de Dios en aquel instante, junto con un grupo grande repetí las palabras del profeta y realmente las dije en serio. Poco después me bauticé.
Aquel día del bautismo está grabado en mi memoria, especialmente las palabras de mi padre cuando me disponía a salir: “Hijo, ¿has considerado bien este paso?” Le aseguré que sí. Jamás olvidaré sus siguientes palabras: “No quiero detenerte, pero acuérdate, cuando uno hace una promesa a Dios, tiene que cumplirla.” Eso era exactamente lo que me proponía hacer. Pasé mis siguientes vacaciones en la selva de Baviera, no descansando, sino obteniendo alguna experiencia en el ministerio de casa en casa de tiempo cabal.
Sabía que nuestra predicación era un servicio salvavidas, pero no fue sino hasta tener cierta experiencia en la selva de Baviera que realmente me di cuenta de lo literalmente cierto que esto era. Con solo un libro que me quedaba en mi maletín me apresuraba a regresar a mi alojamiento en una aldea cercana para evitar una tormenta amenazante. De pronto divisé una casita en lo alto de la colina. Pensé que aquélla era una ocasión imprudente para subir por la vereda empinada, pero por algún motivo un sentido de responsabilidad me impulsó a ir. Subí, y encontré que la casa estaba cerrada con llave. Mientras me preguntaba qué hacer me pareció que oí un ruido leve en el granero. Empujé la puerta, y allí estaba de pie un señor que me preguntó, con voz cansada: “¿Qué desea?”
Cuando le expliqué, me informó que aquellas cosas ya no tenían ningún significado para él. Confesó que había enviado a su familia a los campos para poder estar solo, y con la soga que todavía tenía en la mano había planeado quitarse la vida. Inmediatamente saqué mi último libro y comencé a mostrarle la esperanza que la Palabra de Dios ofrece a los cansados, a los acongojados... un Reino de paz y justicia. Ahora se acercaba la tormenta. Me quedé esperando su respuesta. Después de unos cuantos segundos se limpió la frente, colgó de nuevo la soga en la pared y dijo: “Para este Reino todavía tengo valor. Joven, Dios lo ha enviado al último instante. Me gustaría quedarme con este libro y estudiarlo cuidadosamente.”
MINISTERIO DE TIEMPO CABAL
El 1 de octubre de 1930 fue la fecha en que finalmente emprendí con regularidad la predicación de tiempo cabal. Fui asignado con unos cuantos más a territorio en la región de la selva Negra hasta la frontera suiza, a lo largo del lago Constanza y muy dentro del territorio católico bávaro. Entonces en 1931 recibimos una invitación para asistir a la asamblea de París, donde Testigos procedentes de veintitrés naciones se reunirían. También hubo una reunión en Berlín y una visita a la central de la sucursal de la Sociedad Watch Tower en Magdeburgo.
En 1931 adquirimos el nombre de testigos de Jehová. En cada puerta aparecían rostros asombrados cuando nos presentábamos con las palabras: “He venido a visitarlo hoy como testigo de Jehová.” La gente sacudía la cabeza o preguntaba: “Pero ustedes todavía son estudiantes de la Biblia, ¿no es verdad? ¿O ha ingresado usted en una nueva secta?” Pero ahora, después de treinta y nueve años, ¡qué cambio! Antes de que yo diga una palabra la gente comenta: “Usted debe ser testigo de Jehová.”
Recuerdo que el texto para el año 1933 nos recordaba que el nombre de Jehová es una torre fuerte. (Pro. 18:10) Ciertamente necesitábamos esta seguridad, porque para aquel tiempo el nacionalismo belicoso apoyado por la influencia religiosa estaba esparciéndose. Se prohibió nuestra obra de predicación, nuestros lugares de reunión fueron clausurados y nuestra literatura fue confiscada. ¿Terminaría ahora mi amado servicio de tiempo cabal? La famosa Gestapo me visitó, y, no encontrando nada acriminador, me dejó con este ultimátum: Permanezca dentro de la ciudad de Munich o prepárese a ser enviado al campo de concentración de Dachau.
PREDICANDO EN OTROS PAÍSES
Las condiciones en Alemania se fueron haciendo más difíciles diariamente. Aquel otoño la Sociedad me invitó a mudarme a Bulgaria para atender allí los intereses del Reino. Felizmente para nuestra predicación, teníamos tarjetas de testimonio que presentaban cada publicación en cualquier idioma que se necesitaba. Eso fue una ayuda grande para mí, porque por algún tiempo éste sería el único puente de comunicación con los búlgaros. Sin embargo, pronto me di cuenta de la importancia de dominar rápidamente el alfabeto cirílico, pues muchos eran analfabetos, y hasta tenía que leerles la tarjeta.
Los adultos de este país habían vivido a través de tiempos dificultosos, de modo que muy pocos habían recibido el beneficio de la educación elemental. Por eso a menudo sucedía que unos jovencitos tenían que leer a un círculo de personas de mayor edad junto a la luz de una lámpara de petróleo. El mensaje del Reino se oía de la boca de niñitos.
Una costumbre que me desorientó mucho al principio fue que el búlgaro, cuando quiere decir “No,” menea afirmativamente la cabeza; cuando quiere decir “Sí,” sacude negativamente la cabeza. Fue difícil acostumbrarme a eso, y a menudo sucedía que empezaba a alejarme, pensando que la persona no se interesaba en nuestro mensaje bíblico.
En el transcurso de un año las presiones aumentaron a tal grado que nos deportaron a nosotros los que no éramos nacionales, y mi siguiente paradero fue Hungría, donde tuve que aprender un nuevo idioma y nuevas costumbres. En Budapest me deleitó el hallar a un grupo de precursores (ministros de tiempo cabal) alemanes que tenían reuniones de estudio con regularidad, algo que yo no había tenido por más de un año. Puesto que la residencia de los extranjeros se circunscribía a seis meses a la vez, viajaba a Eslovaquia y ayudaba a los Testigos de habla alemana en Bratislava.
Fue aquí donde se me arrestó falsamente como espía y estuve encarcelado por tres días, después de lo cual me deportaron. Esta vez, sufragando mis propios gastos, viajé a Praga. De allí la Sociedad dio la dirección de ir a Yugoeslavia y superentender un grupo de ministros precursores allí. Fue maravilloso tener la guía de Jehová por medio de su organización teocrática.
Muchos son los recuerdos felices de ese período: El caminar muchos kilómetros a través de la campiña y las aldeas, con la literatura empacada a la espalda; gente hospitalaria que nos ofrecía alimento y hasta una cama para pasar la noche; caminar durante la noche por la “Pusta” (llanuras) húngara, bajo el cielo estrellado, oyendo el sonido de una balalaika, que el aire fresco de la noche transportaba desde una granja lejana; entonces hacer el viaje de regreso de noche con una carga de literatura desde nuestro depósito para estar preparados al día siguiente para un nuevo territorio; pasar la noche en una granja donde se me había invitado a quedarme, mientras los vecinos venían a oír más del mensaje consolador del Reino.
DE REGRESO AL FOSO DE LOS LEONES
Después de una seria enfermedad que me obligó a quedarme mucho tiempo en un hospital de Zagreb, tuve que regresar a Alemania, donde pronto estuve en medio del movimiento clandestino, no de algún movimiento político, sino de la predicación clandestina de los testigos de Jehová que abarcaba todo el país. En 1936 dos acontecimientos del todo diferentes afectaron mi vida. En agosto me casé con una compañera fiel de aquellos días emocionantes de predicación en la Europa Central. Ese año, también, fui arrestado y enviado a un campo de concentración por rehusar renunciar a mi fe y reconocer el gobierno de Hitler como la autoridad más alta. Me hallé en Dachau mientras mi esposa estaba presa en algún otro sitio.
Mi primera impresión del campo, al observar a los prisioneros que marchaban en doble fila a su trabajo, fue que aquello era un manicomio de demonios. Pero lo peor habría de venir, porque, cuando Dachau llegó a ser un centro de reclutamiento, nos transportaron al campo de exterminio de Mauthausen, en la Alta Austria. Allí en las canteras de granito uno tenía que hacer un esfuerzo tremendo para mantener firme su fe.
Había 145 de nosotros los Testigos en este campo, donde la Gestapo puso en práctica todo método para inducirnos a quebrantar nuestra fe en Jehová. Dieta de inanición, amistades engañosas, brutalidades, el tener que permanecer de pie en un armazón día tras día, el colgarnos, de un poste de tres metros, de las muñecas sujetas a la espalda, azotes... todo esto y otras cosas demasiado bajas para mencionarlas se pusieron en práctica. Pero la guía de Jehová siempre estuvo con nosotros, y nos hizo recordar su magnífico consejo: “Sé sabio, hijo mío, y regocija mi corazón.”—Pro. 27:11.
GOZO A LA MAÑANA
Al fin llegó el día anhelado; la vida de pesadillas del campo de concentración nazi terminó. Las fuerzas norteamericanas habían desarmado a la policía vienesa, que en las últimas semanas se había encargado del servicio de vigilancia en Mauthausen. Ahora los guardias mismos eran los prisioneros. Para muchos prisioneros no Testigos ésta fue la oportunidad de armarse y zanjar cuentas con los malignos ex-vigilantes. El resultado fue una escena espantosa, una en la cual más de mil prisioneros perdieron la vida.
Mientras tanto nosotros los Testigos nos reunimos en una calle abierta del campo y oramos juntos. Mientras los que habían sido nuestros compañeros de prisión corrían armados de un lado a otro buscando a los que habían sido sus atormentadores, Jehová protegió a los suyos, no permitiendo una sola baja ni siquiera a causa de balas perdidas. Nadie tenía ninguna cuenta que zanjar con nosotros, porque éramos bien conocidos como cristianos amadores de la paz.
Con el tiempo, estuve con el grupo que fue trasladado a mi ciudad natal de Munich. En medio de las ruinas de la ciudad hicimos arreglos para celebrar reuniones y comenzamos a poner los cimientos para reanudar la predicación del Reino abiertamente. Poco después se me pidió que hiciera cuanto pudiera para comunicarme con nuestros compañeros los Testigos de Austria. Con la ayuda de una hermana cristiana que conocía el terreno a grado cabal, me las arreglé para llegar a Salzburgo, celebrar una reunión de Testigos fieles y responsables y presentarles las sugerencias de la Sociedad para reorganizarse. ¡Qué gozo dio notar los rostros radiantes mientras se preparaban para la inmensa obra de rehabilitación posbélica!
CORRIENTE CONTINUA DE BENDICIONES
Entonces vinieron, en sucesión veloz, bendición tras bendición. ¡Imagínese el gozo de reunirme con mi esposa leal después que los dos habíamos sufrido nueve años de cruel encarcelación! La Sociedad organizó una serie de diez asambleas, comenzando con una en Nuremberg, del 28 al 30 de septiembre de 1946. ¡Qué victoria para Jehová! En el famoso Zeppelinwiese, que había sido el lugar de asambleas del partido nazi, en el enorme auditorio, a campo raso, enfrente de las 144 inmensas columnas, el pueblo de Jehová se hallaba reunido para considerar pacíficamente la Palabra de Dios, mientras que en ese mismísimo día veintiún nazis prominentes fueron condenados a muerte por sus crímenes contra la humanidad.
No hay palabras para describir los gozos de asistir a la asamblea de 1950 en Nueva York; y de nuevo en 1953 la visita al Estadio Yanqui con su mar de rostros felices; la emoción de recibir nuestra invitación para asistir a la Escuela de Galaad en 1958; la inolvidable partida de aquella escuela amada de South Lansing en la primavera de 1959; luego de regreso a Alemania para muchos más privilegios, con la seguridad grandemente fortalecida de que tendríamos la guía de Jehová.
Ahora hemos pasado un total de más de setenta y cinco años como ministros de tiempo cabal, en tiempo agradable y en tiempo dificultoso. Desde nuestro corazón mi esposa y yo les decimos a todos los que puedan hacerlo: “¡Háganse precursores!”
Si se nos preguntara si quisiéramos que se nos guiara por el mismo camino si de nuevo comenzara nuestra juventud, ésta es nuestra respuesta: ¡SÍ! Con la excepción de que no esperaríamos tanto tiempo para empezar. Al iniciarse en los gozos y responsabilidades del ministerio de tiempo cabal a una edad temprana, uno sentirá tanto más la mano directora de Jehová, su guía en la vida de uno. Al responder prontamente a la invitación de Jehová con “¡Aquí estoy yo! Envíame a mí,” podemos disfrutar de muchas bendiciones no solo ahora, sino en aquel nuevo orden que está en el futuro cercano, cuando podremos recordar felizmente todo el camino en el cual Jehová ha guiado nuestros pasos.